Cuando salí del agua, después de nadar solo un poco, fui a donde estaban mi hija y mi hijo. Un lugar apartado de la orilla, casi bajo unos árboles, junto a un tráiler de una lancha. Ahí descansaban, echados en la arena, mi hijo sobre mi remera, mi hija sobre una toalla azul. Le pregunté por qué usaba mi remera para sentarse y me respondió que estaba en el piso, que por eso le parecía adecuado. Hablamos de algunas cosas que ya no recuerdo pero que eran interesantes. Me gusta escuchar sus visiones, los relatos de sus vínculos. En un momento surgió el tema de las redes sociales, que muchos de su edad —veintidós y diecinueve— usan para conocer gente, a veces con intenciones sexuales apenas veladas. Ninguno de los dos parecía encontrar ahí un camino feliz, ni una forma real de entendimiento, y me hablaron de amigos que habían tenido encuentros extraños. Mientras estábamos en esa charla, pasó un hombre mayor —de más de sesenta y cinco años, calculo— vendiendo empanadas. Lo llamé porque mi hijo había dicho poco antes que tenía hambre. Le compramos varias, hizo las cuentas con cierto esfuerzo, le pagamos, y dentro de sus modos amables —diría incluso inscriptos en una forma de entendimiento genuino y algo inusual, perceptible apenas— nos regaló una más y siguió su marcha. Comimos, y al rato lo vimos pasar de nuevo; le agradecimos las empanadas —aunque a mí no me parecieron especialmente buenas— y decidimos subir la colina que teníamos cerca, hasta el acantilado desde donde, según prometía el mapa en el teléfono de mi hijo, se podía ver el mar.
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lunes, 4 de agosto de 2025
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