El mar está agitado pero contenido en la bahía. Hay viento y sol hoy. Ya cantaron los gallos a lo lejos. Pasan cada tanto unos pájaros, apurados, alegres, de rama en rama, y siguen; incluso he visto hace un rato un picaflor de un tamaño más grande del que suelo ver. Se posó en la rama seca de un árbol que está justo al final de la barranca, la que se ve desde el borde de la galería de la casa. Pero abajo está el perro, inquieto, ladra cada tanto. Se la pasa acechando, supongo. En mi cabeza, calculo cuántas horas le dedicará al sueño, a un descanso que —imagino— siempre interrumpe algún ruido. Me pregunto si tiene conciencia de su suerte. Si percibe los márgenes de libertad que gozan los perros que ve pasar desde su terraza, libres, de un lado a otro, que tal vez lo miran cuando él les ladra. Y me pregunto, llegado el caso, qué grado de malestar le genera eso, y qué forma emplea —si es que la ha encontrado— de lidiar con esas tensiones. Quisiera saber si sus pensamientos lo alivian o lo encierran.
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domingo, 3 de agosto de 2025
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