Archivo del blog

domingo, 10 de agosto de 2025

Por qué escribo

Por qué escribo cada día de mi vida. Creo que por vanidad, ante todo, la vanidad de querer trascender, quedar en alguna parte, en la memoria de algunos. En el registro de algún tipo de canon tal vez, en la importancia; quiero ser importante porque eso simboliza, en el fondo, un sentido amoroso y quiero registrar eso, sentirlo, ser querido de ese modo. 

Aunque, por suerte ahora, a mis cincuenta y dos años, sé que se trata todo de un gran equívoco, cuando no de un gran sinsentido. De hecho, mi construcción de sentido ha estado siempre del lado de la sombra, de algún modo se podría decir. Pero con todo no reniego de eso. Me he propuesto, y esta vez quiero ser constante, entender que hay nada mío de lo que reniegue: cada aspecto oscuro es el complemento de otras cualidades luminosas. Y por eso tal vez esta definición mía que acabo de hacer solo sea la punta del iceberg de otras cuestiones mucho más esenciales. Es más, estoy seguro de eso. Estoy convencido de que hay otras líneas en esa madeja de redes que, por lo que veo ahora en mi cabeza, se internan en lo profundo del océano un día de sol, en la península a la que iba tan seguido durante mi infancia y adolescencia. Allá, en un lugar que para mi memoria aún es espléndido y sigue apenas habitado por los seres humanos, lleno de sol, de arena, de gaviotas en algún punto más o menos lejano del agua. O volando de un lado a otro sin que nunca me preguntase adónde iban; cosa que no me importaba porque solo me importaban más las sensaciones de mi cuerpo, que percibía maravillado por el carácter sensual que tenían. 

La arena fina, caliente, amoldándose de alguna manera a mi cuerpo que estaba acostado y era de un color tostado iba a la perfección con un pelo rubio que por entonces tenía. Esto lo sabía, como sabía muy bien que el ruido de las olas era algo cercano —explosiones controladas—, en un agua azul que generaba una espuma muy blanca y en donde en las olas también se encontraba algún verde esporádico, iluminado con amarillo donde se veían peces de buen tamaño en el juego del agua. 

A lo lejos, estaba el horizonte y a veces barcos muy remotos que iban a un ritmo lento pero sostenido, y pasaban por ese cielo límpido donde el aire, con todo, era fresco. Bien, para contar todo esto es que, de algún modo, también he escrito cada día de mi vida los últimos treinta años.

No hay comentarios:

Acá en México

Acá en México hay parlantes en los comercios, en las lejanías, en las fiestas electrónicas que se realizan a distancias más o menos cercanas...