A pesar de la persona que ayer me había enviado un mensaje molesto, y no obstante el reflector impactante que alguien había puesto en una terraza, casi enfrente de mi departamento, estaba bien, había dormido de un tirón casi, el día era soleado, fresco. Estaba en la mitad de la primavera. Para las diez de la mañana ya había hecho mucho: corrección de una novelista, una entrada en el diario, lectura de los diarios, y asuntos de trabajo. En mi vida lo mismo: una familia, un matrimonio feliz, muchas adversidades superadas desde niño, desde muy niño, en una plaza cercana a mi casa de entonces. Había muchas personas extrañas por ese barrio donde todo era opresivo. Los edificios unos con otros. Las avenidas llenas de tráfico, de humo y sobre todo de ruidos torturantes. Nada que ver con los días en que pasabas en la casa cercana a la playa de tu abuela. En esa casa las flores en el verano estaban en su dimensión más feliz. Erguidas a la espera del sol, y más tarde del agua de los regadores que tu abuela se encargaba de prender sobre las nueve de la mañana. El ruido que hacían esos regadores era un golpe seco continuo y predecible que dejaba sentir la fuerza del agua. Y el agua brotaba, decía lo suyo.
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miércoles, 15 de octubre de 2025
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