Amanezco en el hotel en el medio de la reserva ecológica cercana a Iguazú. Las cosas parecen encontrar una calma. Sobre el fin de la tarde anterior, fui a nadar. La pileta se había recuperado bastante de la lluvia intensa. Un buen hombre vi que la había limpiado más temprano. Nadé un poco entre una madre y su hija. Tenían la impronta de la gente alegre. Se reían de cualquier cosa prácticamente. Parecían muy felices de estar en la pileta. Solo eso. Supuse que eran de un origen humilde porque tenían un fisonomía propia de los pueblos originarios. Gracias a ese dato, mi cabeza elaboró toda una teoría basada en cuestiones bastante resbalosas y cuestionables.
Después, llegaron dos parejas de alemanes. El contraste fue evidente. Gente de edad avanzada que circuló por la pileta con más recato. No me sugirieron más que una vida de trabajo. Décadas para disfrutar bajo las cascadas artificiales de la pileta. Sonreían por momentos. Mucho menos que las bulliciosas madre e hijas que para entonces me parecían algo alejadas de mis parámetros. ¿Eran demasiado grandes para reírse por nada?
Por lo visto, mi cabeza tiende a la censura de un modo demasiado pronunciado. Lo peor es que eso funciona conmigo también.
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