Hoy amanecí sin la música electrónica de fondo. Desayuné en el balcón frente a la pileta y los árboles. Día de sol, con viento. Me siento bien. Incluso un italiano que el sábado pasado, viendo un partido de fútbol, a los gritos, me fastidió, hoy me resulta simpático. Vuelve a gritar y me llega a parecer tierno. Que disfrute. Lo mismo un perro que ladra de tanto en tanto. Si quiere ladrar, que ladre. El cielo está despejado. Me dispongo a ir al cenote del otro día.
Ida al cenote a eso de la una y media. No hay tanta gente, por suerte. Atrás nuestro, ingresan dos americanos con dos mujeres que hablan castellano entre ellas. Pronto esas personas comienzan a ensayar una serie de acrobacias en el trampolín del lugar. Pronto, logran aplausos por parte de la concurrencia. Pero a mí me fastidian.
Nado mucho rato disfrutando de la espesura que tiene el agua. Voy y vengo con la cabeza afuera. Al ver a un chico haciendo la plancha, lo imito. Siento cómo el agua entra de lleno en mis oídos y los tapa. Luego, el silencio. Tengo los ojos cerrados. Me entrego a flotar en el agua, seguro de que no hay nada que temer. Sin embargo, a los pocos instantes, me parece que un oído me molesta. Salgo. ¿Ha sido un invento?
Nado otro buen rato y me subo arriba de una cuerda que cruza el agua. Camino por ella y veo a una americana cerca mío. Confío en que podría tener una buena relación con ella. Solo un presentimiento. Sigo nadando. Cuando me acerco a la vegetación, que hace de frontera con el agua, advierto la presencia de un caimán. Es pequeño, por suerte. Pero no me acerco. Tiene los ojos fuera del agua. Opto por retirarme. Salgo y voy a contarle a mi hijo. Pero desde la orilla no logro divisar al animal. Pasa un cuidador del lugar. Le consulto y dice: Sí, hay uno pequeño. Un caimán. Sale a esta hora más o menos.
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