Noche de tormenta. También noche de continuos despertares, de estar en la cama medio aturdido por el sueño y, al mismo tiempo, incapaz de volver al descanso. Hay algo que me impide descansar y es una sensación inmensa de angustia, que a su vez está disparada por acontecimientos que me alteran más allá de la «lógica». Por ejemplo: ayer hablé con esta proveedora, y a la vez clienta, a quien debí darle explicaciones bastante reiteradas acerca del derrotero judicial del expediente que le interesa. Ante su falta de comprensión de la incertidumbre que implica un proceso judicial, perdí la paciencia y enseguida, advertido de mi inflamación, tuve que bajar mis bríos.
Mi problema, por lo tanto, parece estar en mi incapacidad para regular mis reacciones frente a ciertas frustraciones. Un reflejo que se remonta a los cuentos de mi madre sobre episodios de mi infancia que no recuerdo, pero que me dan una pauta bastante certera de mi funcionamiento estructural. Cuenta mi madre que, cuando yo pasaba por la puerta del edificio de mi abuela, con uno, dos o incluso tres años, y no subíamos a verla, ponía mis brazos en el piso de la vereda y comenzaba a lanzar patadas al aire en señal de protesta. El ataque de la cabra, lo llamaba.
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viernes, 16 de octubre de 2026
La ira
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