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sábado, 31 de octubre de 2026

Boulevard Georges Mandel

 Llego a mi domicilio ocasional en 5 Jocelyn, París, planta baja, desde donde le escribo a mi hija para saber por dónde anda. «Estoy volviendo en subte, me faltan cuatro paradas», dice. Quedamos en que voy a buscarla a la salida del subte, en Rue de la Pompe. Cuando llego, como no encuentro la boca del subte, pongo en el teléfono la dirección que me dio y me informa que debo caminar cinco cuadras. Pero sin esperarlo, del otro lado de la avenida, veo a mi hija. Levanto con alegría los brazos, ella hace lo mismo y nos abrazamos justo en el medio de la avenida, bajo los árboles cargados de hojas. Es pleno verano y la tarde se extiende.

«Vamos a ver si está abierta esa iglesia», le digo. Iglesia española, dice en la entrada. Pero está cerrada. Entramos entonces a un Monoprix, una cadena de mercados, compramos lo necesario y, a la hora de pagar, un empleado de origen asiático —no demasiado simpático— me señala dónde pesar las verduras. Qué me importa, pienso. Durante años, con mi hija —que se me parece tanto— he estado inmerso en tensiones continuas, y conmigo mismo ni hablar. Pero bajo los árboles de la avenida Georges Mandel nos hemos abrazado.

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