Mi pareja sale de viaje por trabajo a las ocho y cuarto. La despido desde la puerta de mi casa. Ella baja por el ascensor de servicio con su valija y la mochila en la espalda. «A disfrutar», alcanzo a decirle. Luego me quedo en el living escribiendo este diario para narrar estos días porque sé que después la memoria me va a empezar a fallar.
Quiero contar la cena que tuvimos antes de que se fuera, junto a mi hija y su novio y mi hijo, en un restaurante coreano donde nos atendió un joven con una maestría para el servicio y una calidad humana que me dejaron feliz. Lo mismo la comida y los comensales de las otras mesas. Incluso la música, K-pop, no me resultó tan desagradable como hubiese imaginado. Tomé dos cervezas y empecé a sentir una felicidad atávica. Pero de vuelta a casa me topé con el semáforo para no videntes de la esquina y su alarma odiosa, y me quedé mirando ese poste que emite un sonido interminable. No me imagino cómo voy a superar ese escollo, pensé. El semáforo, después de un breve respiro, volvió a sonar de esa forma aguda y macabra.
También quiero dejar anotado el viaje del fin de semana. El sábado a la mañana, como la calle estaba tranquila, el ruido se oía desde el living, cosa que me fastidia especialmente. Me fui al cuarto, me puse a leer y, después de un gran esfuerzo, pude dormir un poco. A las doce menos cuarto me levanté y con mis hijos empezamos los preparativos para salir rumbo a San Pedro, provincia de Buenos Aires. Nuestro destino: dos departamentos que miran a un brazo del Paraná, donde el plan era pasar el domingo, Día del Padre.
La ruta estuvo dentro de todo amable, sin mucho tráfico. Mi hija viajó en su auto con su novio y yo con mi hijo. Hablamos de su progreso en la facultad de derecho. Por lo que me cuenta, hoy la enseñanza está más orientada a casos prácticos. «Qué bueno», le dije. «Esa es la única manera, al menos para mí, de disfrutar del derecho». Mi hijo asintió.
A las tres y media llegamos. Buena vista y tranquilidad. Almorzamos en el restaurante del complejo y, como en tantos lugares, tuve que pedir que bajaran la música —estábamos solos en una mesa de la terraza—. Como tantas otras veces, la disminución del volumen fue casi imperceptible. Después de comer fuimos a caminar cerca del río. Lindo ver cómo viajaba el agua. Una gran corriente llevaba unos camalotes. «Miren», dije, «de chico siempre esperaba ver un carpincho arriba de alguno porque alguien, no recuerdo quién, me había dicho que una vez había visto uno».
Cuando cayó la noche me quedé solo, acostado en un muelle. A lo lejos pasaba un carguero por el Paraná. El canto de los grillos arrancó de la nada y unos teros vociferaban, pero muy a lo lejos. Dos hombres, también a la distancia, hablaban mientras pescaban. Sentí un cuerpo que se arrojaba al agua. Un ruido seco e impactante. Un ganso nadaba erguido en el agua.
No hay comentarios:
Publicar un comentario