Me subo al auto. Antes, pago una suma que considero excesiva por el estacionamiento. Le pregunto al chico que atiende cuanto sale la hora. Hago cálculos. Es correcto el importe. Pero mi auto no está a la vista. ¿Ha sido robado? No puedo tener tan mala suerte un día tan bueno, pienso. Luego aparece detrás de una camioneta, justo en el lugar donde pensaba que no podía caber otro vehículo. Me subo y salgo. Antes, dejo pasar a una persona que camina mirando el celular. Doblo y sigo hasta un semáforo donde tomo mi celular y pongo "Casa" en el Waze. No quiero ver los mensajes arriba en la pantalla. A un lado, veo una casa de los años cincuenta con detalles en piedra; la imagino por dentro. Luego paso por las inmediaciones de un estadio y por la autopista busco el carril izquierdo hasta el límite de velocidad. Cien. A mi izquierda, tengo el aeropuerto. Miro la pista, un avión, dos. Intento divisar algo del río; casi al final de la pista me convoca un cartel. Una joven sonriente, atractiva que muestra la parte de arriba de un bikini. Pero los cuerpos han perdido su capacidad de alterarme. Esas potencias inverosímiles ahora me son lejanas. El tráfico fluye por la autopista; doblo hacia mi casa y dejo el auto. Me gusta saludar al hombre que trabaja de acomodarlos.
Archivo del blog
sábado, 13 de diciembre de 2025
viernes, 12 de diciembre de 2025
De eso hablo
Aquello que después de muchos años de esfuerzo logré, me dejó de importar. A partir de ese punto, quise decir: Esta es mi cuadra. La conozco. Me hallo en sus baldosas y bajo el cielo. Llego a la esquina donde está la fuente. Siento el agua cayendo. Recorro ese murmullo con atención; llego a sentirlo al punto que el agua baja por mi cuerpo a la distancia. A eso he llegado.
lunes, 8 de diciembre de 2025
El tercero
Salgo del turno con la osteópata. Un cordón policial pronto me impide pasar. A lo lejos, varios patrulleros; tomo en dirección a una panadería que está a media cuadra.
En esa panadería la vez anterior compré unas porciones de fainá. Pero no tienen más, me dicen. Elijo unos sandwiches, cuatro chipás, empanadas y porciones de torta. Me voy cargado; pido dos bolsas. Una para cada brazo. Mejor balancear el peso, explico. Hablan de un delincuente abatido a una cuadra. La víctima: un hombre que venía de una financiera con dólares. Dos personas en una moto lo abordaron y uno de ellos terminó muerto. No hay entusiasmo ni pesar en el tono de las vendedoras frente a una clienta del barrio. El evento ya está en las noticias, agrega otra vendedora. Para salir de ese clima, no pierdo el humor. Frente a la compra de tantos productos, pregunto si voy a tener que sacar una hipoteca para pagar lo que llevo. La vendedora sonríe. No obstante, agrego unas galletas. Pago y sigo mi viaje.
Doblo a la izquierda. Paso por la puerta de un gimnasio. Detrás de grandes ventanales la gente hace ejercicio. Gallinas dentro de una jaula. Deberían parecerme hámsteres, pero me parecen más bien gallinas. Escucho un padre en algún lado que le dice a un hijo o hija: "No más el tete", en voz alta, alargando las sílabas de la última palabra. A fuerza de repeticiones logra un canto. No logro divisar dónde se encuentra el padre. Tomo a la izquierda hasta las vías. A media cuadra, una camioneta en la entrada de una casa me impide el paso por la vereda. Uno de los dos hombres, junto al vehículo, me pide disculpas. No es nada, digo. A mi derecha, plantas con flores. Rosas, lavandas. Un cartel puesto por un vecino dice: Jardines de O Higgins. Rosas en una ciudad en donde los espacios públicos sufren hurtos. Milagro. Cruzo la vía por debajo de un paso a nivel. Los edificios en el barrio ahora se repiten. Muchos reemplazaron a las casas. Pero algunas subsisten. Me fijo en dos de ellas aprisionadas junto a los edificios. Me decido a tomar una limonada. Elijo un lugar cerca de donde tengo estacionado el auto. Dos jóvenes en la mesa cercana hablan de un tercero en discordia. La mujer le explica que siente una atracción por ese joven y que no sabe qué hacer. El otro es su pareja. No termina de ser clara su intención. ¿Quiere una autorización para tener relaciones con ese tercero? No logro escuchar bien a la distancia. El joven, aunque alterado, guarda cierta compostura. ¿Se está tomando las cosas con cierta filosofía? ¿O en su interior algo arde, pide estallar? La expresión de su cara me da la impresión sí, algo en él arde.
sábado, 6 de diciembre de 2025
En la entrada de las grutas
En el agua quise concentrarme en la temperatura del agua. Estaba tibia. Luego fuimos a la entrada de las grutas. El lugar donde se calientan las rocas. Esperábamos a unas lagartijas muy simpáticas. ¿Para qué nos siguen? preguntaste.
Entre toda la gente tomando sol arriba de las rocas, y todas esas lagartijas, que se miran a veces, por instantes, o de a ratos, unos a los otros, y que se mueven o reposan en busca de algo que no está por acá, ¿quién se apiada del otro para que las miradas tengan cierta belleza contenida?
Luego nos fuimos a la desembocadura del río con el mar a contemplar el agua. Un montón de cormoranes estaban con nosotros sobre el pasto, sentían -imaginamos- su blandura. Nos reíamos de la forma como caminaban las aves, de a ratos, mientras la luz se iba del todo. Poco antes, se fueron las aves y aparecieron las estrellas.
viernes, 5 de diciembre de 2025
La sanación
De nuevo en la ciudad. Me desperté cerca de las cinco de la mañana. Alterado por una pesadilla, fui hasta el living. Una luz potente me impactó. Era la de un reflector. Luz fría, penetrante. Una novedad. Estaba prendida en el edificio de enfrente, un poco al costado del mío. Solo después de bastante esfuerzo, concentrado en el ruido del ventilador de techo, aunque las imágenes en mi cabeza no me daban tregua, logré dormirme. Seis y treinta me despertó de nuevo el despertador de mujer. Le reproché su manía de levantarse tan temprano. Acto seguido, le pedí que vaya a hablar con el portero de enfrente para que no vuelvan a prender esos reflectores. Ella realmente es diplomática. Después de un nuevo esfuerzo, embarcado otra vez en imágenes vertiginosas, me volví a dormir hasta las diez y cuarto.
Me levanté, trabajé un poco y conversé con mi hija desayunando. Cerca del mediodía, mientras afuera llovía, caminé hasta mi oficina. Pasadas las dos de la tarde, comí sin entusiasmo en mi oficina frente a la pantalla y seguí con mis labores. Cerca de las cuatro de la tarde emprendí el regreso a mi casa. Tomé mi auto del garage y me dirigí al turno con una osteópata. Avancé en el tráfico por espacio de media hora y al fin pude estacionar a unas cuantas cuadras de su consultorio. En el consultorio, felicité a la profesional por los resultados de nuestro último encuentro. Luego me tendí en la camilla y dejé que los pájaros en los árboles, la música de un concierto de piano, el aroma a eucalipto y las manos de esa mujer, aflojen las ataduras que me gobiernan desde que tengo memoria. Al poco rato, no pude contener el llanto.
miércoles, 3 de diciembre de 2025
La capilla
Subo la cuesta desde el río. Al ser tan empinada, me exige un esfuerzo. Cuando termino de subir, giro a mi izquierda. Camino en dirección a la capilla unos cincuenta metros. El camino de tierra tiene la selva a sus costados. Paso junto a una valla que impide el ingreso de los autos y entro en un parque generoso, con árboles variados y pájaros cantando. Primero voy hasta lo que es un espacio para fiestas. Tiene un techo alto de madera, ventiladores, una barra y un piso donde -imagino- muchas veces se han dispuesto mesas. El lugar mira hacia el río. Sin embargo, no se llega a ver el agua. Han crecido mucho los árboles y las plantas. Me dirijo entonces hacia la capilla. Como el día anterior, está cerrada. Miro un poco la cruz de madera que tiene al costado y grabo un video para registrar el canto de los pájaros. Por fin, me siento en los escalones de piedra que bajan hacia el lado del río. No hay nadie en los alrededores. Al otro lado, se ven un par de autos estacionados, pero tampoco diviso a nadie. La balsa, que me ha dicho el guía del hotel que va a estar en funciones dentro de un mes, reposa amarrada. Los autos van a cruzar por esta parte del río de un país al otro. Me da pena. Llega entonces un auto del otro lado y deja a dos personas. No las diviso bien desde tan lejos. Se suben a una lancha y, en vez de cruzar el río, se van hacia mi derecha y los pierdo de vista. Me quedo entonces mirando el paisaje. Me siento feliz. Relajado. Con la cabeza libre. Después de estos pocos días de vacaciones he llegado a ese estado. Registro el canto de los pájaros. El viento en mi cara. Leve. Fresco, viene desde confines inesperados. ¿Esto es todo en la vida? ¿He sido bendecido? Pienso entonces que debe ser la hora de volver al hotel para emprender el regreso a mi casa. Si es que algo de todo eso me pertenece.
martes, 2 de diciembre de 2025
La piedra rojiza
Apenas salgo del predio del hotel, tomo el camino que baja a mi izquierda. Día de sol templado. Viento leve. Miro los árboles atento a los pájaros. Como tantas veces, intento focalizarme en lo que pasa sin pensar. Tengo a mi derecha la prefectura, luego unas garitas que dentro de un mes, cuando se inaugure una balsa para autos que está en la costa, funcionarán como puntos de la aduana.
A partir de ese punto la calle baja de manera pronunciada. Nadie a la vista. Al salir de una curva en la bajada, veo un riacho que va hacia el río; luego descubro una camioneta con dos prefectos parados al costado junto a la orilla. Los saludo. Uno de ellos es morocho y el otro rubio de ojos celestes. Se me ocurre que tal vez sea descendiente de polacos. Me pongo a mirar el río a mis pies. Hay una lancha de madera para pasar a pie. En letras blancas, sobre un fondo azul, dice Romina. Tiene unos salvavidas colgados del techo. Calculo que pueden entrar unas diez personas. Nadie más a la vista. Tomo una piedra del agua y me la guardo en el bolsillo. Miro un poco más hacia la orilla de enfrente. Hay cañas enormes del otro lado y árboles en las laderas de unas colinas donde no se divisan casas; apenas unos plantíos en las cimas. Los prefectos a unos metros conversan por oleadas. El rubio le explica al otro que una mujer le tomaba el pelo preguntándole si era modelo. No entiendo bien el contexto. Solo alcanzo a escuchar que el otro prefecto le dice: "Esas cosas, cuando me pasan, me entran por un oído y me salen por otro". Cómo quisiera tener ese talento. Me pregunto cómo se puede lograr. Pero no llego a nada. Saco de mi bolsillo la piedra y la miro. Como tiene un poco de barro, la limpio en el río. Un color rojizo sale de ella y se pierde en el agua. Un evento simple que necesitaba.
Nuevo aire
Viernes. Un día insulso porque no emprendí el camino al club junto al río para, después de trotar, quedarme un rato mirando el agua. Pero q...
-
El genio rockero me miró con sorpresa y después, víctima de cierta discordancia, tentado, me respondió: “Okay my lord”. Se volteó y preguntó...
-
Creo que es mejor que les cuente un poco de Carola. Una premisa que no es sencilla porque mis percepciones cambiaron con los años de manera ...
-
Me levanto poco antes de las seis de la mañana con una fuerte contractura, producto de un asunto de trabajo que se complicó por la impericia...