Hoy por un minuto
las cosas que nos pertenecen
dejaron de importar
y la soledad también.
Lo negro y silencioso
ya no duele.
Hoy por un minuto
las cosas que nos pertenecen
dejaron de importar
y la soledad también.
Lo negro y silencioso
ya no duele.
Una rueda gira hasta que algo o alguien,
con poderes claramente superiores, la detiene.
¿O sos vos el que logra salir de esa rueda y respirar?
Salir a ese otro mundo, entender
las coordenadas de los barrios
para alejarse de ellos y posarse en otras ramas
como esos monos que andan por algunos árboles
de algunos otros reinos, alejados, felices o tristes
según el día, pero esperanzados con los juegos
de ir de una rama a la otra. Así quisieras estar
porque cada cosa tiene un modo y al mismo tiempo de otros.
Llovió toda la noche
y aún cae agua del cielo.
El ciruelo en flor destella
y la tristeza permanece alejada.
Cuando en la noche de tormenta, después de un día también de lluvia, la energía se vuelva espesa en tu cuerpo, y sientas que esa energía tiene que salir, y para eso, sin que puedas apaciguar la respiración, una luz entre por tu entrecejo, y desde ahí inaugure un canal dorado, uno que va directo a las estrellas, bien, cuando eso pase, salí afuera y dejá que la lluvia toque tu cabeza.
A partir de ahí todos los santos de todos los mundos van a tomar tu voz y vas a gritar. Y esos sufridos van a ser los más salvajes.
Pensaste cosas durante muchos años
que ahora no tienen un dejo de verdad.
Ahora pensás otras cosas que tal vez
no falte mucho para que les pase lo mismo.
Sin embargo, lo que te más te gustaba
te sigue gustando. El viento en la cara,
el mar picado, las olas hacia la costa.
La luna como una sacerdotisa
que sabe adorarte.
Podías ser un bálsamo
no eras más una lucha armada
no eras un manojo de ramas cerca del fuego
en la escalera de un teatro importante.
No eras un sapo que se equivoca de pozo
frente a un rey que necesita pisar tierra firme,
eras el árbol que espera
los días del invierno y verano.
Soñé que vos era una cosa, un juguete, y que yo te usaba una y otra vez para mi deleite; y que estaba un poco culposo por usarte así, pero que el placer era mucho más grande que la culpa, y lo sobrellevaba.
Cuando se acumulan suficientes años, se descubre que los hechos relevantes son bastante escasos y que los esfuerzos por acumular algún tipo de importancia -de uno mismo- son etéreas y poco profundas. Y uno se queda con la vista fija en las estrellas, seguramente a la búsqueda de una idea o de un hecho que nos confirme la trascendencia de la experiencia, y en esa búsqueda, ensayando, se queda mucho tiempo.
Cuando estaba muy mal, una noche de verano de tormenta, mientras dormía sentí un ruido impactante. A la mañana siguiente, un fresno dorado había caído sobre mi pileta y sentí, creí y me convencí de que eso era la demostración de que algo en mí había caído de forma honda y finalmente. No existe nada que pueda probar eso, y no lo necesito porque en estos casos uno crea sus propias leyes.
Trotás por la calle, ves los árboles, las casas, la supuesta prosperidad de tu barrio. Ahora valorás más bien otras cosas, pensás. Hasta que por unos instantes dejás de pensar y ves todo bien distinguido, cada cosa en su propio cuerpo: la calle, los árboles, el barrio, el cielo, los sonidos, las estrellas. Por un momento sentís todo eso, y después la mente se vuelve a encajar. Y seguís trotando.
Vas en bici por una calle transitada y te pasa un auto. Enseguida, más adelante, ves un perro cruzar sin apuro; el conductor no está dispuesto a frenar. ¿Piensa pisar al perro?
Podrías decir que no imaginás cómo alguien puede llegar a esa instancia, pero estarías mintiendo.
Tu objetivo es hacer algo que resuene en los otros pero día a día pensás en cosas cada vez más personales. Hay un mundo dentro de los objetos y vos sos uno.
Estamos acá, es de noche
y cualquier cosa puede pasar.
Lo mejor es buscar algún perfil.
En la luna, el viento o los árboles.
Hace tres días fui hasta el campo al atardecer como tantos días. Era un día caluroso, el primer tiempo templado de la primavera. La luna estaba alta y grande en el cielo al caer el sol -una moneda de fuego intenso a lo lejos como en Africa-. Los chimangos, cosa rara, noté que ahora vuelan al atardecer en sentido contrario a como lo hacían hace meses. Fui a la parte del camino donde, como hay unos grandes pinos, me gusta echarme. Los mosquitos y el calor no me dieron descanso. Emprendí la vuelta y me agarró la noche. Prendí la lámpara de mi bici y comenzó a fallar. La apagué y anduve casi en la oscuridad. Por un momento, gracias a la luz de la luna, sentí que iba en una góndola remando por un canal de Venecia. Es fantástico avanzar por el agua.
Va en bici hasta el campo
al atardecer como tantos días.
Es un día caluroso, el primero
de la primavera. La luna está alta
y grande al caer el sol
como una moneda de fuego.
Los chimangos, cosa rara,
vuelan en sentido contrario
a como lo hacían hace meses.
En la parte del camino
donde hay pinos,
le gusta echarse, pero los mosquitos
y el calor no le dan descanso.
Se sube a la bici
y emprende la vuelta
sobre la noche que avanza.
Prende la lámpara, pero no funciona,
así que, en la oscuridad, gracias
a la luna, sigue en una góndola
por un canal de Venecia.
Es fantástico ir por el agua.
Me levanté 5:20 a.m. porque sentí un viento fuerte. Hacía calor, había silencio. Me puse a revisar unos poemas. Cerca de las 6:30, pasó el camión de la basura. Desayuné y me fui a dormir de nuevo.
Vos te levantaste cuando me acosté y enseguida me abalancé en tu espacio. Dormí un poco y después me puse a trabajar. Vos estabas en ese escritorio que improvisaste en el living atareada. Los chicos hacían sus tareas; por momentos iban y venían con sus tazas. Tuve mis llamadas y después me puse a limpiar nuestro cuarto y a hacer nuestra cama.
Almorzamos con nuestros hijos, vos seguiste trabajando y, después de mirar un poco por la ventana, hice lo mismo. Tenía que hacer varias cosas útiles. Para las seis de la tarde, después de ver la lluvia desde la galería, me fui en bici hasta el campo.
Media hora estuve por donde cruzan las vías del tren. Por momentos de cuclillas, igual que los chinos en la puerta de los minimercados. Me fijé la declinación de la luz y en los cantos de los pájaros. Algunos murciélagos aparecieron cuando los últimos patos pasaron para algún lado, y solo los teros se sintieron cuando la oscuridad fue total.
Estuve por varios barrios ayer. En realidad, debo explicarme mejor: primero fui a nadar a mi club cerca del río y disfruté bajo un sol tod...