Querías permanecer
quieto y a la espera
bajo el techo de la galería.
E incluso después ir por el campo
hasta escuchar el canto de un zorzal.
Querías permanecer
quieto y a la espera
bajo el techo de la galería.
E incluso después ir por el campo
hasta escuchar el canto de un zorzal.
El sol ocultándose
y los mismos caballos
junto a espinillos
como oradores mudos
al costado del camino.
A la ida y a la vuelta,
la obsesión por el silencio.
Intentaste no pensar,
pero te resultó imposible.
Cerca de tu casa imaginaste
cómo disfrutar más de tus hijos.
Se puede disfrutar más de los hijos
de lo que ellos disfrutan de nosotros,
pensaste. Pero no estabas seguro.
Tus impresiones tienden a cambiar,
y los pájaros sobre las murallas a seguir.
Una noche, con la esperanza
de que lo imposible pueda ser tocado,
soñaste con dos búhos juntitos
en una rama del cedro azul.
El mismo que había
en esa ciudad lejana
donde sentiste que ya no deberías
crear algo reluciente.
Otra vez, así, dijiste,
vivirías tranquilamente
rodeado de salvias.
Por la ruta, cuando pasaban
camiones como caballeros
obligados por sus cruzadas,
alcanzabas a leer de qué empresa
eran. Entonces, por una asociación extraña,
una angustia imprecisa y antigua,
regresaba.
Y te decías que solo podrías mejorar
cuando encontrases de nuevo
una paz que habías avizorado
una vez en una iglesia
(pero ya no recordabas en cuál).
Al fin llovía, los demás ruidos
se aplacaban y todo lo vivido
tenía un sentido.
Incluso podrías olvidarte
de las inquietantes
manchas de petróleo
que de chico habías visto
en la planta de tus pies
un verano.
Podrías dejar atrás
ese recuerdo y muchos más.
Llovía y sentías las gotas,
miles, en el techo.
Amaenece nublado y con viento.
Corre el aire después de días agobiantes.
Tu vuelta al taller la piedra
hizo que los dioses,
en lugares apartados del infinito,
gracias a su inmensa capacidad de conectar
con todos y cada uno,
te respondiesen con un viento tibio
entrando por la ventana de tu balcón.
Más allá, viste el río inmenso.
Y pensaste que iba hacia el mar
para ser todavía más grande.
Un día de viento un manto de nubes
ve pasar a una bandada de pájaros.
Pasan sobre una hilera de pinos
reflejada en un canal que baja
por una pendiente de pasto
hasta el mar.
Ahí más o menos
está el paisaje de tu vida.
Las historias serán entonces
las imaginables. Está todo dicho,
cualquiera diría, en el paisaje.
Acabo de ver un documental sobre el grupo inglés Pulp. Termina con una frase de su cantante al final del concierto que atraviesa todo el fi...