Amanezco con el canto de los gallos y ya no puedo volver a conciliar el sueño. Algo inédito porque durante mi infancia y adolescencia, cuando iba a la quinta de mi abuelo paterno, escuchaba el canto de los gallos al amanecer, pero era solo una música lejana, dulce, que insinuaba que todavía era muy temprano para levantarse. El canto de los gallos solo era una invitación para seguir durmiendo. Esta vez, en cambio, la sensibilidad que he desarrollado hacia los sonidos me empujó a dejar la cama. Ahora que miro el reloj y veo que son las seis cincuenta y seis, calculo que debí haberme levantado cerca de las seis, cuando aún era de noche —no sé por qué los gallos se anticipan tanto a la salida del sol, que ocurrió más bien a las seis y treinta—. Desde que me levanté contemplo el paisaje. También hice una serie de respiraciones que pretenden darme un ánimo más sosegado y a la vez erguido. Mientras respiraba, recordé una escena de una película japonesa donde, sentado en un claro del bosque, bajo el sol de la mañana, el protagonista escucha el canto de los pájaros. La expresión de su rostro me transmitió una paz inmensa, total, deseada en tantas ocasiones a tal punto que, desde entonces, ese hombre encarna para mí una felicidad nacida solo del existir. Pero ese impacto solo se comprende cuando uno sabe que el personaje era ciego, y que por lo tanto su felicidad incluía una aceptación que traspasaba los límites de la fortuna. Su interpretación encarna la fuerza de la aceptación. Recién pensaba que estoy cansado de luchar para satisfacer deseos enormes que nunca terminan de desplegarse, y cuando lo hacen resultan esquivos, cambiantes. Quisiera liberarme de sus empujes. Dormir incluso con el canto de los gallos o el ladrido de los perros. Estar por encima de los pensamientos. Absorto en las paredes, en cualquier espacio u objeto, sin precisar nada en particular.
El mar está agitado, alto, furioso, fuerte, potente. Exaltado: ahí está la palabra. Así está y así lo veo desde el piso once que ocupo, justo donde empieza la Barra de Tijuca. Creció tanto que llegó a ocupar toda la playa y avanzó incluso sobre el asfalto. Casi roza un monumento extraño: castillos de arena apilados uno sobre otro y un ser propio de estas regiones. Un ser que debería conocer mejor, porque para quienes cruzaron este mar desde otro continente es una especie de dios. Acá, la gente con la que he interactuado transmite cierta bonhomía, aunque también noté en algunos un aire parco, defensivo. Pero no es eso lo que quería contar. Quería contar que caminé durante una hora, desde las nueve hasta las diez de la noche, por la rambla. El mar exaltado me acompañaba: a mi izquierda en la ida, a mi derecha en la vuelta. El viento soplaba desde el agua, con las olas enormes, llenas de una espuma voluptuosa que agradecía. Y lo mismo el rumor constante, feliz, capaz de darme un manto, un abrazo más bien, un motivo para creer que el mundo guarda el sentido de maravillar a quien se detiene en la playa frente al agua, intuye a Poseidón, escucha su concierto.