lunes, 20 de julio de 2015

Erótica armería







ERÓTICA ARMERÍA





Lucas Videla Christensen
































1
Recuerdo el filo de la casa reclinada en la costa, con sus paredes altas y sus molduras campestres, con un gobelino de Bruselas en el living y otro en el comedor.

El día que cumplí los trece años nos encontramos, muy cerca de la casa, en un bar lleno de mandíbulas de tiburones secándose al sol.

Desde el verano pasado no te veía; y te lo quise decir, pero vos, con tu palito de agua semiderretido en la boca, no podías, o no querías, dejar de concentrarte en el frío auge que emanaba.

Y las voces cristalizadas de los comensales caían cerca, muy cerca.

Y por tu modo de andar, de vestir, yo quería decirte, vení, acércate, probá.

Y cuando bajamos a la playa, encontramos a tu familia bajo una gran sombrilla blanca.

Y allí recalamos. En la sombra que nos impulsaba a permanecer: los dos mirando el ungüento que tu tío pasaba sobre nuestros músculos extrañados.

Esos cuerpos eran el brillo, y mi visión estuvo siempre sobre ellos en la playa aquietada.

Y te pregunté ­-¿Por qué no vamos a caminar hasta el faro?

“Te quiero ver caminar hasta `El Babilonia´; quiero sentirte cerca del antro, cerca del mayor antro de sudamérica; con montones de seres descansando en la playa; bajo el sol; allí donde un reloj late como una bomba bajo la arena.

Y al final me comentaste: “¿Caminar hasta allá? No pienso ir tan lejos.”

Pero lo mismo salimos a caminar. 

Y al anochecer, vimos una vela en el oleaje espumoso que subía por las rocas. Y en torno a tu cuerpo, llegó a estar la luz de esa bonita vela, consumiéndose.

Y sin cerrar los ojos, creímos ver una virgen en su cuevita, lábil y cercana al faro.

Y un poco más allá, vimos un cortejo en el borde del muelle donde los cuerpos se arrojaban.



2
Al día siguiente, pasaron las nubes como una caballería que quiere escaparse del filo de una guadaña que no se calma.

Y yo las seguía con la mirada, desde la galería.

Caminando te llevé hasta el estremecimiento que nos detuvo sobre el filo del mostrador, en el último instante, cuando visitamos un puesto al final del acantilado.

Y no hubo atajo más dulce que la sombra que ocultó al cuerpo; a las tres y cinco, a la hora de la siesta, bajo la mesada que custodiaba una paloma de cerámica.

Poco después, en dirección norte, los teros se tranquilizaron, y recién levantadas de la siesta, tus hermanas tomaban sol entre las rocas.

--Me voy a descansar al escritorio-- les dije. Y me fui al sillón inmenso de cuero negro. Pero no pude dormir porque un ciervo empotrado en la pared, vigilaba cada atisbo que tenía mi cuerpo.

Y no pude descansar pensando en todas las miradas que atraviesan las lentas noches en el salón de caza.



3
Cada vez que podía, trataba de ver el interior de la quinta habitación de la casa. Allí tu abuela, con la bata china puesta, esperaba el tiempo restante.

Esa pieza estaba regenteada por una enfermera petisa y de piernas anchas, tan anchas que se rozaban dentro del pantalón verde manzana.


Y cada mediodía pedía tomar un jugo helado sobre la galería que miraba al oeste; la galería en cuyo borde el sol me entibiaba.

Luego inhalaba el césped recién cortado.

Y después corría al mar, para que el sol dejase de quemar la piel donde  soñaba, que manos anónimas se perdían.



4
Al despertarme, abría los postigones para ver el filo de la costa. Ese filo que hace a los cuerpos reclinarse sobre la arena; y yacentes, les cierra los ojos, como si ellos no pudieran sentir más el espacio, como si se envolviesen en el angosto pasillo del estremecimiento.

Descalzos, me acuerdo que bajábamos a la playa, por los escalones de un jardín donde se destacaban las hortensias florecidas.

Y una mañana en que todos dormían, nos encontramos en el pasillo de la casa; y vos, con tu camisón transparente, me miraste desde la oscuridad como una figura aparecida.



5
En la playa, al tiempo de caminar, arribaba a otro parador, y de nuevo estaba rodeado por el flujo luminoso que se extendía por los cuerpos puliéndose al sol; próximos al mar, no sabiendo cómo abanicarse.

Una tarde de lluvia descubrí un manojo de casas recostado en un brazo del mar, la tarde que pasamos en un puesto de bañeros a setenta pasos de la orilla. Y yo, intrigado por saber de mi suerte, me decía que apenas terminara de contar cada uno de los pasos, la ola debería tapar el número impar definitivo.

Y casi sin notarlo, empecé a visualizar tu ropa apilada muy cerca de mi cama, y a vos y la hija de la casera, las dos muditas abriendo la cama de esterilla.




5
Cuando todos dormían la siesta, yo no dormía, sino que contaba las flores que tenía el estampado de las cortinas; pensando que eso era una terapia; una forma de aburrir a mi mente y volverla más aplacada.

Pero era inevitable: con sólo salir y ver una mujer con piernas largas, recordaba a esas jóvenes embarazadas de la sombrilla vecina; esas jóvenes que a cada minuto se volvían más sensuales, más pródigas en sueños, y lo hacían sin notarlo, de una manera insufrible.

Eran mujeres de pelo lacio, que en la playa no me miraban, y sin embargo, un mediodía que las encontramos en el pueblo, miraron con disimulo mis pies sobre el empedrado.



6
Entre los chicos de la península, existía la moda de caminar con las cañas en la mano, aunque muy pocos pescaban. Algunos iban al muelle sólo para no aburrirse en sus casas.

Pero a mí, como me gustaba la pesca, viajaba hasta la caldera. Aunque fuera un despropósito caminar cinco kilómetros de ida y cinco de vuelta. A plena luz del día, entre caracoles rotos y piedras anchas y resbaladizas; piedras  dormidas como trampas que se cimbran, pensando durante la travesía en los millones de peces que todo el tiempo huyen de los tiburones. En un mar que a veces parecía frío y sosegado, y otros días en cambio, parecía estar batiendo sus alas.

En las tardes de temporal, íbamos a pescar a un espejo de agua. En el camino, el viento me hacía pensar que viajaba a través de cada punto de mis arterias; bajo el sol agobiante, entre olivos secos porque era domingo de ramos. Y el aire, sin brillos ni pausas, respiraba en mi cuerpo, y me hacia desear el paño que tu abuelo lavaba en la orilla.

-¿Cómo es que me acuerdo de tus manos y de tu pelo, pero no me acuerdo de tu voz?

-¿Qué voz supiste tener cuando repetías mi nombre en la orilla?



7
“Cada noche duermo con un tiburón rozando mis limpios pies dormidos. Y cada noche descanso tenso. Y después del amanecer ya tengo marcados signos de cansancio, y preciso echarme sobre el césped para ver un cielo nublado.”

Eso decía el diario de un pescador; mi diario.

Así es como pasábamos los días. Hasta que una noche, tu abuela se cayó de la cama, y todos salimos corriendo al hospital; e incluso vino tu madre desde Montevideo.

Esa tarde, desde mi ventana, observé como nadie conversaba en el grupo de sombrillas que esperaban como a media asta.

Y vos estabas en el porche llorando; y para consolarte te leí unos falsos poemas rusos:

“Cerca del estrecho de Baring, tres pingüinos nacen del mar; un mar picado porque ha parido. Y tus repeticiones, ardientes, no se equivocan: en la arena que despierta hay un cuerpo que todavía te roza.”

--No creo que haya pingüinos en Rusia -- me dijiste.

Pero a mí no me importó, y seguí leyendo: “Ya inmersos en médanos del mismo color pálido que tus labios, descubrimos una yegua que sentía el amor de un padrillo estrellándose en el negro azulado.”

Y vos divertida me dijiste: “ya que lees algo de Rusia, contáme de las grandes duquesas.”

“Las niñas duermen porque no saben que afuera, en el mar que las adormece, hay cuerpos que son ultimados; y que toda la esfera comienza a ser objeto de una codicia perfectamente explicable por el hambre. Las niñas eso no lo saben.”

Y los días pasaron, y cada uno a su manera, fuimos volviendo a la normalidad.




8
Una cinta me rozó el hombro.

Y por un momento temí que no entendieras el significado de correr, los dos tras la cinta que el viento raptaba por la arena humedecida.

Fue la víspera de Reyes.

Esa noche mis zapatos volvieron a recibir una ofrenda -una ofrenda que soñé que puso tu madre-; eran chocolates envueltos sobre un pasto muy tibio.



9
En la playa que forma el codo de la bahía, se juntaban dos heladeros con la señora del puesto de coca. Y conversaban un rato hasta que desaparecían detrás de las chapas:

“Atrás de una chapa colorada, a treinta grados, la siesta profunda, visceral, la siesta de dos heladeros con su atuendo blanco; dos heladeros que  quisieran abandonarse en la arena; regenerar su alma, asumir los subterráneos lazos que perforan a la planicie y los adentran en las húmedas cavidades que goza el agua; con el cuerpo y en el cuerpo. Lamiendo su pasmosa amargura; calmando su necesidad de redención; soñando con un cargado renacimiento.  

Y hablando de cargado: me he dado cuenta que mi cuerpo es un arma; un arma que llevo inconscientemente cargada a todos lados; y que de una forma u otra, el arma se dispara. Y lo curioso es que el cuerpo asesina a su semejanza. Parecería algo innato: cada mañana cuando despierto, me doy cuenta que quiero verlo perforar los blancos diseminados sobre la tierra; deseo verlo traspasar la velocidad de la luz; sentir que estalla en otros cuerpos, y que son otros los que no sobreviven a mis ansias.

Y a la mañana siguiente, todavía dormido y con amargura en la boca, mordiendo las hojas me digo: `la tarea está cumplida, puedo nadar en paz.´

Pero luego sobreviene el arrepentimiento, como un ángel grisáceo se precipita en mi tierra baldía, incisivo, irritado, y me somete de rodillas a repetir los nombres de los asesinados; aunque sean pocos, aunque sus cuerpos todavía reposen tibios.”

Y cuando terminó el trayecto, quería nadar porque el sol se colaba entre los árboles. Y cada parroquiano iba para su casa. Y lo que faltaba era el ocio ardiente entre ranchos armados por hombres que navegan en chalanas; embarcaciones que cruzan los canales amarillos en el último instante que pasa.



9
En las noches de verano alguien me sigue descalzo entre los eucaliptus. En las noches de verano alguien me deja respirando cerca de un cuerpo que me mira atónito.



10
“Otro día comienza en la península.”

Excursión a la isla “La Madrina”:

“En la gruta todo parece sereno: pequeños peces rozan nuestras piernas cuando todo vuelve a estar desnudo, y con tu vista en el suelo, recostada en la arena, sentís el gusto que tiene la sal cuando se traga.”

Entre médanos cubiertos por un césped muy cuidado espié a los bañistas de la pileta vecina.

Y cuando despertaste, te dije: “Vamos a caminar que es lo que único que se puede hacer con el tiempo.”

Y en la rompiente vimos bolsas negras que parecían cuerpos de hombres que se ahogaban.

En esas recorridas, entre las olas nos encantaba ver los objetos que el mar se robaba. En esas recorridas una luz vibrante tenían los rostros ahogándose más allá de la rompiente.”

La fascinación por las cañadas refulgentes, y las voces perdiéndose entre acacias rociadas de arena, eso era lo que me incitaba a querer seguir caminando.


Esa noche hubo una tormenta impresionante. Fue una noche iluminada por rayos; una noche espléndida y fatal para mi antigua casita de niño en el árbol.

Y cuando terminó la tormenta, salí a caminar para ver rocas mojadas que me deslumbraban con su celo.



11
Recuerdo cuando bajo el sol, recostados en la escollera, intentábamos despertarnos; aunque nos resultara imposible, porque las olas, con sus latidos envolventes, nos lo negaban.

Y el sopor turquesa descendía sobre nuestros cuerpos, y la voz del viento, era el eco de tu cintura cuando cimbreaba.

A pocos metros visitábamos una cañada.

En su orilla pude resumirte qué es el verano:

“Verano: miles de figuras que con desesperación quisiera rozar. Miles de figuras elegantes que van por la orilla mostrándome sus pies desnudos.”

Y lo comenté con excitación, pero vos no lo aceptabas.

Más tarde, mientras pescábamos, te pedí que intentaras ver una corvina en el agua; que anticiparas el cúmulo de luz que lleva la ola.

Esa imagen sensual está latiendo sobre mi cuerpo dormido. Una imagen que repite lo que me decían tus labios aquella tarde completamente acelerada: “una vez que salen del agua, no respiran.”

Esa visión me atormentaba. Y para calmarme, me gustaba tener cerca un vaso de agua; frío, muy frío, de un cristal inmaculado y con una pequeña sombrilla turquesa en el borde. Esa sombrilla estaba reclinada en el abismo como una mariposa, y el vaso estaba de pie, sobre la roca. De ese vaso bebíamos: uno a uno, rezumados por el pálpito que circundaba a los cuerpos de mañana.


12
Una noche soñé que dormía sobre trigales; y que mi cuerpo encendido destilaba un líquido violáceo que corría hasta el agua embrutecida de un arroyo.

Ese arroyo me dejaba en un jardín rodeado de tilos centenarios.

Y una voz decía: “En la primera toma se puede ver un jardín soleado; preciso en la fragancia que protege; su cuerpo desnudo permanece en la hierba, apenas tocado por el césped, tal como quería. Y más allá, tres rosas chinas, hacen pensar que ellas son quienes otorgan una perspectiva más explícita.”



13
“Hemos caminado más de dos horas siguiendo la playa; un trayecto que podría depositarnos en un escenario orgulloso como la hoz que quiebra el trigal; incandescente como sus tallos, en una superficie donde no sería necesario continuar la marcha.”

Y sin ropas nadaríamos.

Y en algún tramo de la playa sentí el olor de un elefante marino pudriéndose entre rocas más filosas que lo normal. Y cuanto más me acercaba a su piel  sedosa, mejor captaba la inquietud que tenía la playa.

Durante la tarde pescamos y bebimos desde temprano, por lo que al tiempo de flotar en el bote anclado en la bahía, no supe más del sol ni del agua, y mucho menos de los peces encolumnados en el océano, frotándose. Tampoco recordé el clamor de otros cuerpos que nadaban; no supe más de ellos. Y pude reposar; sentí al fin que descansaba de los millones de seres que viven circundándome con sus modos calientes.

Pero la visión de los peces abriendo su boca a intervalos, me perseguía durante la noche, y en los sueños, los peces se ahogaban muy cerca de las jóvenes de la sombrilla.

Y con mi sufrimiento, caminaba durante la siesta. Hasta que un encuentro con un pescador, me permitió tomarme el tema con otro ánimo.


En la playa había colgado de una soga veinticuatro cazones -lo sé porque los enumeré con cuidado-, cada uno medía unos ochenta centímetros, y cada cual parecía mover su cola como si todavía nadara; como si aún pudiese soportar el aire que a cada segundo lo ahogaba. De manera que al pasar frente a la soga, le dije al pescador que aquello era una obra teatral, y él, sonriente, se dispuso conmigo a mirar el espectáculo.



14
Y al volver a la casa, se me ocurrió mirar los gatos que tenía la casera para escribir: “Un círculo inmenso, formado por caracoles también inmensos; eso fue lo que encontramos en una playa distante; y cinco gatos con su lomo al sol parecían custodiar el lugar. Y nosotros, estupefactos, como no teníamos verdadera noción de lo que soñábamos, no tuvimos el coraje de persignarnos.”

Y caía el sol sobre la montaña, y yo lo deseaba ver posarse sobre el mar.

Y para consolarme miraba la roca, erguida como un ropero lustroso y macizo en el centro de la playa. Y cuando las olas chocaban su cuerpo, veía el dinamismo que tanto deseaba.



15
En las noches de calor, sentía el leve rumor de los sauces perdidos entre los pinos que resguardaban la casa.

Y te quise ver bajo sus ramas, con miles de manos acompañando tu espalda; vacantes y tocados por una vertiente imaginaria que rozaba nuestros labios, arriba y abajo.

Esa tarde de carnaval te pedí que fuéramos a dar otra vuelta.

Y apenas terminamos, escribí en mi diario: “La tarde que paseamos sobre los caballos de madera, tus ojos transitaban el lomo atigrado, y mis manos entre las tuyas, movían las riendas.”


Ese domingo mientras corrías al bebedero, sentí la clase de viento que anuncia una tormenta. Fue a la salida de misa. Y a la distancia pude ver el chorro de agua desarmarse hasta lograr el efecto deseado sobre tu rostro entumecido.  

Y como el viento soplaba tan fuerte, fuimos a ver las olas golpeando la escollera. Unos minutos después se desató la tormenta.

Las gotas se repetían; y vos, desde el muelle, segundos antes de que llegasen al agua, tocabas su leve color platino.

Y las sombrillas cerradas eran ese cuadro de la melancolía.



16
Años después, cerca del acantilado donde se levanta la casa, pude ensayar este relato -seguramente para saber algo de nosotros todavía-.

El punto inicial para recorrer el tiempo y los lugares que imaginé en tu cuerpo, lo busqué en un día nublado; la tarde que te conocí, hace ya muchos años, cuando hablaba con la cabeza gacha.

Y el relato fue escrito en un presente perfecto:

“Un leve susurro deslizan las olas cuando alcanzan la orilla. Allí es donde los cuerpos comienzan a padecer la visión de una sima, honda y breve al mismo tiempo; una sima hacia donde corren atraídos; sin ningún tipo de esfuerzo, encantados por el perfume que despiertan sus pies cuando golpean el suelo.

Y los cuerpos, extendidos y con las pupilas ardientes, se arrojan a un lugar, en donde al caer, horadan la materia, por ellos padecida, tantas veces amada.”



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