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lunes, 2 de noviembre de 2026

Cinta negra

Con una cinta negra 

cuatro rosas atadas. 

Son de un rojo que tiene

un blanco insinuado

y un naranja

que está en lo que despiertan

en mi imaginación.

sábado, 31 de octubre de 2026

Boulevard Georges Mandel

 Llego a mi domicilio ocasional en 5 Jocelyn, París, planta baja, desde donde le escribo a mi hija para saber por dónde anda. «Estoy volviendo en subte, me faltan cuatro paradas», dice. Quedamos en que voy a buscarla a la salida del subte, en Rue de la Pompe. Cuando llego, como no encuentro la boca del subte, pongo en el teléfono la dirección que me dio y me informa que debo caminar cinco cuadras. Pero sin esperarlo, del otro lado de la avenida, veo a mi hija. Levanto con alegría los brazos, ella hace lo mismo y nos abrazamos justo en el medio de la avenida, bajo los árboles cargados de hojas. Es pleno verano y la tarde se extiende.

«Vamos a ver si está abierta esa iglesia», le digo. Iglesia española, dice en la entrada. Pero está cerrada. Entramos entonces a un Monoprix, una cadena de mercados, compramos lo necesario y, a la hora de pagar, un empleado de origen asiático —no demasiado simpático— me señala dónde pesar las verduras. Qué me importa, pienso. Durante años, con mi hija —que se me parece tanto— he estado inmerso en tensiones continuas, y conmigo mismo ni hablar. Pero bajo los árboles de la avenida Georges Mandel nos hemos abrazado.

viernes, 30 de octubre de 2026

Camalotes

 Mi pareja sale de viaje por trabajo a las ocho y cuarto. La despido desde la puerta de mi casa. Ella baja por el ascensor de servicio con su valija y la mochila en la espalda. «A disfrutar», alcanzo a decirle. Luego me quedo en el living escribiendo este diario para narrar estos días porque sé que después la memoria me va a empezar a fallar.

Quiero contar la cena que tuvimos antes de que se fuera, junto a mi hija y su novio y mi hijo, en un restaurante coreano donde nos atendió un joven con una maestría para el servicio y una calidad humana que me dejaron feliz. Lo mismo la comida y los comensales de las otras mesas. Incluso la música, K-pop, no me resultó tan desagradable como hubiese imaginado. Tomé dos cervezas y empecé a sentir una felicidad atávica. Pero de vuelta a casa me topé con el semáforo para no videntes de la esquina y su alarma odiosa, y me quedé mirando ese poste que emite un sonido interminable. No me imagino cómo voy a superar ese escollo, pensé. El semáforo, después de un breve respiro, volvió a sonar de esa forma aguda y macabra.

También quiero dejar anotado el viaje del fin de semana. El sábado a la mañana, como la calle estaba tranquila, el ruido se oía desde el living, cosa que me fastidia especialmente. Me fui al cuarto, me puse a leer y, después de un gran esfuerzo, pude dormir un poco. A las doce menos cuarto me levanté y con mis hijos empezamos los preparativos para salir rumbo a San Pedro, provincia de Buenos Aires. Nuestro destino: dos departamentos que miran a un brazo del Paraná, donde el plan era pasar el domingo, Día del Padre.

La ruta estuvo dentro de todo amable, sin mucho tráfico. Mi hija viajó en su auto con su novio y yo con mi hijo. Hablamos de su progreso en la facultad de derecho. Por lo que me cuenta, hoy la enseñanza está más orientada a casos prácticos. «Qué bueno», le dije. «Esa es la única manera, al menos para mí, de disfrutar del derecho». Mi hijo asintió.

A las tres y media llegamos. Buena vista y tranquilidad. Almorzamos en el restaurante del complejo y, como en tantos lugares, tuve que pedir que bajaran la música —estábamos solos en una mesa de la terraza—. Como tantas otras veces, la disminución del volumen fue casi imperceptible. Después de comer fuimos a caminar cerca del río. Lindo ver cómo viajaba el agua. Una gran corriente llevaba unos camalotes. «Miren», dije, «de chico siempre esperaba ver un carpincho arriba de alguno porque alguien, no recuerdo quién, me había dicho que una vez había visto uno».

Cuando cayó la noche me quedé solo, acostado en un muelle. A lo lejos pasaba un carguero por el Paraná. El canto de los grillos arrancó de la nada y unos teros vociferaban, pero muy a lo lejos. Dos hombres, también a la distancia, hablaban mientras pescaban. Sentí un cuerpo que se arrojaba al agua. Un ruido seco e impactante. Un ganso nadaba erguido en el agua.


miércoles, 28 de octubre de 2026

Una tarde en el taller

 Solo para contar que hoy fui al taller. Eran las seis y un poco más, calculo. Había trabajado lo suficiente en la oficina. Asuntos de siempre. Juicios. Pero cuando llegué al taller me puse a pintar. Agarré los cuadros que vengo repasando, volviendo a ellos de un modo terco, obsesivo incluso, pero con placer, con  entusiasmo. Puedo decir entonces que me puse a seguir en busca de un estilo, de ciertos trazos que fluyan y al mismo tiempo liberen lo que quiero decir —que, ya lo he dicho, no sé bien qué es—. Pero la pintura, incluso si la juzgo por debajo de lo que logro en escultura, se movía en el lienzo. Verdes. Muchos. Y también rosas, e incluso los azules. Todos ellos, junto con el violeta, ahora que recuerdo, iban y venían por la tela, como dije: se esmeraban por complacerme. Querían ver si al final me daba por satisfecho con cierta imagen. Cosa que no ocurrió.

martes, 27 de octubre de 2026

La piedra.

 Apenas le pude dar tiempo a la piedra. Golpear de a poco, con la bucharda en la superficie roja que tiene. Golpear para de a poco, muy de a poco, avanzar. Casi nada, diría. Al punto que mis quehaceres, mis avances en el trabajo, a través de lo que se llama gestión de un "negocio", me resultan supersónicos a comparación del trabajo en la piedra.

Al principio, cuando empiezo a golpearla, una vez que termino con mis asuntos laborales, me parece sumamente absurdo. Casi, como decía, no hay avances. Apenas son golpes que la piedra soporta impertérrita. Pero luego, esa dureza, su resistencia, genera un vínculo y ese vínculo me atrapa y con el tiempo el placer de modificarla, crece con cada golpe. 

domingo, 25 de octubre de 2026

La piedra gris

 Me desperté a las tres y media de la mañana con un sueño álgido. Estaba en una camioneta transportando mucho dinero con un primo mío que es juez y, por supuesto, los nervios me comían el cuerpo porque no lograba esconder bien los billetes detrás del forro de las puertas del vehículo. Estuve bastante tiempo para volver a dormirme. Noto cada vez con mayor sorpresa que no funciona en mi cabeza lo que antes, desde mi más temprana adolescencia, era un motivo de entretenimiento, de sosiego incluso, pensar que tengo encuentros sexuales, historias atrapantes, con mujeres. No logro creerme ese tipo de fantasías ni siquiera para intentar encontrar el sueño. Hace mucho que tampoco me funciona imaginarme en aventuras por paisajes remotos, o creer que soy un intelectual o escritor con algún tipo de lustre. Nada que sea inventado, al contrario de lo que antes me ocurría, me resulta posible. Antes, podía darme la posibilidad de imaginarme cosas imposibles. Hoy no. 

Me desperté cerca de las diez y me puse pronto, demasiado pronto, a trabajar. Mi interés siempre es avanzar, sacarme de encima las obligaciones, armar lo suficiente para poder descansar (cosa que rara vez ocurre porque mi cabeza es proclive a encontrar peldaños donde hacer pie para preocuparse). 

Es su modo de estar en el mundo. Y lo tiene aceitado. 

Cerca de las dos de la tarde, saludé a Sergio, el hombre que por lo general está sentado frente a la entrada de mi edificio, acomodando cartones y papeles en una gran bolsa blanca de arpillera. Mi intención era trabajar para dirigirme al taller de escultura, cosa que hice por fin cerca de las cuatro y cuarto. 

Cinco de la tarde y dos minutos, luego de haber ido al estacionamiento donde dejo mi auto, llegué al taller de escultura de mi profesor, que está ubicado en un barrio alejado con casas antiguas y árboles añosos. El inconveniente es que muchas de esas casas han sido demolidas para dar lugar a edificios sin encanto. 

Apurado, me puse a picar una piedra nueva, gris, un mármol igual al que he estado tallando durante los últimos seis años. Golpear esa nueva piedra, ser capaz de moldearla para encontrar lo que su forma puede develar gracias a mi mano. Me ayuda a liberar enormes cantidades de tensiones que me recorren el cuerpo y que, por suerte, no igualan a la piedra. 

sábado, 24 de octubre de 2026

Archipiélago de Sörmland

Estoy en Trosa, Suecia, y llueve apenas. En realidad, ahora creo que no caen más que unas pocas gotas. Son las siete y cuarenta y tres de la mañana. El cuarto del hotel es amplio. Un ventanal compuesto de varias aberturas ocupa toda la pared frente a la cama y casi por completo ambos costados.

La construcción es antigua, como todas en este pueblo de canales que desembocan en un estuario del archipiélago de Sörmland. No veo personas en el patio del hotel ni en la calle. Desde acá se ve la cúpula de un edificio de dos pisos, con un reloj, en la plaza principal. Sus curvas recuerdan por momentos las de las cúpulas rusas, pero, a medida que ascienden, se vuelven rectas y terminan en puntas elevadas.

Ayer me acosté tarde por mirar un partido del mundial por el tercer puesto. Inglaterra le ganó a Francia seis a cuatro. Escribo sentado en un sofá, recién levantado, el siguiente sueño:

En el hospital en el que trabajé durante veinticinco años, tenía que tomarle declaración a un empleado de maestranza en el marco de un sumario administrativo. Era una tarea de mi competencia que padecía. El empleado tenía el apoyo del gremio y yo pensaba si no sería conveniente hablar con el director del hospital. Pero luego recordaba que había renunciado.

En el hospital ya no se veían más que empleados de maestranza y gente ligada al gremio. Habían desaparecido hasta los pacientes y los médicos.

Sentado en el sofá de Trosa, intento entender por qué en los últimos días sueño tanto con que sigo trabajando en ese hospital. Recuerdo que a mis seis años me llevaron a un sitio llamado «nivelación» porque no me adaptaba a la enseñanza de la primaria. Me dijeron: «Ahora podés dibujar, no es necesario que aprendas a escribir». Había pósters de Mickey Mouse en la pared y alguien me sugirió que copiara uno de ellos. Yo hice mi versión.

10:34 a.m.

jueves, 22 de octubre de 2026

La hora de la verdad

 Cincuenta y tres años. Hoy mi día se consumió en gran parte en la oficina porque esa oficina ha sido lo único que he podido sostener, en forma rentable, constante, sostenida, incólume, durante más de treinta años, desde que empecé a estudiar derecho, en desmedro en teoría, de lo que soñaba hacer -ser artista-. Hoy a la salida de la oficina -seis menos diez de la tarde-, cuando ya casi anochecía, cruzando la plaza, un día gris que se iba, casi mirando el Teatro Colón, dejando atrás el Palacio de Tribunales, pensé: me dirijo al taller para pintar al menos una hora, dos a lo sumo. 

martes, 20 de octubre de 2026

Nada que decir.

 Nada que decir. Desgano frente al relato. Sucesión de robos increíbles.. Eso me ha tocado vivir. Primero mientras caminaba hablando por teléfono con una abogada que trabaja conmigo y alguien me arrebató el celular. Para eso me empujó por la espalda y luego, cuando extendí los brazos, me quitó el aparato. Giré y lo vi correr a toda máquina y subirse a una moto. Lo maldigo. Lo lleno de mi odio, de mi ira, de mi energía negra. Si soy un brujo, como me han dicho que soy, y por eso pido: que se pudra, que su vientre se infle y reviente con gusanos y luego, echado en el mismo asfalto de la misma avenida donde me arrebató mi teléfono, que implore la ayuda de Dios, y que espere la llegada, el auxilio, del Divino. 

Que aguarde a ver si aparece. 

domingo, 18 de octubre de 2026

César

 César está los domingos detrás de la gran puerta de madera de la entrada de mi edificio, sentado en un sillón art déco verde con un matiz muy tenue de amarillo limón, al que el paso de los años le ha dado mucho encanto. Permanece allí de 8 a 20 horas, casi todo el tiempo con el celular en la mano —hasta hace unos años, con un libro o un diario—. Lo acompaña una fuente con la figura de un niño que podría ser un ángel, situada en una plazoleta del otro lado de la puerta. Luego está la calle que baja. En el interior, los mármoles de distintos tonos claros que revisten el piso e incluso las paredes ven pasar a muy poca gente: los once propietarios o algún invitado.

Si bajo, con un mínimo entusiasmo, abre la puerta después de opinar sobre el estado del tiempo. Luego veo que vuelve a su lugar frente a la ventana que da a la calle y se sienta en el sillón verde que tiene algo de amarillo limón y sobre el cual hay un mural puntillista que representa a un hombre solitario en un puerto.

viernes, 16 de octubre de 2026

La ira


Noche de tormenta. También noche de continuos despertares, de estar en la cama medio aturdido por el sueño y, al mismo tiempo, incapaz de volver al descanso. Hay algo que me impide descansar y es una sensación inmensa de angustia, que a su vez está disparada por acontecimientos que me alteran más allá de la «lógica». Por ejemplo: ayer hablé con esta proveedora, y a la vez clienta, a quien debí darle explicaciones bastante reiteradas acerca del derrotero judicial del expediente que le interesa. Ante su falta de comprensión de la incertidumbre que implica un proceso judicial, perdí la paciencia y enseguida, advertido de mi inflamación, tuve que bajar mis bríos.
Mi problema, por lo tanto, parece estar en mi incapacidad para regular mis reacciones frente a ciertas frustraciones. Un reflejo que se remonta a los cuentos de mi madre sobre episodios de mi infancia que no recuerdo, pero que me dan una pauta bastante certera de mi funcionamiento estructural. Cuenta mi madre que, cuando yo pasaba por la puerta del edificio de mi abuela, con uno, dos o incluso tres años, y no subíamos a verla, ponía mis brazos en el piso de la vereda y comenzaba a lanzar patadas al aire en señal de protesta. El ataque de la cabra, lo llamaba.

martes, 13 de octubre de 2026

El agua cae

 Me levanté a las ocho y media del domingo. Afuera, la fuente en funciones y, por lo tanto, el encanto del sonido del agua. Su dulzura. Luego, una sirena. No sé si es la de la entrada del garaje o la del semáforo. Mejor volver a la cama. Más tarde, la lectura y, después de cierto empeño, de vuelta al sueño. Cuando me levanto de nuevo, miro el reloj. Once y diez. No dormí mucho, pienso. Debo haber consumido antes bastante tiempo en la compu y, más tarde, leyendo.

A las doce y media dejo a mi familia y parto rumbo a la casa de fin de semana. Voy por el día. No me importa el frío ni que llovizne. Necesito ver plantas, árboles. Escuchar a los pájaros. Cincuenta minutos me marca Waze. Cuando llego, me encuentro a la felicidad. Nadie en los jardines aledaños. El vecino de atrás, que todos los domingos recibe a sus hijos, nietos y perros, ni sus luces. Saco de una bolsa una escultura de barro y empiezo a trabajarla con una sierra. Prendo el fuego. Dispongo unos bifes de chorizo en una bandeja de madera. Los pájaros saltan en el jardín. Seis zorzales, un benteveo. Pienso que debería vivir en el campo. He perdido mucho tiempo de mi vida en la ciudad. Incluso, y por sobre todo, en mi trabajo. Sigo con la escultura. Sacar láminas de barro sí que me gusta, y me calma, pienso. Un chimango chilla a lo lejos. Las gotas caen sobre el techo de chapa. Su ruido es justo, perfecto. Me puedo concentrar en él sin ningún problema. Creo que podría pasar mucho rato escuchándolas. Luego hablo con mi padre por teléfono. Me habla de un bisabuelo suyo. Me vuelve a contar que fundó una ciudad llamada Necochea. Dice que vamos a ir todos a conocerla muy pronto. Los pájaros saltan todavía en el pasto. El fuego de los leños se aviva y el agua cae.

sábado, 10 de octubre de 2026

Edificio Pinedo

 A las cinco y media estaba pintando a la espera de mi amigo N., que iba a venir al taller para encontrarse con mi hija y con V., una joven que de algún modo es su socia. Luego se sumaría mi pareja. El propósito: que N. les diera pautas para desarrollar el emprendimiento de prendas de fieltro de mi hija y mi pareja. Apareció afable como es, calmo, vestido de saco y pantalón de franela gris, con anteojos y una mochila al hombro. Serio y a la vez descontracturado. Barba algo incipiente y una cierta tristeza sostenida por una presencia suave, de una nobleza que no encuentro en casi nadie.

A las siete y media terminamos de ver el plan de negocios de mi hija con la ayuda de N., siempre contento y, al parecer, entusiasmado de colaborar de manera desinteresada. Me puse a pintar apenas unos pocos minutos mientras ellos intercambiaban las palabras finales y después acompañé a N. hasta su camioneta, estacionada a pocas cuadras. En el camino hablé de las dificultades que tengo para insertarme en el mundo del arte y repetí el discurso más o menos armado que tengo para justificarme. Lo bueno es que esta vez lo hice sin demasiado convencimiento. La noche era fría. N. me dejó a pocas cuadras de mi casa, en la esquina de Arroyo y la avenida 9 de Julio. Cuando me bajé de la camioneta, a la espera de que cambiara el semáforo, miré un edificio de estilo art nouveau italiano. El último piso, iluminado, mostraba una lámpara moderna fantástica. Pensé en las tardes en que volvía de la oficina sin sentir que el día hubiera tenido demasiado sentido y miraba ese mismo edificio, cientos de días, miles, durante años. Al menos ahora vuelvo por otras cuadras, pensé, gracias a que voy al taller. Me vino entonces la imagen de esos cuadros nunca acabados, nunca del todo bien pintados.

jueves, 8 de octubre de 2026

Un Territorio

 Un territorio necesito. Esa cuestión me obsesiona de un modo bastante claro. Preciso pertenecer a un lugar. O mejor dicho: quiero estar en paz con cierto lugar. Debo, a esta altura de mi vida, encontrar eso. Salir de mi departamento, en lo alto, después de mirar la calle que baja, de otear un poco, apenas, entre dos edificios, el estado del Río de la Plata, y luego recalar, apenas, al abrir la puerta de calle, en la fuente de la plazoleta contigua a mi entrada, y por un instante —esto lo tengo que respetar mucho más— mirar el agua elevándose y también cayendo en esa fuente.

Quiero disfrutar del sonido que despliega y también de las plantas alrededor y, a continuación, quiero caminar por la calle que sube y llega hasta el Palacio de la Cancillería. Debo elegir bien después si doblar en el pasaje Sargento Cabral y caminar esa cuadra tranquila, casi sin gente, solo para doblar otra vez en el edificio Brunetta —una torre de los años sesenta— y cruzar la avenida Santa Fe, caminar una cuadra más y volver a doblar y, después de superar la avenida 9 de Julio, tomar aire en la Plaza Libertad, adentrarme hasta el monumento que está en el centro, pero un poco más abajo, fijarme bien en los gorriones que hacen su nido en las lámparas antiguas que rodean al monumento, mirar un poco el árbol enorme, el gomero, que hay al costado, retener en la memoria los perros que saltan las verjas con entusiasmo y seguir hasta la esquina del Teatro Cervantes, y seguir por la calle Libertad, luego de haber hecho contacto visual con el edificio art déco de la esquina, y mirar la sinagoga antigua.

Recién entonces podría ver hacia las araucarias de la plaza de enfrente que, con suerte, tienen en sus ramas un carancho, y que con mucha más suerte dará un graznido de esos que me gustan tanto, y luego seguiré hasta la esquina, veré otros dos gomeros inmensos, tendré el Teatro Colón a mi costado izquierdo, otra plaza más, y luego otra —en total son tres que se extienden por una cuadra—, veré el edificio de la Escuela Roca, de estilo neogriego, y por fin, a mi derecha, tendré el enorme Palacio de Tribunales, y cruzando la calle llegaré a mi oficina.

lunes, 5 de octubre de 2026

Los literatos

 Me levanto a las ocho y cuarenta y seis. Dejé la persiana subida y espero, en esta época de otoño avanzado, que la luz me despierte. Y por supuesto ella lo hace. Miro un poco por la ventana. El río platinado, a lo lejos, entre varios edificios, visible gracias al supermercado que ya no está en funciones y pronto será demolido para dar paso a la construcción de una torre.

Disfruto como nunca antes, por lo tanto, la visión del agua, esa brillantez que tiene cuando el sol le pega a esta hora de la mañana, y pienso en todos los años que lo disfruté del mismo modo, pero nunca como estos días, ahora que sé que no lo voy a ver más. Es un efecto pleno de fuerza el que logra el sol sobre el agua, y el hecho de que dos edificios a los costados lo enmarquen le da un encanto especial.

M., la señora que hace las tareas domésticas en mi casa, está en plenas funciones. Como siempre, concentrada, enérgica. Le pregunté si quería un café y, como siempre, me dijo que no, agradeciéndome con contundencia. Debo comprar más plantas con flores, pienso, mirando el balcón.

Malvones, tal como me sugirió la señora que tiene un puesto cerca de mi oficina. Este día espero empezar con nuevas rutinas. Por lo pronto, no agarré el celular durante la primera media hora. Solo hice algunos ejercicios —livianos—, miré un poco el living de mi departamento, sopesé sus muebles y me fijé en la luz que entra y los baña. Incluso puse mi cara en esa luz para ser tocado.

También tomé mi agua con limón de la mañana y me hice un té de frutos rojos aromático, intenso, muy placentero. Disfrutándolo me acordé del grupo de jóvenes literatos que frecuentaba hace ya quince años. Creía que era importante verlos, ser amigo de ellos, porque me daría lustre y experiencias. Estamos todos en la mesa de un bar en mi recuerdo. Hay algunos de ellos que ocupan con mucha claridad la escena. Dos que son los más reputados. Tienen realmente encanto cuando cuentan anécdotas. Solo me recuerdo más bien al costado, en apariencia superado, relajado, y en verdad algo tenso, agazapado para demostrar un ingenio que nunca se desplegaba del modo que yo quería.

domingo, 4 de octubre de 2026

La primera estrella

 Acabo de ver un documental sobre el grupo inglés Pulp. Termina con una frase de su cantante al final del concierto que atraviesa todo el film: “Hoy fue el día más feliz de mi vida. Hasta mañana”. Quién pudiera, pensé. Tal vez yo algún día, me dije, y de pronto esa realización en el tiempo, ese querer estar en el mundo, me pareció posible. 

Antes, cuando caía la tarde, fui con mi bici hasta el final de este gran barrio de casas de fin de semana que ya está demasiado lleno de autos en las puertas y, sobre todo, gente yendo y viniendo, me puse a ver el final de la luz en un banco que hay en la última de las cinco canchas de fútbol. El sol, naranja detrás de unas nubes que apenas lo velaban, se escondió pronto y quedó una nube sumamente pequeña con forma de un arco mirando para arriba. Una escultura, pensé, la debería fotografiar, pero no había llevado mi celular. 

Poco después ya no estaba. Solo persistían los cantos de los pájaros y el murmullo de las lambertianas a mi espalda, moviéndose gracias al viento intenso. Cerré los ojos y me concentré en el negro. Quise que mi ojo derecho viera solo —porque mi teoría es que solo veo con el izquierdo—. De modo que llevé toda mi atención a ese ojo y él se abrió un poco más, solo, en mi cerebro, y tal vez algo de él se haya abierto en mi cabeza. El caso es que no sé nunca qué tanto pertenece a mi cuerpo y qué tanto es solo mi cerebro. Eso es un tema atinente al sentir de la existencia que nunca pude terminar de entender y no creo que jamás lo logre. 

Luego respiré lo más serenamente que pude y seguí fijo en los cantos de los pájaros, en las lambertianas a mi espalda y, por un instante, incluso tuve miedo de no ser capaz de abrir los ojos. Ese mundo oscuro y sonoro, ajeno a todo, perteneciente al espacio universal, puede ser muy pregnante. Asustado, abrí los ojos y vi la primera estrella en el cielo.

sábado, 3 de octubre de 2026

Mis orígenes

Cinco y doce de la mañana. Sentado en el living de mi casa, escucho un colectivo que hace sonar sus frenos, luego un auto con la música estruendosa y luego un poco de alivio. Busco que los pensamientos se vayan, que solo quede la atención a los sonidos, y aparece el persistente zumbido de un semáforo para no videntes. Lo escucho en la esquina de mi casa y pienso: ese zumbido antes no lo escuchaba, algo ha cambiado. Y la idea de que deberé escucharlo por el resto de mis días, por un plazo indefinido, sin un fin cercano, me lleva a la idea del encierro, de la prisión. Un dolor perpetuo, un no final. O sí, el único final sería la muerte. Vuelvo entonces a concentrarme en los ruidos de la calle. Pero en eso aparece el crujido de una madera, la de la pared que acompaña mi querida chimenea; me dice: aquí estoy, aquí pasa algo. Pero no sé qué es lo que pasa, qué ocurre para que algo, indeterminado, misterioso, haga que esa madera cruja, que hable. Quiero encontrar mi lugar, me repito.
Sería acá, en este departamento que he ocupado tantos años. Su orientación es fantástica. De eso no tengo dudas. Mira a una calle que baja. Enfrente tiene un edificio de estilo parisino emblemático; a mi derecha veo incluso, a lo lejos, el Kavanagh. Más allá de la calle que baja está la Gran Estación de Retiro y después el puerto, el río.
A su vez, debajo está la fuente de la plazoleta Paul Harris. No debería pedir más. Pero sí, quisiera más metros, más espacio a mi alrededor. Quiero sentirme en un palacio. ¿Soy todavía un niño consentido? ¿O en realidad solo quiero creer eso? Pienso mejor. Nunca fui consentido. Por eso siempre imaginé, quise creer con todas mis fuerzas, que lo era. Por eso en un palacio del Loire, en Chenonceau, me vi como un príncipe que regresa a su casa. Una imagen que me sirvió para sustentar esos años, y muchos más. Pero siempre estuvo esa tristeza azul, inabarcable; otras pistas acerca de mis orígenes.

viernes, 2 de octubre de 2026

Más allá del techo

Llueve. Al fin. Días de calor, sobre el fin del invierno, pero ya se acaban. Las gotas caen en el techo y generan un rumor. Me dan placer y lo mismo los truenos y los pájaros exaltados.
Más temprano pude tenderme en el piso boca arriba. Miré mucho tiempo el techo, las vigas, las maderas que cruzan de un lado al otro y, sobre todo, determinadas manchas. Me concentré después en sentir mi cuerpo. Notaba un desequilibrio entre el lado derecho y el izquierdo. Lo percibo desde que tengo uso de razón. Una desproporción entre un lado y el otro que me genera una incomodidad general en el cuerpo.
Traté de equilibrarla imaginándome una luz que nacía de mi entrecejo e iba por mi cráneo y luego por mi columna vertebral. Algo se movió en mi cadera. Una pierna se estiró apenas y la otra corrigió su postura.
Vi entonces más allá del techo. La Virgen estaba en los cielos. Una Virgen imaginada por mí, por supuesto, una Virgen que preciso, una protección que pido.

lunes, 28 de septiembre de 2026

Mientras yo estoy vivo

 

Ayer llovió casi todo el día y fui feliz escuchando el agua golpeando el techo de chapa que existe, por suerte, en parte de la casa. Luego fui al gimnasio, apenas pasadas las ocho de la noche, me subí a un aparato que simula un bote a remos y comencé a remar. La televisión estaba un poco alta, pero me concentré lo suficiente en el ruido que generaba la máquina y pude avanzar con las remadas, aunque es cierto que luego, cuando vino el tiempo de las propagandas, la molestia de los ruidos se intensificó. Luego de constatar que las dos personas que estaban también en el gimnasio tenían puesto airPods en sus orejas, decidí levantarme de la máquina para bajar el volumen del televisor. Entonces sí me pude concentrar en las remadas. Mi cabeza seguía yéndose constantemente a imágenes del pasado inconexas y mantenía, como siempre, un pensamiento rumiante que no tiene otro sentido que verificar hasta el hartazgo las causas de cierta angustia difusa y punzante que se podría definir, aunque la definición no será del todo adecuada, como "temor a vivir". El reloj para entonces apenas marcaba las ocho y dieciséis. Faltaba bastante para las ocho y cuarenta y cuatro que, por esas cosas caprichosas que tiene mi cabeza, era el horario indicado por un dictado profundo y extraño que ordena todo en mi cabeza y que es el mismo que no tiene paz ni sosiego mientras yo estoy vivo. 

domingo, 27 de septiembre de 2026

22 de septiembre del 2026

Hoy fue un día importante. Lo quiero remarcar. 22 de septiembre de 2026. Con mi padre, en la oficina, yendo cada tanto al fondo, contiguo a la cocina, a un ambiente pequeño que oficia de guardado, sacamos al menos una docena de cajas —todas con mucho polvo— que contenían decenas —tal vez incluso un centenar— de carpetas que abarcaban el trabajo de mi abuelo, de mi padre y mío desde la década del 80 hasta unos diez años atrás. Juntamos todo pacientemente, lo apilamos en la mesa de reuniones de la sala donde está la biblioteca principal, y le dijimos a D., el encargado de seguridad que está abajo, en la entrada del edificio, que se le podía dar todo a S., un hombre que extrañamente está todos los días en la vereda del edificio juntando cartones y papeles que entiendo que luego vende de algún modo.
Luego mi padre me acompañó hasta el lugar donde suelo almorzar, pasadas las tres y media de la tarde, me saludó algo cansado, según me pareció, y se fue por la calle peatonal caminando con ese leve cojeo que tiene desde hace por lo menos cuatro años y que significa, en términos médicos, una artritis de cadera.

Cinta negra

Con una cinta negra  cuatro rosas atadas.  Son de un rojo que tiene un blanco insinuado y un naranja que está en lo que despiertan en mi ima...