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miércoles, 31 de diciembre de 2025

Playa paradiso

 

Primer día en playa Pasadiso. Entramos a la playa saludando a un hombre que oficia de guarda. No veo mesas disponibles en el restaurante más cercano. A un costado, echamos nuestras toallas. Nos sentamos junto a una familia que descansa bajo una palmera. Un hombre con expresión de tristeza, su mujer y dos hijas de unos veinte años vestidas con el mismo traje de baño —celeste y blanco con bolados—.

Con mi hijo, agarramos un visor y un snorkel para ver bajo el agua. Nada en especial bajo el agua. El resto del tiempo conversamos. Cuando salimos, preguntamos si hay una mesa disponible. Una mujer con buena predisposición nos la consigue. Los mozos aparecen con un coco abierto. Tenemos hambre, son casi las cuatro de la tarde. La cuenta es exagerada. Pagamos y vamos a echarnos a unas reposeras que miran al mar.

Una niña chilla sin motivo en la orilla. La confundí con un pájaro. Pensé que cantaba en alguna palmera cercana. Luego distinguí bien: uno es un canto fuerte pero natural; el otro me crispa los nervios. Los padres la miran impertérritos. Cuando se retiran, el mozo me explica que el lugar está próximo al cierre. Algunas personas siguen en el agua aunque casi es de noche. Quisiera ir, pero ya me he cambiado. El terreno de arena, a medida que avanzamos, es más amplio. Casi no hay gente. 

martes, 30 de diciembre de 2025

Arco Maya

Vamos a la playa que nos sugirió Raúl, el hombre que nos trajo desde el aeropuerto de Cancún a Tulum. Cuatro kilómetros y medio después del arco maya fueron sus indicaciones. El problema es que llegar hasta el arco maya requiere transitar por una calle mano y contramano, en mal estado, con autos y camiones estacionados en doble fila, por donde se suceden negocios a la moda, restaurantes y hoteles boutique. Proliferan palmeras y árboles a los costados. Miro, pero no se ve el mar. Cuando llegamos al arco maya un joven nos detiene para exigirnos pagar el ingreso, que es elevado. Se debe afrontar con tarjeta, nos explica. Me obligan a anotar mis datos en un libro. Recorremos un camino de tierra con grandes pozos, sin ver el mar debido a la vegetación y a las tapias que ponen en las propiedades. Cuatro kilómetros y medio y llegamos a la playa. Es reducido el espacio para estacionar. La arena tiene cantidades de objetos de plástico deseminados. Están mezclados con el sargazo seco. Más allá, están los verdes, turquesas y azules del mar. Miro el horizonte con los plásticos a mis pies.

lunes, 29 de diciembre de 2025

Departamento

 El departamento donde estamos tiene tres habitaciones y tres baños, una sala de estar grande con cocina abierta, un balcón terraza que mira a un espacio común con árboles -muchos- que reciben la visita de distintos tipos de pájaros e interpretan un espacio selvático con piedritas blancas por donde andan lagartijas de distintos tamaños -algunas casi inverosímiles-, una pileta que va en distintas direcciones y en donde todavía no me he puesto a nadar. Obviamente el riesgo de ese espacio son los ruidos que pueden hacer los habitantes de los otros departamentos. Mi cuarto no mira a ese gran pulmón, sino a un costado, a otro espacio que también simula la selva, y en la ventana que tengo a la izquierda de mi cama sí está el espacio de selva propiamente dicho. Todo el departamento está pintado en un tono beige acertado. El mismo color, con variaciones mínimas, tienen los pisos y el mobiliario. Nunca había imaginado que tanta monotonía cromática pudiese darme tanta tranquilidad. 

domingo, 28 de diciembre de 2025

Detrás de las rocas

 Necesito volver al mar. Meterme en el agua. Unos pasos por donde el final de las olas avanza. Es una día de calor; el viento fresco. Se ven piedras sobre la arena de tanto en tanto. Formas más logradas que cualquier escultura. Son rojizas. A veces tienen tonos más oscuros. Cerca del agua, se mueven en los costados unas algas. Por ahí andaba en mi infancia. Detrás de una no muy alta vi a una chica cambiarse el traje de baño. 

sábado, 27 de diciembre de 2025

El PACTO

Temo que mis sentimientos me lleven a un descontrol. Una ola que te arrastra por un mar que no tiene una orilla cercana. Me gustaría aventurarme en ellos, sin dudar de su intensidad. ¿Cómo podrían salir como caballos de un corral? Refrenándolos no me ha ido bien. Tengo una cantidad de años, que no siento en mi cabeza, enfrascada como está en una infancia que no desaparece.

viernes, 26 de diciembre de 2025

LA TRIBU

 

Algo me ha gobernado. No he sido libre preso en una tribu; durmiendo cada noche junto a su fuego. Seres oscuros me custodian en el medio de la sábana. No me imagino otro modo; saltar sobre los instantes de forma ininterrumpida, constante, nerviosa, agotadora. ¿Cómo se sale de ese ritmo? No creo que el descontrol sea la llave. La mesura tampoco. ¿Privilegiar lo que siento? Vuelvo siempre a lo mismo. Mis sentimientos no son fiables, y no hay bienestar posible cuando se lo busca con demasiado énfasis. 

jueves, 25 de diciembre de 2025

Talismán

Ida a la playa. Estacionamiento por cien pesos. Toma un tiempo ubicar la camioneta que manejo. Un hombre, que pasa mientras estoy maniobrando, quita una pequeña rama que llevo en la trompa del vehículo. Sonríe y sigue. Levanto mi mano en agradecimiento. Entramos a la playa con mi pareja e hijo. Hay un policía en una moto con la cara casi del todo cubierta. Se mantiene ajeno a las personas que pasan. Su postura de ocultamiento me intriga. Lo comento con mi hijo. Él opina que es para que no lo reconozcan eventualmente luego en su barrio. Que la gente no sepa que es policía, digo. No lo sé. Puede ser. La playa tiene una franja de arena algo estrecha. Partes de vegetación e incluso basura dispersa -poca-. Caminamos; hay construcciones abandonadas, un paisaje poco prolijo. Damos con un hotel bastante rústico que tiene camastros. Nos ubicamos a un costado del lugar sobre la arena. Un joven nos invita a conocer el menú. Accedo con la idea de echarnos en los camastros y consumir limonadas. No tengo ganas de tomar ni comer nada, pero me tienta la comodidad de los camastros. Vamos con mi hijo al agua. El mar está agitado. Más en lo hondo, se ven los verdes y azules que puede desplegar un día de sol. Ha habido una tormenta y está agitado. El cielo también lo está. Pasan unas jóvenes trotando mientras me dirijo al agua. Son americanas, por su aspecto. Veo en ellas algo levemente sexy y al mismo tiempo un tanto prefabricado. Ingresamos al agua con mi hijo. Está tibia, decimos. La comparamos con el mar de la costa argentina. Mucho más tibia, dice mi hijo. Estamos donde las olas rompen. El mar nos ayuda a purificar los cuerpos. Es simple lo que hace. Nos limpia. Nos ayuda. Nos atiende. No hay nada demasiado brusco en la medida que nuestros pies tocan el suelo. Pienso que podría perder el círculo de bronce que llevo junto a una cuerda a la altura de mi pecho y funciona como un talismán. Pero supongo que no va a salir por mi cuello y cabeza. Seguimos en el agua con mi hijo hablando de lo que se nos viene a la cabeza. Unos americanos -dos jóvenes-, que no están cerca nuestro, hablan alto. Me pregunto por qué a veces hablan tan alto los americanos. Me alejo. Me voy junto a unos niños que hablan ruso. Pasamos las olas por debajo. Justo cuando están por romper. El cuerpo pasa por ellas y emerge. Salimos contentos por haber estado en el agua mucho rato. Solo después, mucho después, constato que en el mar quedó mi círculo de bronce. El que ha funcionado como un talismán. Se ha ido.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

Cancún Tulum

 

Viaje en aerolínea de Panamá. La gente cordial, sencilla, con una bonhomía natural. La aerolínea suma un leve manto de gerenciamiento norteamericano. Me resultó eso. También la sonrisa de una azafata. A esta altura me contento con esas visiones fugaces. Asiento pagos con más espacio -el suficiente para extender un poco más las piernas-. La visión desde el aire de la ciudad de Panamá también me atrae. Edificios de gran altura que podrían tener el encanto de lo moderno -ahora ya no me niego a eso-. El avance de la civilización siempre me angustia porque se hace a costa de la "naturaleza". Pero la tranquilidad que tengo es que el avance es inexorable y que llevará a nuevos espacios que por supuesto no puedo imaginar. 

La aduana en Cancún incluye una serie de preguntas que me han impresionado. Nuevas dimensiones del mundo. Más control frente a las personas que fluyen, van, vienen. El hombre que nos recibe para llevarnos a Tulum es afable. Nos indica dónde cambiar dólares por pesos y nos recomienda un lugar para probar unos buenos tacos de camarón. Lo invito a almorzar con nosotros. Conversamos de los temas más diversos. Básicamente, le gusta contarnos de su vida. También de la realidad del lugar. Lo mismo pasa en el trayecto. Nos acompaña incluso a realizar unas compras. Su amabilidad me hace volverme con cariño a la cultura latinoamericana. Me doy cuenta cuánto necesitaba eso, como si ese acercamiento al mundo europeo hubiera sido una necesidad de darme importancia. Nada más ni nada menos. 

martes, 23 de diciembre de 2025

Viaje a Cancún

 Estoy en el aire, abajo un río que se mueve como un serpiente, alrededor selva interminable. Es el Amazonas pienso. No termina y eso me alegra. Hay más ríos después. Algunos más anchos, otros más angostos. Todos se mueven como víboras sobre el verde. Saco fotos. Espero alguna vez hacer una serie de pinturas o esculturas con ellas. Lo mismo el cielo. Es un mar con su propio horizonte. Nubes finísimas en el medio. La luz es feliz. Crea dos plantos que dividen los celestes y eso da una profundidad fuera de serie. Más fotos y más esperanzas en mi capacidad de hacer algo con ellas. Espero no defraudar a mi entusiasmo. 

lunes, 22 de diciembre de 2025

El vegetariano

En mi oficina tengo la reunión con las abogadas. Debo hablar con ellas de las perspectivas para el año que viene, y sobre todo de sus participaciones en las ganancias. Intento ser preciso con mis palabras. Sin embargo, apelo a las metáforas. Al final, me queda una sensación de incertidumbre respecto de mi actuación mezclada con cierta satisfacción por el resultado. No sé por cuál de los dos extremos inclinarme. Como si la incertidumbre no generase la fuerza creativa. Pero algo en mi cabeza se rebela. No le gusta asumir riesgos inesperados. Su poder de adaptación es bastante limitado. Opto por ir a buscar comida a un lugar atendido por un chino que conozco hace muchos años. El restaurante de mi amigo permanece cerrado porque vacaciones. Viajo con su hija a Nueva York. Regalo de quince años. En el trayecto me altera el hambre. Se ha hecho muy tarde. Tres y media. Tal vez por eso el local del chino está cerrado. Miro un poco. Más adelante hay un cartel. Otro restaurante vegetariano. Recuerdo haber comido ahí con un amigo hace años. Entro. El local es antiguo. Me gusta porque hay una barra con un pizarrón pequeño. "No hay wi fi, charlen entre ustedes", se lee escrito con distintos colores. "No hay wi fi" en roza y "charlen entre ustedes" en amarillo. Me siento junto a la ventana. Un joven educado me trae el menú. Eligo un plato y voy al baño bajando una escalera pronunciada. Luego opto por mirar por la ventana. Quiero ver si soy capaz de mantener mi atención en la gente que pasa. No quiero mirar el celular. Analizo un poco el panorama. Tengo un edificio que es un garage enfrente y otro de departamentos. El segundo piso tiene una ventana más chica que el resto de los departamentos. Me resulta extraño. No recuerdo haber visto algo así, me digo. ¿El motivo? No logro imaginarlo. ¿Quién puede haber querido achicar una ventana? Miro un poco más; como si la visión de esa ventana reducida tuviese la respuesta. Pero no aparece. Ni una idea. Al fin, llega mi plato; sustancioso y logrado. Tiene sabores diferentes a los habituales en esta parte del mundo. Entran dos jóvenes y se sientan en la mesa de al lado. No terminan de levantar mucho la voz; su presencia es agradable. Hablan un proyecto laboral con bastante tensión y a la vez interés. Son jóvenes; una fuerza los hace darle un envión a lo que dicen (tal vez desproporcionado). Termino mi plato y miro un poco más por la ventana. La gente que pasa también me interesa, pero opto por mirar el cielo. Se vislumbra sobre un edificio un poco más bajo un día espléndido. Siento una tristeza suave por estar donde estoy, alejado de los árboles; pido la cuenta. Mejor volver a mi oficina, que está justo en la esquina de la plaza. No mira directo como tanto quisiera pero está ahí, a un paso.

domingo, 21 de diciembre de 2025

Miles de millones

 Me levanto después de vivir una serie de sueños intensos que quieren dejar ir miles de millones de eventos que no se drenan, permanecen a la espera de una interpretación que no se consuma. Ellos y mi cuerpo lo saben; es imposible. Brea en la proa de un barco. No queda más remedio que intentar dejar que salgan, que los millones de eventos, pertenecientes a esta vida y quién sabe si a vidas pasadas, abandonen mi cuerpo, entren al agua, se pierdan en una inmensidad, como muchos peces, que alguien suelta para que el mar los trate mejor.



sábado, 20 de diciembre de 2025

El perro

Voy a mi computadora. Mi idea es escribir un poco, pero siento ese malestar algo indefinido que te da la falta de sueño. Un ciclo cortado por un ladrido. Debería olvidarlo, pero no puedo. Tipeo no obstante. Es una práctica que sostengo hace más de veinticinco años. Todos los días. Registrar mi asombro a lo largo de los años. Desde niño me ha parecido increíble que las cosas existan, que haya un nacimiento, una muerte y una incertidumbre en todo momento. El azar y sobre nuestras cabezas un péndulo, que marca un ritmo que funciona desde las estrellas, incontables. Nadie sabe hasta dónde llegan. Siempre quise registrar tanta inmensidad. Los matices. Incontables. Los resultados fueron y serán escasos. Pero sin embargo ese límite jamás me ha detenido. Hay una fuerza más grande que me pide registrar, decir, intentarlo. ¿Qué pretende? 

viernes, 19 de diciembre de 2025

Desde mi balcón

 Por fin me levanto de la cama. Miro el reloj. Ocho y diez. Lo que me temía. Ese perro me despertó incluso antes de las ocho. Apenas llegué dormir siete horas. Mantengo el cálculo de las horas que duermo desde que tengo uso de razón. Una manía heredada de mi madre. En la cocina, encuentro a la señora que limpia. Mujer de mi edad, alta, corpulenta. Recorre con dedicación, siempre concentrada, cada rincón de la casa. Tiene un esquema de trabajo preciso, un saludo parco y al mismo tiempo cariñoso. La saludo. Me saluda. Voy en busca de un limón, pero, antes de abrir la heladera, veo medio limón sobre un plato en la mesada de la noche anterior. Lo exprimo por la mañana. No es mucho, pero mi obsesión por no desperdiciar nada, me lleva a oprimir al máximo la rodaja. Es un día fresco de sol. Salgo al balcón, respiro. Quisiera estar frente a montones de árboles, con los pájaros, tal como estuve días atrás por la zona de Iguazú. Pienso en el hotel y vienen a mi cabeza las jóvenes misioneras que atendían el lugar. Quiero tener sus modos tan dulces de manera muy tenue, hoy a la distancia, desde mi balcón, mientras el viento golpea mi cara. 

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Sano y salvo

Duermo como tantas veces, con intervalos. Me despierto por ruidos mínimos, sueños vívidos, intensos. Incluso me despierta un perro que ladra. Siento que todavía me domina el sueño, pero mi cabeza me dice que no voy a poder dormir. Que ese ladrido ha producido una perturbación tan grande que ya no es posible. Sin embargo lo intento. Pertenece a unos vecinos de un edificio contiguo a los que les he pedido varias veces que mantengan la puerta del lavadero cerrada. Pero es en vano. También se lo han dicho otros vecinos. El portero, por su parte, me ha entusiasmado con la promesa de que para principios de este mes se iban mudar. Son inquilinos, me explicó. He hablado incluso una vez con la dueña del perro. Todo eso pienso mientras intento volver al sueño, pero no lo logro. Mi cuerpo no puede dejar de ensayar pensamientos, exigencias prácticas, necesarias, en teoría. Hasta que por fin un sopor me toma, me lleva de la mano, me saca de mi lugar y me deposita en un mundo del que no sé casi nada. 

lunes, 15 de diciembre de 2025

Poemas en Nueva York

 Poemas en Nueva York



*
Domingo de sol. Me fijo en la manera amorosa como nos dedicamos a levantar las hojas desparramadas por el jardín. Estamos en las inmediaciones de un sendero cada vez más desbordado por las lluvias. A un costado, escondidos entre las plantas, los niños ensayan ruidos de animales cuando ven a alguien acercándose. 

 

Son los mismos ciudadanos que añoran los cuadros donde, entre las plantas, se ven animales de la selva purificados por un atardecer. Algo en los colores del otoño habla de una vieja perra que aguarda la llegada de su benefactor.


Pienso en el camino que evoca el recuerdo de un roble que, una noche de tormenta, se desplomó sobre la calle apenas iluminada. Busco esa calle en nosotros que estábamos ansiosos por tocar lo incipiente. Ese ímpetu que alcanzamos entre rápidos pasos, asombrados, llenos de una tibieza que más tarde se alejó. 

 

Pero me digo: aún somos ese primer gran día. Todavía veo los desfiles a caballo, los bailes adolescentes de la mano. Las fuentes rebosantes de agua. 


Mejor dejar que los infantes desaten los lazos que nos unen a muelles donde los antiguos maestros dormían. Un modo de concentrarnos en el don de lo presentido; lo que no podemos precisar y llamamos ternura, fragancia. 



Todo sucedió, imagino, para que estemos hoy frente al río oscureciéndose. Ya no estamos ensimismados por las aglomeraciones de personas que buscan una tarea que los contenga. Volvimos a una montaña imaginada sobre un césped castigado y algo crecido. No hay más demoras en las autopistas junto al río. Todos fluyen hacia algún lado. Conviene celebrar eso.

*

Un lugar humedecido en donde el diseño de los objetos encuentra la aclamación del arte antiguo. Casas con árboles alrededor. Las reverenciábamos de jóvenes de la misma manera que admirábamos los perfiles adustos.

 

Sin embargo, había en nosotros un punto luminoso venido desde un lugar húmedo y lejano. Ínfimo, pero potente. Desde esa luz nació una rosa blanca, frágil por fuera, espléndida por dentro, llena de la adoración que su íntima luz le daba. Con ella descubrimos que las rosas iluminan un obelisco filoso, que no sé de dónde viene, pero responde a vivencias que han quedado en el agua para que las rescatemos. 

 

Nuestros brazos buscan volverse tiernos cuando las estrellas nos tocan. Todo se equipara en el escenario. Conviene recordar: ¿quién puede concluir una frase con demasiado énfasis?

Solo el amor sentido. 


*
Pasa un tren y no puedo imaginar lo que había antes del tiempo. 

La grandeza deja desaparecer el día. Busco una lagartija al sol sobre una piedra que conserva el rocío de la mañana y ella, de pronto, aparece me mira un instante y se pierde. 

 

sábado, 13 de diciembre de 2025

Los cuerpos

Me subo al auto. Antes, pago una suma que considero excesiva por el estacionamiento. Le pregunto al chico que atiende cuanto sale la hora. Hago cálculos. Es correcto el importe. Pero mi auto no está a la vista. ¿Ha sido robado? No puedo tener tan mala suerte un día tan bueno, pienso. Luego aparece detrás de una camioneta, justo en el lugar donde pensaba que no podía caber otro vehículo. Me subo y salgo. Antes, dejo pasar a una persona que camina mirando el celular. Doblo y sigo hasta un semáforo donde tomo mi celular y pongo "Casa" en el Waze. No quiero ver los mensajes arriba en la pantalla. A un lado, veo una casa de los años cincuenta con detalles en piedra; la imagino por dentro. Luego paso por las inmediaciones de un estadio y por la autopista busco el carril izquierdo hasta el límite de velocidad. Cien. A mi izquierda, tengo el aeropuerto. Miro la pista, un avión, dos. Intento divisar algo del río; casi al final de la pista me convoca un cartel. Una joven sonriente, atractiva que muestra la parte de arriba de un bikini. Pero los cuerpos han perdido su capacidad de alterarme. Esas potencias inverosímiles ahora me son lejanas. El tráfico fluye por la autopista; doblo hacia mi casa y dejo el auto. Me gusta saludar al hombre que trabaja de acomodarlos. 

viernes, 12 de diciembre de 2025

De eso hablo

Aquello que después de muchos años de esfuerzo logré, me dejó de importar. A partir de ese punto, quise decir: Esta es mi cuadra. La conozco. Me hallo en sus baldosas y bajo el cielo. Llego a la esquina donde está la fuente. Siento el agua cayendo. Recorro ese murmullo con atención; llego a sentirlo al punto que el agua baja por mi cuerpo a la distancia. A eso he llegado.

lunes, 8 de diciembre de 2025

El tercero

Salgo del turno con la osteópata. Un cordón policial pronto me impide pasar. A lo lejos, varios patrulleros; tomo en dirección a una panadería que está a media cuadra. 

En esa panadería la vez anterior compré unas porciones de fainá. Pero no tienen más, me dicen. Elijo unos sandwiches, cuatro chipás, empanadas y porciones de torta. Me voy cargado; pido dos bolsas. Una para cada brazo. Mejor balancear el peso, explico. Hablan de un delincuente abatido a una cuadra. La víctima: un hombre que venía de una financiera con dólares. Dos personas en una moto lo abordaron y uno de ellos terminó muerto. No hay entusiasmo ni pesar en el tono de las vendedoras frente a una clienta del barrio. El evento ya está en las noticias, agrega otra vendedora. Para salir de ese clima, no pierdo el humor. Frente a la compra de tantos productos, pregunto si voy a tener que sacar una hipoteca para pagar lo que llevo. La vendedora sonríe. No obstante, agrego unas galletas. Pago y sigo mi viaje. 

Doblo a la izquierda. Paso por la puerta de un gimnasio. Detrás de grandes ventanales la gente hace ejercicio. Gallinas dentro de una jaula. Deberían parecerme hámsteres, pero me parecen más bien gallinas. Escucho un padre en algún lado que le dice a un hijo o hija: "No más el tete", en voz alta, alargando las sílabas de la última palabra. A fuerza de repeticiones logra un canto. No logro divisar dónde se encuentra el padre. Tomo a la izquierda hasta las vías. A media cuadra, una camioneta en la entrada de una casa me impide el paso por la vereda. Uno de los dos hombres, junto al vehículo, me pide disculpas. No es nada, digo. A mi derecha, plantas con flores. Rosas, lavandas. Un cartel puesto por un vecino dice: Jardines de O Higgins. Rosas en una ciudad en donde los espacios públicos sufren hurtos. Milagro. Cruzo la vía por debajo de un paso a nivel. Los edificios en el barrio ahora se repiten. Muchos reemplazaron a las casas. Pero algunas subsisten. Me fijo en dos de ellas aprisionadas junto a los edificios. Me decido a tomar una limonada. Elijo un lugar cerca de donde tengo estacionado el auto. Dos jóvenes en la mesa cercana hablan de un tercero en discordia. La mujer le explica que siente una atracción por ese joven y que no sabe qué hacer. El otro es su pareja. No termina de ser clara su intención. ¿Quiere una autorización para tener relaciones con ese tercero? No logro escuchar bien a la distancia. El joven, aunque alterado, guarda cierta compostura. ¿Se está tomando las cosas con cierta filosofía? ¿O en su interior algo arde, pide estallar? La expresión de su cara me da la impresión sí, algo en él arde.

sábado, 6 de diciembre de 2025

En la entrada de las grutas

  

 

En el agua quise concentrarme en la temperatura del agua. Estaba tibia. Luego fuimos a la entrada de las grutas. El lugar donde se calientan las rocas. Esperábamos a unas lagartijas muy simpáticas. ¿Para qué nos siguen? preguntaste.

 

Entre toda la gente tomando sol arriba de las rocas, y todas esas lagartijas, que se miran a veces, por instantes, o de a ratos, unos a los otros, y que se mueven o reposan en busca de algo que no está por acá, ¿quién se apiada del otro para que las miradas tengan cierta belleza contenida?

 

Luego nos fuimos a la desembocadura del río con el mar a contemplar el agua. Un montón de cormoranes estaban con nosotros sobre el pasto, sentían -imaginamos- su blandura. Nos reíamos de la forma como caminaban las aves, de a ratos, mientras la luz se iba del todo. Poco antes, se fueron las aves y aparecieron las estrellas.

viernes, 5 de diciembre de 2025

La sanación

De nuevo en la ciudad. Me desperté cerca de las cinco de la mañana. Alterado por una pesadilla, fui hasta el living. Una luz potente me impactó. Era la de un reflector. Luz fría, penetrante. Una novedad. Estaba prendida en el edificio de enfrente, un poco al costado del mío. Solo después de bastante esfuerzo, concentrado en el ruido del ventilador de techo, aunque las imágenes en mi cabeza no me daban tregua, logré dormirme. Seis y treinta me despertó de nuevo el despertador de mujer. Le reproché su manía de levantarse tan temprano. Acto seguido, le pedí que vaya a hablar con el portero de enfrente para que no vuelvan a prender esos reflectores. Ella realmente es diplomática. Después de un nuevo esfuerzo, embarcado otra vez en imágenes vertiginosas, me volví a dormir hasta las diez y cuarto. 

Me levanté, trabajé un poco y conversé con mi hija desayunando. Cerca del mediodía, mientras afuera llovía, caminé hasta mi oficina. Pasadas las dos de la tarde, comí sin entusiasmo en mi oficina frente a la pantalla y seguí con mis labores. Cerca de las cuatro de la tarde emprendí el regreso a mi casa. Tomé mi auto del garage  y me dirigí al turno con una osteópata. Avancé en el tráfico por espacio de media hora y al fin pude estacionar a unas cuantas cuadras de su consultorio. En el consultorio, felicité a la profesional por los resultados de nuestro último encuentro. Luego me tendí en la camilla y dejé que los pájaros en los árboles, la música de un concierto de piano, el aroma a eucalipto y las manos de esa mujer, aflojen las ataduras que me gobiernan desde que tengo memoria. Al poco rato, no pude contener el llanto.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

La capilla

Subo la cuesta desde el río. Al ser tan empinada, me exige un esfuerzo. Cuando termino de subir, giro a mi izquierda. Camino en dirección a la capilla unos cincuenta metros.  El camino de tierra tiene la selva a sus costados. Paso junto a una valla que impide el ingreso de los autos y entro en un parque generoso, con árboles variados y pájaros cantando. Primero voy hasta lo que es un espacio para fiestas. Tiene un techo alto de madera, ventiladores, una barra y un piso donde -imagino- muchas veces se han dispuesto mesas. El lugar mira hacia el río. Sin embargo, no se llega a ver el agua. Han crecido mucho los árboles y las plantas. Me dirijo entonces hacia la capilla. Como el día anterior, está cerrada. Miro un poco la cruz de madera que tiene al costado y grabo un video para registrar el canto de los pájaros. Por fin, me siento en los escalones de piedra que bajan hacia el lado del río. No hay nadie en los alrededores. Al otro lado, se ven un par de autos estacionados, pero tampoco diviso a nadie. La balsa, que me ha dicho el guía del hotel que va a estar en funciones dentro de un mes, reposa amarrada. Los autos van a cruzar por esta parte del río de un país al otro. Me da pena. Llega entonces un auto del otro lado y deja a dos personas. No las diviso bien desde tan lejos. Se suben a una lancha y, en vez de cruzar el río, se van hacia mi derecha y los pierdo de vista. Me quedo entonces mirando el paisaje. Me siento feliz. Relajado. Con la cabeza libre. Después de estos pocos días de vacaciones he llegado a ese estado. Registro el canto de los pájaros. El viento en mi cara. Leve. Fresco, viene desde confines inesperados. ¿Esto es todo en la vida? ¿He sido bendecido? Pienso entonces que debe ser la hora de volver al hotel para emprender el regreso a mi casa. Si es que algo de todo eso me pertenece. 

martes, 2 de diciembre de 2025

La piedra rojiza

 

Apenas salgo del predio del hotel, tomo el camino que baja a mi izquierda. Día de sol templado. Viento leve. Miro los árboles atento a los pájaros. Como tantas veces, intento focalizarme en lo que pasa sin pensar. Tengo a mi derecha la prefectura, luego unas garitas que dentro de un mes, cuando se inaugure una balsa para autos que está en la costa, funcionarán como puntos de la aduana. 

A partir de ese punto la calle baja de manera pronunciada. Nadie a la vista. Al salir de una curva en la bajada, veo un riacho que va hacia el río; luego descubro una camioneta con dos prefectos parados al costado junto a la orilla. Los saludo. Uno de ellos es morocho y el otro rubio de ojos celestes. Se me ocurre que tal vez sea descendiente de polacos. Me pongo a mirar el río a mis pies. Hay una lancha de madera para pasar a pie. En letras blancas, sobre un fondo azul, dice Romina. Tiene unos salvavidas colgados del techo. Calculo que pueden entrar unas diez personas. Nadie más a la vista. Tomo una piedra del agua y me la guardo en el bolsillo. Miro un poco más hacia la orilla de enfrente. Hay cañas enormes del otro lado y árboles en las laderas de unas colinas donde no se divisan casas; apenas unos plantíos en las cimas. Los prefectos a unos metros conversan por oleadas. El rubio le explica al otro que una mujer le tomaba el pelo preguntándole si era modelo. No entiendo bien el contexto. Solo alcanzo a escuchar que el otro prefecto le dice: "Esas cosas, cuando me pasan, me entran por un oído y me salen por otro". Cómo quisiera tener ese talento. Me pregunto cómo se puede lograr. Pero no llego a nada. Saco de mi bolsillo la piedra y la miro. Como tiene un poco de barro, la limpio en el río. Un color rojizo sale de ella y se pierde en el agua. Un evento simple que necesitaba. 

Luna inmensa

Jugué con mi hijo al fútbol tenis en la playa. Armamos en la arena un rectángulo con una línea en el medio simulando una red imaginaria. Nos...