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sábado, 31 de enero de 2026

Acá en México

Acá en México hay parlantes en los comercios, en las lejanías, en las fiestas electrónicas que se realizan a distancias más o menos cercanas. En el complejo donde vivo se usa en demasiadas ocasiones un soplador de hojas -supongo a batería-. Hoy, recién levantado, escucho un parlante con música electrónica a lo lejos; durante la noche sentí otro en otra parte de la casa. En el patio de abajo alguien prendió el soplador de hojas; insiste en usarlo a cada rato. Como fui en la ruta con la ventanilla baja hasta Valladolid -supongo- el oído me molesta; me molestó incluso durante la noche. El estado de alarma amenaza con volver. Mi cuerpo vigila. Necesito echarme en el suelo, fijar mi vista en el techo hasta encontrar ahí una mancha. Un punto. 

viernes, 30 de enero de 2026

Niños en el colegio

 Me pregunto ahora, ya en la madrugada, por el pasado  y no encuentro respuestas satisfactorias. Más temprano, en el almuerzo, con mi pareja e hijo estuvimos recordando quién mayormente los llevaba y traía del colegio -mi pareja, su madre-. Luego hablamos de quién cocinaba más -yo, el padre-. Pero algunas noches dejaba hecha la comida una empleada que teníamos. La recuerdo, bien dispuesta pero indescifrable. No sé qué hacía muy en detalle en esas épocas de mi tiempo. Trabajaba, pero nunca hasta tarde. Iba a veces al club a nadar; una clase de yoga a veces, pero no mucho más. En la mesa, no dije eso. Pedí la cuenta. Vino en canasto de mimbre pequeño y curioso. 

jueves, 29 de enero de 2026

Los tordos

Comimos en un restaurante con un patio. Mi pareja pidió que bajasen la música incluso antes de mi llegada. La moza, dedicada a su oficio, extremadamente educada me conmovió porque su humildad no perdía en nada la fuerza que reflejaba. Una pareja de italianos, calma, fumaba en una mesa alejada. No parecían entenderse más que mínimos gestos. Una familia mexicana con una anciana en la mesa disfrutaban. El patio tenía muchas plantas que bajaban sobre las mesas. Y lo mejor: no había americanos gritando.

Al final, mi pareja le compró un cuenco a la dueña -que estaba sentada en una mesa anotando cosas con una caja fuerte abierta a un costado-. La dueña tenía una expresión reposada, natural, que casi no se encuentra por Europa. Su paciencia ancestral no parecía sacarla de la dulzura de los pájaros, aunque es cierto que mantenía una mirada atenta a la caja donde guardaba los billetes. 

En la plaza principal, cantaban una cantidad inmensa de pájaros. Mi pareja le preguntó a un vendedor de helados qué pájaros eran. Tordos, dijo. Cantan con la caída del sol y un buen rato tambien, dijo. Nunca antes había sentido un chillido ensordecedor de los pájaros. Fue la primera vez que no disfruté de sus cantos. 


martes, 27 de enero de 2026

Valladolid

Ida a Valladolid. Salimos cuando dejó de llover. Ruta por la selva con bastante tráfico. Pasamos por pueblos que tienen tiendas de artesanías -hilados y cestas-. Al auto lo dejamos a varias cuadras del centro. Pasamos un cenote en plena ciudad. 

Un museo explica la historia del lugar. Cincuenta años de guerra entre los indigenas y los criollos en el siglo diecinueve. Tuve que anotar nuestros datos en un libro que guarda el registro manuscrito de cada asistente. Paso por la catedral; interesante la fachada. Caminamos hasta el convento donde recalo en un gran retablo que tiene una estética infantil. Lo veo a la distancia en el piso superior de la iglesia, el lugar del coro. Me fijo en la imagen de cristo atento al canto de los pájaros afuera. Veo por una ventana a mi derecha. Una iguana intenta entrar, pero se lo impide un alambre tejido. Los pensamientos siguen pujando en mi cabeza, y sin embargo, frente al retablo, algo los contiene. Respiro, fijo en Cristo, y comienzo a sentir una notable descompresión en mi cuerpo. Atesoro esos instantes. 

Salgo con mi pareja e hijo y me tiro a contemplar la copa de un árbol en el jardín del convento un buen rato, posado en las hojas de la misma manera que lo hice con el Cristo. Son ovaladas. Me detengo en una en particular; me ha gustado. 

Mi pareja e hijo se van a buscar un lugar para almorzar. Elijo quedarme bajo el árbol. El arullo de una paloma, a lo lejos, me permite llegar a mi infancia. Escuchaba a las palomas en la casa de mi abuela cerca del mar y eso me sosegaba lo indecible. Salgo por fin del convento. Bordeo una plaza. Percibo paz. En la esquina, un joven en un moto de alta cilindrada distrae ese pensamiento. 

lunes, 26 de enero de 2026

Los pelícanos

Fin de la tarde entre las rocas. El mar caribe adelante, embravecido como no lo vi antes. A mi espalda, la caleta (todavía con sus aguas transparentes). A lo lejos, veo cuatro personas con trajes extraños por la playa. Luego capto mejor: militares de la guardia nacional ( más tarde un hombre viejo, el cuidador del complejo de playa, mientras cerraba nos explicaría que son militares que cuidan que no se roben los huevos de las tortugas o las tortugas recién nacidas). Pasaron sin decir nada, con la vista al frente. Junto con ellos, pasaron unos pelicanos en bandada. Respetaban una línea que subía y bajaba apenas por el aire.   

domingo, 25 de enero de 2026

Caleta Tankah

Caleta Tankah. Pagamos el ingreso; nos colocan unas pulseras blancas. El acceso a la playa está privatizado, como en tantos lugares. El parador tiene parlantes distribuidos por distintos espacios y reposeras, una al lado de la otra, orientadas hacia el mar; también hay mesas y camastros en el sector derecho. Las familias permanecen cerca de los parlantes, con la música a un volumen fuerte. Un hombre incluso baila con movimientos lentos.

En la orilla, a un costado del parador, hay una caleta: un espacio de rocas en herradura por donde se adentran las olas. Día nublado, con algo de viento. Vamos al cenote. Allí se distingue con claridad a una familia brasileña: los gritos que profiere un niño de unos ocho o nueve años y los de sus padres, en portugués, no dejan dudas. Una niñera negra espera que el niño salga del agua con una toalla en la mano. La mujer —que al pasar cerca mío me atrae por su figura— tiene una expresión de altivez en la cara.

El agua es más espesa que en una pileta o en el mar. Tiene una densidad que me permite flotar mejor. Empieza a llover. Pronto, con mi hijo, quedamos solos. Nos miramos con apenas media cabeza fuera del agua. Él sonríe; yo sonrío. Miro: dos pájaros de pecho amarillo cantan sobre una rama seca, la más alta. El árbol, sin embargo, está vivo. Las gotas que caen en el agua forman burbujas. Se escucha la selva, hasta que alguien silba a lo lejos. Viene por el sendero desde la playa.

Ya en la playa descubro cuatro piedras de buen tamaño que forman una escultura; decido hacer lo mismo. Coloco dos piedras grandes, dos más reducidas y una quinta, pequeña. Ubico también un pedazo de madera en la parte más alta. Mi escultura queda cerca de la que ya estaba. Les tomo fotos a ambas mientras siete pelícanos pasan en hilera sobre mi cabeza.

sábado, 24 de enero de 2026

La tapa

 Caleta Tankah. Apenas unos pocos kilómetros de Tulum. Salimos tarde, como siempre. Pero antes ocurrió un hecho fuera de serie: cuando le comenté a Pedro, el encargado del complejo donde nos hospedamos, que tenía el líquido refrigerante para la camioneta, se ofreció a ayudarme a verterlo porque, según habíamos visto el día anterior, el capot tenía rota la varilla.

Así advertimos que faltaba la tapa. Concurrí al local donde el día anterior había comprado el líquido, para ver si el señor la vendía o si, por casualidad, había quedado en el mostrador. No la vendía ni la había dejado olvidada.

Me subí al auto y se lo comenté a mi pareja. Hice marcha atrás para tomar la avenida. Mi pareja me pidió que me detuviera. Ni bien lo hice, se bajó del auto, caminó unos metros y tomó del asfalto —en un carril de la avenida— la tapa amarilla que faltaba.


jueves, 22 de enero de 2026

El perro

 Salida a cenar. No tenía ganas. Pensaba que debería haber sido más claro respecto de mi falta de interés. Pero me avine al deseo de la hermana de mi pareja. Además, ya era tarde y estaban todos cambiados: mi pareja, mi hijo y mi cuñada.

Emprendimos la marcha hacia el centro. El lugar que teníamos previsto no tenía comensales. La música, además, se escuchaba bastante alta. Fuimos entonces a un sitio cercano. Pequeño. Sin la más mínima pretensión. Comida mexicana. Estaba lleno. Nos armaron una mesa afuera, en la vereda. La comida no resultó del todo buena, pero era barata.

Había un perro, de tamaño más bien mediano, de color té con leche y cara fina, afable aunque algo tensa. Se acercó a pedirme comida. Ante mi indiferencia, se paró en dos patas. Entonces le di un poco de lo mío. Casi nada. Así, dos veces. Por fin, me decidí a acariciarlo. Lo hice cuando el perro, con el hocico, tocaba mi mano. Parecía complacido el animal, pero de pronto, de la nada, se lanzó arriba mío, sobre mis faldas. Tiró un tarascón al aire y volvió tras sus pasos.

miércoles, 21 de enero de 2026

Chicharras

 

Duermo con la persiana levantada. Con el amanecer me despierto, pero sigo en la cama; soy capaz de volver a conciliar el sueño. Tengo sueños intensos: parece que mi hermano tuvo un accidente; no me quieren dar detalles de su gravedad —mala señal—. Me despierto.

Un pájaro canta en una rama cercana. Noto que estoy cerca de la selva, en Tulum. Día nublado. He dormido bien, con todo.

Por un momento, un sentimiento de bienestar me remite a mi infancia. Me levantaba en Punta del Este, cerca del mar. A lo lejos, un regador trabajaba girando, con un ritmo marcado por pequeños latigazos de agua; las chicharras cantaban, ayudadas por el sol; el calor que se vislumbraba. Iba hasta los tres escalones del porche de la casa, me sentaba a mirar el jardín trasero y permanecía un rato inmóvil, al sol, calmo.

lunes, 19 de enero de 2026

Día en la playa

 Llegamos al lugar donde estacionamos cerca de la playa. Volvió a estar en funciones la barrera. Hay un hombre que la comanda. Lo extraño es que cuando me acerco la levanta y me saluda. No me cobra nada. Avanzo hasta casi el final de la calle, justo antes de donde comienza el hotel. Estaciono y miro un poco la vegetación. Selva con restos de basura de tanto en tanto. Caminamos hasta la entrada al parque. Antes, ha acontecido una suerte de disputa con mi pareja. Ella, con su hermana, planean introducir una botella de plástico -que está prohibido- con la promesa de que no la van a desechar en cualquier lado. La traerán de regreso. Ensayo una serie de ironías porque la situación me perturba. Pasamos los controles -que no detectan la botella-. Ellas, cuando las miro, noto que actúan como si nada. Decidimos caminar en vez de esperar el carro eléctrico. Pronto, la hermana de mujer se queja de la distancia y el calor. Mi hijo se acopla. No entiendo a la gente que hace una cuestión por el hecho de caminar, acoto. Entramos en el lugar que tiene las cabañas casi del todo cerradas. A Emiliano, el guardián del lugar, le pido un Coca Cola. Le digo que se quede con el vuelto. Nos sentamos en una sombrilla con techo de paja donde hay dos sillas. Preguntamos a una familia mexicana, que ocupa otra sombrilla, si nos prestan una; con mucha amabilidad nos traen dos sillas más. Extremo mis agradecimientos. El mar esta calmo. Azul con turquesas. Sin gente casi. Unas rocas y después el mar. A nuestra izquierda, comienza la playa. Un parador con un hotel de lujo pequeño. Tiene la música relativamente baja. Hora de nadar. Me levanto de la sombrilla con la esperanza de acallar un malestar indefinido que siento desde la madrugada. 

domingo, 18 de enero de 2026

Historias de Tokio

Se han calmado los ruidos. Sopla el viento. Veo las nubes entre los árboles. Abajo está la pileta. A pocos kilómetros —tres o cuatro tal vez—, el mar repitiéndose.

Veo un film excepcional: Historias de Tokio, de Ozu, de 1952. Los modos de una pareja de ancianos —los protagonistas—, amorosos con la vida, sabios consigo mismos y con los otros; me hacen pensar en un final apacible.

sábado, 17 de enero de 2026

Luna inmensa

Jugué con mi hijo al fútbol tenis en la playa. Armamos en la arena un rectángulo con una línea en el medio simulando una red imaginaria. Nos costó encontrarle el ritmo, pero luego la pelota fue y vino. Ya cansado, me fui solo al mar. Mi hijo quiso sentarse en las rocas, supongo que para escuchar música, atento al mar. 

Fuimos luego donde estaba mi pareja con su hermana. Un hotel pequeño que tiene unas sombrillas de paja, arriba de unas rocas, frente al mar. La luna, redonda, inmensa, subía cuando el sol se iba. El mar oscurecido, calmo. Una familia —europeos o americanos—, a metros nuestro, en las rocas, escuchaba música con un parlante.

viernes, 16 de enero de 2026

Subir

Vamos por la playa llamada de los pescadores. Caminamos por la orilla pasando por encima de las sogas que tienen las lanchas amarradas a la playa. Una a una, tengo que levantar mis piernas por encima de esas sogas. Un hombre, y luego otro, nos ofrecen un tour para ir a bucear o pescar en las lanchas. Como siempre, la figura de ciertas mujeres me convoca. Una, de mi edad, con un cuerpo tonificado, me sorprende. Cuando llegamos al fin de la playa, subimos por una escalera hacia la zona arqueológica. Algunas personas bajan, otras suben. Una vez arriba, el mar. Manchas turquesas y espacios más oscuros. Lugar soñado colonizado. Seguimos por la parte más alta. Me distrae, entre la cantidad de personas, el hecho de que haya un joven muy flaco, con un pierna tullida. Camina con dificultad un poco más rezagado de su familia. No me animo a pasarlo; el sendero es estrecho y no lo quiero incomodar. Cuando el camino se ensancha, lo paso. 

jueves, 15 de enero de 2026

En mi bañadera

 Veo una vez más esa playa. Por fin hemos podido sortear el problema del ingreso. El espacio anterior a la playa está privatizado; sin embargo lo hemos sorteado. El agua tiene turquesas y azules vibrantes. Comienzo a nadar. El cuerpo se suspende sobre el agua. Siento mis pies salir apenas del agua para golpear la superficie; mis brazadas me hacen avanzar cada vez más y mejor. Mi cuerpo se transforma en una piragua; puedo ver el fondo gracias a mis antiparras. Peces plateados, estilizados, unos, y otros más bien chatos, con forma de óvalo. Se acercan  y después me parece que me observan a la distancia. Unas algas se mueven apenas en el piso. Veo arena blanca. La profundidad es escasa; eso me da una gran seguridad. Todo resulta como cuando estaba en mi bañadera de niño, pero más real. 

martes, 13 de enero de 2026

Tulum zona arqueológica

 Primero fuimos hasta el lugar donde estacionamos siempre. No había nadie franqueando la entrada y exigiendo un pago. Domingo, pensé. Estacionamos después de preguntarle a un norteamericano si el espacio era gratuito. Dijo que sí. El resto de los días nos cobran la entrada esas personas que tiene un barrera en una calle que aparenta ser pública. Pasamos luego el ingreso al parque jaguar donde revisan  las pertenencias para corroborar que uno no ingrese con plásticos -que luego se encuentran a lo largo de la playa porque los trae la marea y nadie los retira-. Subimos a un carro eléctrico que lleva a las personas a las playas. Mi pareja se puso a charlar con una mujer acerca del ingreso a la zona arqueológica. Hay que caminar bastante por la playa -porque el carro eléctrico no llega hasta el lugar-, subir por una cuesta, pasar una cafetería, seguir por una calle que atraviesa un espacio selvático, hacer una cola para comprar los boletos y después otra cola para obtener unas pulseras, previo pagar otra suma de dinero. A esta zona habíamos venido con mi pareja treinta años atrás. Recuerdo haber visto ruinas orientadas al mar en un lugar alto. 

Por fin entramos. Los carteles que detallan la historia no son bien legibles ni brindan información acertada. Las edificaciones me generan un vago interés por las formas rectilíneas que se abren en las cimas. Pero hay demasiada gente en el lugar y eso me distrae. Mi hijo deseaba ir a esta zona (que intuía iba a estar llena de gente). Con todo, hablé con un hombre bondadoso -un visitante- acerca de la técnica que usaban los mayas para unir las piedras. Calculo que el hombre, mexicano, tenía alrededor de sesenta años, parecía afectuoso con los instantes. Sonreía con cierta diversión contenida en la cara. 

lunes, 12 de enero de 2026

Ida al supermercado

Ida al supermercado. En la sección de carnes, una mujer con un vestido blanco ajustado, zapatos rojos. Es joven, tiene los rasgos propios de una actriz francesa. La escucho hablar —está con otro joven—: efectivamente, habla en francés. La miro y me mira. Es un segundo. Luego tomo distancia. No puedo evitarlo: la vuelvo a mirar. Demasiado joven, pienso, algo en ella ya no me convoca. Antes sí, ahora ya no. Es como un maniquí en una vidriera. Sigo con mi carro. Sin embargo, su imagen, a lo lejos, me trae cierta felicidad.

domingo, 11 de enero de 2026

Fin del día en Tulum zona arqueológica

 Cuando nos fuimos de la zona arqueológica, caminamos por la calle asfaltada que tiene selva a ambos costados. Bastante gente iba con nosotros. Una mujer alta, de cuerpo atlético, caminaba delante mío. Disfruté verla. Seguí su cuerpo a la distancia.

Nos subimos a un carro que nos llevó hasta la playa que me gusta: Mangle. En un hotel pequeño y de lujo pedí dos aguas. El joven de la barra me dijo cuánto valía cada una, como para resaltar la desproporción del precio. Le dije: “Ah, están en promoción”, pero no captó mi ironía. Tenía mucha sed. Pedí tres vasos y nos sentamos en la terraza frente al mar, con mi pareja e hijo.

Había varias parejas tomando aperol spritz a nuestro alrededor. También una familia de francesas: habían pedido un tequila para cada una; eran cuatro.

Al fin, me dirigí al mar. Pasé por debajo de una ola, y luego de otra. Así estuve un buen rato. Se me arrugaron los dedos de la mano, como cuando, en la bañera de mi casa, durante la infancia, jugaba con unos animales de plástico que flotaban en el agua.


sábado, 10 de enero de 2026

Dieciocho gatos

 Me levanto un día de sol templado. En alguna parte, del lado de mi cuarto y del baño, se escucha una música electrónica con impronta new age. Por ser el último día de mi cuñada con nosotros, sugerí que saliéramos a desayunar. En el lugar elegido, en una mesa contigua, una comensal de unos cincuenta años largos no para de hablar a los gritos, con un tono irritante. Un cliente en la mesa de al lado —un americano canoso— se tapa una oreja; pretende poder escuchar lo que alguien dice en su teléfono. La cara de otro cliente —un joven morocho con un traje estilo monje tibetano— también es elocuente. Decido pedir que vayamos a otro lugar y mi pareja y mi cuñada acceden.

En el siguiente lugar, la joven que nos atiende —muy amable— se aviene a bajar un poco la música. El mundo vive en una frecuencia sonora más alta que la mía, le digo. La joven lo entiende. El café es excelente. Los chilaquiles, lo mismo. En el lugar circulan muchos gatos por el amplio patio lleno de plantas. Uno, blanco y negro, se sube a nuestra mesa y reclama comida. Sacamos fotos del animal para mi hija.

Vamos más tarde al aeropuerto por una ruta lamentable. En el edificio principal del aeropuerto, en cambio, todo está bien dispuesto. Despedimos a mi cuñada. Antes, fiel a su estilo, pide que nos saquemos una foto junto a unas letras multicolores que dicen “México”.

En el último instante no le permiten ingresar a tomar su vuelo. Tiene el documento vencido. Mi hijo sugiere que muestre la licencia de conducir. El documento resulta válido.

Falta decidir si vamos a la playa o a un cenote de nombre Corazón Paraíso. Nos decidimos a probar, aunque cierre en una hora. El lugar es una gran pileta natural rodeada de selva. Unos jóvenes se tiran de un trampolín. Cerca del fondo se ven peces. Mi hijo nada con un visor y el snorkel que compró días atrás. Mi mujer se zambulle, pero casi enseguida elige sentarse donde se forma un escalón natural gracias a unas piedras. Extiende las piernas; unos peces le rozan los pies. Una mujer que ingresó con nosotros —una americana, rubia, de buen aire, de mi edad— nada cerca mío con una sonrisa en la cara. Quiero decirle: Nice. Respiro aliviado y permanezco en el agua sin tocar el suelo. Solo me impulso apenas, haciendo bicicleta. Por momentos me sumerjo, me estiro. Noto cómo mi hombro izquierdo está más alto que el derecho; pataleo lo justo. Me parece que la americana sonriente hace mucho de lo que yo hago en el agua. No me atrevo, igualmente, a mirarla.


viernes, 9 de enero de 2026

Atlántico

Me levanto con una pesadilla. Había perdido a mi hijo: se cayó de un crucero al mar. Ese tema lo reconozco. Tiempo atrás vi una película holandesa que narra la historia de un matrimonio joven que, mientras cruza el Atlántico en un velero, pierde a su hijo de cinco años cuando se cae del barco. Se dan cuenta al rato. Pasa el tiempo y nunca lo encuentran.

En mi sueño, el niño finalmente es hallado en un lugar del puerto, bajo unas mantas, sobre un banco, pero su cuerpo tiene una capa de hielo. Me preguntan si tiene los ojos abiertos o cerrados —para saber si está vivo o muerto—. Lo alzo y luego me despierto sobresaltado.

El día es de sol. Diez de la mañana. Levanto la cortina. Una señora, en el sector de la pileta y los árboles que emulan la selva, rastrilla las hojas que caen sobre las piedras blancas del piso. No encuentro en la expresión de su cara algo definido. Me meto en el agua de la pileta: celeste. Uno ese color con el ruido del rastrillo y, entre ambos, me calman.


jueves, 8 de enero de 2026

Bailongo

Estoy apoyado en la pared de un mercado a la espera de que mi pareja termine de comprar con mi hijo. Enfrente, veo una tienda de ropa de autor. Prendas tejidas a mano; noto una estética sofisticada. Detrás del vidrio, dos mujeres se miden prendas. Me hace acordar cuando de niño espiaba, en el petit hotel de al lado, una ventana. Tras ella unas modelos se cambiaban los viernes a la nochecita -cuando en el lugar se celebraban desfiles de moda-. Me ponía nervioso admirando a esas mujeres. Se lo comenté a mi padre y no tuvo una respuesta para darme. 

Veo una mujer de pelo oscuro lacio, flaca; se regodea frente a un espejo. Se le suma una rubia todavía más llamativa. Cuando mi mujer sale, le digo si no quiere ver la tienda. Ni bien ingreso, intento refrenar mi curiosidad yendo hacia el fondo. En ese lugar, descubro un Buda tallado en alabastro. Me acerco hacia el lugar donde está la caja. La rubia y la morocha son italianas. Hablan de un festival de música electrónica. Al verlas más de cerca, se evapora la magia. 

Cuando salimos de ese local, damos muchas vueltas por el frente de distintos restaurantes sin entrar a ninguno. Por fin, recalamos en uno autóctono. Un gran ambiente abierto en una construcción de madera. Los sillones son cómodos. Nos atiende un joven bien dispuesto. Cuando pago la cuenta, me quedo fijo en un bailongo que se armó en la zona de la cocina. Cocineros y cocineras bailan una música dulce con movimientos graciosos, tiernos, abrazándose por momentos entre risas. Solo veo sus cuerpos de los hombros para arriba y eso le otorga a sus movimientos más gracia. Me quedaría viéndolos un rato, pero ya no queda nadie en el lugar. Debemos irnos. 

miércoles, 7 de enero de 2026

En silencio

 Se iba el sol atrás de unas palmeras. Lo veía desde el mar, tibio, con sargazo en algunas partes. Las olas se formaron con más altura, pero lo mismo eran bajas. Salí del agua. Mi mujer y mi hijo estaban sentados uno junto al otro bajo la sombrilla de pajas. Miraban el mar. Los saludé a la distancia, sobre las rocas. Pasó una bandada de pelícanos arriba nuestro. Los miré arriba de mi cabeza y tuve una alegría mayor a la esperada. Todo tendía al ruido del mar. No quedaba nadie en la playa. Les había pedido a ellos quedarnos a esperar que saliera la primera estrella. Y allí estaban ambos, sentados, contemplando el mar, en silencio. 

martes, 6 de enero de 2026

Playa alejada

Vamos a una playa alejada que promete sus contratiempos porque acá en México muchos espacios de la costa están tomados por los hoteles y no tienen un acceso público a la playa. Este lugar resulta el caso. Llegamos después de manejar media hora desde Tulum y, al final de la calle, bordando las costa, nos encontramos con una casilla en donde un hombre sostiene una barrera. Nos explica que para pasar al lugar debemos ser huéspedes de un hotel o tener un reservación. Para no confrontar, le digo que vamos a almorzar al primer hotel. Me toma los datos y pasamos. En ese primer hotel, nos esperan en la recepción. Nos explican los precios y dicen que van a averiguar si tienen camastros disponibles -parece que no los hay nos adelantan-. Aprovecho esa distracción para bajar a la playa. Terminada la zona hotelera, nos echamos. En ese lugar comienza el fin de la bahía. No hay nadie. Nadamos atentos a los peces cerca nuestro. Uno dice mi pareja que le ha mordido apenas un talón. Con mi hijo lo dudamos. Llevamos un picnic; lo desplegamos (en mi caso, con cierta incomodidad). Mi pareja no parece afectada. Dos pelicanos pasan. Otros se precipita al agua. Señalándolos, escucho que mi pareja saluda a unos lugareños que salen de la vegetación atrás nuestro. Les pregunta cómo encontraron un camino en la selva. Ellos señalan un espacio vacío entre los árboles y siguen camino con sus redes y cañas. Decidimos adentrarnos por ese sendero entre la vegetación  para volver a nuestro auto, pero ese sendero en la selva -lo descubrimos después de caminar un buen rato- no sale a la calle que bordea la costa donde tenemos el auto. El camino se adentra en al selva y termina no sabemos dónde. Regresamos. Al fin, salimos por el hotel con cara de nada saludando al hombre que custodia la entrada. 

lunes, 5 de enero de 2026

T bone

Entro al supermercado. Amplio, vistoso. Buena exhibición de los productos. Voy con mi hijo al baño antes que nada. En la puerta, cruzo a tres personas de limpieza. Visten uniformes azul con verde. Conversan con útiles en la mano. Recuerdo el film Perfect Days al instante. Les sonrío e inclinan sus cabezas.

Empiezo por las frutas. Elijo cuatro papayas. Una chica de espalda me convoca gracias a la forma ideal de su cola. Intento dejar de mirarla. Pasamos con mi hijo a los quesos y luego a los vinos. Es el último día del año. Veo promociones de champagne, de pan dulce. Una pareja que parece hablar ruso me cruza su carro. Espero con paciencia.

Voy a las carnes. La persona que me atiende tiene un ojo tapado. Me consuelo pensando que, con todo, tiene el ochenta por ciento de su visión. Pero igual me da mucha lástima. Es un hombre con la cara muy grande. Un oso panda. Elijo un T-bone para hacer en la cena, pero luego lo dejo en una heladera. Es demasiado grande. Tomo piezas más chicas.

Seguimos. Recalo en los yogures y me cruzo a la joven que vi en la entrada. Trato de no mirarla. No quiero darle tanta importancia. Paro después frente a una pantalla enorme que muestra imágenes de algún lugar de China. Un palacio un día de otoño. Rojos, naranjas y ocres de las hojas. En cierto modo, no parecen reales. Miro unas cajas de esas pantallas que promocionan la imagen de un ídolo del fútbol americano; no lo conozco. Más atrás, un parlante de grandes proporciones me incomoda con su música e incluso se pisa con la del supermercado. Compro un pijama con un estampado del juego Pac-Man que tiene primitivos dibujos de hamburguesas, papas fritas, pizzas. Eso es lo que come el Pac-Man en el pantalón y la remera. Parece bueno el algodón. En la caja, cuando me toca pagar, concluyo que ha sido más de lo que calculaba. Feliz año le digo al cajero y él me desea lo mismo.


domingo, 4 de enero de 2026

Tormenta en la playa

 Salida para la playa más bien tan tarde -como siempre. Mi pareja dice que le gustó la entrada de un hotel que muestra un túnel de maderas entrelazadas y al fondo la visión del mar, turquesa, iluminado por el sol. Cuando nos aproximamos, sale un hombre, viejo. Camina con dificultad por el efecto del reuma, supongo. Mi mujer le pregunta por las habitaciones del hotel -que es pequeño- y se dispone a mostrarnos una enfrente de la playa. Insólito: el hotel tiene apenas ocho habitaciones; está vacío. El restaurante cerrado. Nos explica el hombre que vienen de una mala temporada por el sargazo. Tampoco ayuda el hecho de que hasta hace poco se cobraba entrada al parque nacional -el lugar donde está el hotel-. Nos explica que podemos sentarnos a disfrutar del paisaje bajo unas sombrillas de paja frente al mar. Nos puede ofrecer una Coca Cola o cerveza. Más tarde, vamos al mar. Mi pareja se adentra en el agua -cosa que hace solo en lugares donde las olas no son grandes-. En este lugar las olas no lo son, pero por momentos se arman y pronto una ola le exige meter su cabeza debajo del agua. Emerge con cierta tensión en la cara. La expresión de una niña que pasó por un trance. Unas americanas cerca hablan en un tono alto. Nos alejamos. Comienzo a nadar; mi mujer se vuelve con mi hijo a la orilla; los veo charlar a la distancia. Recalo donde no hago pie. Dejo que las olas lleguen a mi cuerpo, que lo sostengan en un vaivén suave, controlable. Unas jóvenes juegan al voleibol en la orilla. Me convocan, pero trato de no fijarme en ellas. A mi izquierda, unas nubes negras. Cuando se larga una tormenta, por iniciativa de mi pareja, terminamos guarecidos en un hotel boutique de lujo cercano. Nos dan unas sillas; comenzamos a secarnos. Unos turistas americanos, sentados frente a la puerta de entrada al restaurante, le reclaman a cada persona que entra que cierre la puerta corrediza -cosa que rara vez hacen-. Una lucha desigual. 

sábado, 3 de enero de 2026

El águila

Casi es el fin de la tarde. Un águila se precipita en el mar. La veo justo cuando se lanza cerca de la orilla para agarrar un pez con el pico. Lo logra, pero queda sin poder volar durante un buen rato, cerca de la orilla, porque tiene las plumas mojadas. Unos turistas —americanos— se acercan a tomarle fotos a pocos metros de distancia. Al fin, de a poco, el ave se deja llevar por las olas y logra salir del agua. Se ubica en la arena, rodeada de esos turistas americanos que insisten con las cámaras de sus celulares. Deja el pez en el suelo, que todavía se retuerce, extiende las alas para secarse y pronto vuelve a tomar el pez y sigue viaje.

viernes, 2 de enero de 2026

Los pelícanos

Estoy en la playa. Acomodo mi mochila y me reclino en unas rocas, usándola de almohada. Miro el cielo; por momentos, bajo la vista hacia la orilla. Pasan unos pelícanos que forman una bandada. Pronto recalan cerca mío —unos diez metros—, justo en la orilla. Uno, subido a una piedra, mira el agua. Busca peces. Otro más bien descansa.

Hay un hombre a mi derecha pescando con mosca. Un americano que estaba más a la derecha todavía y que, cuando estaba nadando, se acercó a lanzarme la tanza más bien cerca. Supongo que quería que me fuera porque le espantaba los peces. Una niña y un niño gritan de placer continuamente ante la mirada de un hombre que imagino es su padre. Él los mira todo el tiempo sonriente, con sus anteojos negros puestos dentro del agua, justo donde rompen las olas. El hombre sonríe durante tanto tiempo que comienza a molestarme. Vuelvo a los pelícanos en la orilla. Siguen sin una expresión cierta.

jueves, 1 de enero de 2026

La guerra de los parlantes

Después de la lluvia durante la mañana y parte de la tarde, mi hijo quiere ir a un centro comercial, por lo que entiendo, en Playa del Carmen. Una hora de trayecto en el jeep alquilado. Bastante tráfico. Me irrito con él y con mi pareja por la propensión a buscar oportunidades de compra. Al llegar, el problema del estacionamiento. No veo lugares disponibles. Me fastidio todavía más y, en un momento álgido, aparece un sitio. Decido separarme de ellos para caminar por la playa.

Casi es de noche, pero todavía hay gente en el mar. Algunos con remeras. Se ven vendedores ambulantes, negocios con música alta, luces incluso que animan los locales como discos. Un vendedor en una bicicleta toca una flauta con un tono agudo inverosímil. Trato de alejarme, pero no puedo avanzar más allá de una terminal de ferris. Descubro que la playa está encajonada: no hay una franja de arena que acompañe la costa. Lo mismo pasa para el otro lado. Una punta con rocas y unas construcciones no dejan ir más allá. La costa siempre aparece colonizada por propiedades privadas.

Con todo, intento ver hasta dónde llego. Camino hasta el límite de una construcción que tiene cintas dispuestas para que no pase la gente. Pero veo que dos jóvenes las franquean y avanzan. Me quedo, sin embargo, mirando un poco el mar. A lo lejos, se ve una isla grande con luces. Cozumel. Pasa un barco de pesca con un reflector en la proa y música alta. Al rato, decido hacer lo mismo que los jóvenes y me adentro por la propiedad.

Casi al salir, me topo con un guardia. Un viejo sentado en una silla que responde a mi saludo como si nada. Debo franquear más cintas para salir. Lo que hay más allá es un bar lleno de turistas. Mesas con gente animada frente a varias botellas y vasos. Risas. Una barra en donde una mujer trabaja con una computadora portátil. Miradas. Paso al baño. Atrás mío, entran dos franceses con aspecto de rugbiers. Están borrachos. “Amigo, amigo”, repiten mientras orinan.

Salgo en busca de la costa y solo encuentro un callejón que desemboca en unas rocas. Miro un poco el mar. Detrás mío, un niño con su madre pasean dos perros minúsculos. Sigo. Paso una serie de discos que se preparan para más tarde. El espacio es abierto, lo que me hace pensar en el ruido que emitirán más adelante. En la plaza principal, frente a un edificio antiguo que dice “Municipalidad”, más parlantes altos junto a una feria de artesanías. Encuentro una calle con luces sobre las cabezas de los que pasan; desemboca en un Hyatt y un centro comercial.

Compro ahí dos libros de Camus. Uno es para regalo, le digo a la vendedora. Para mi hija. Mareas de gente andan por estas calles, donde los vendedores salen de sus negocios para captar compradores. En una esquina descubro dos bares que compiten por quién tiene la música más alta. La guerra de los parlantes. Cansado, llamo a mi pareja y a mi hijo. Me mandan su ubicación. Están a tres minutos de distancia.

Caleta Tankah 2

 Ida otra vez a la caleta Tankah. Arribo demorado a las dos y diez de la tarde. Pasamos el ingreso, siempre injusto; cobran una entrada al c...