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miércoles, 31 de diciembre de 2025

Playa paradiso

 

Primer día en playa Pasadiso. Entramos a la playa saludando a un hombre que oficia de guarda. No veo mesas disponibles en el restaurante más cercano. A un costado, echamos nuestras toallas. Nos sentamos junto a una familia que descansa bajo una palmera. Un hombre con expresión de tristeza, su mujer y dos hijas de unos veinte años vestidas con el mismo traje de baño —celeste y blanco con bolados—.

Con mi hijo, agarramos un visor y un snorkel para ver bajo el agua. Nada en especial bajo el agua. El resto del tiempo conversamos. Cuando salimos, preguntamos si hay una mesa disponible. Una mujer con buena predisposición nos la consigue. Los mozos aparecen con un coco abierto. Tenemos hambre, son casi las cuatro de la tarde. La cuenta es exagerada. Pagamos y vamos a echarnos a unas reposeras que miran al mar.

Una niña chilla sin motivo en la orilla. La confundí con un pájaro. Pensé que cantaba en alguna palmera cercana. Luego distinguí bien: uno es un canto fuerte pero natural; el otro me crispa los nervios. Los padres la miran impertérritos. Cuando se retiran, el mozo me explica que el lugar está próximo al cierre. Algunas personas siguen en el agua aunque casi es de noche. Quisiera ir, pero ya me he cambiado. El terreno de arena, a medida que avanzamos, es más amplio. Casi no hay gente. 

martes, 30 de diciembre de 2025

Arco Maya

Vamos a la playa que nos sugirió Raúl, el hombre que nos trajo desde el aeropuerto de Cancún a Tulum. Cuatro kilómetros y medio después del arco maya fueron sus indicaciones. El problema es que llegar hasta el arco maya requiere transitar por una calle mano y contramano, en mal estado, con autos y camiones estacionados en doble fila, por donde se suceden negocios a la moda, restaurantes y hoteles boutique. Proliferan palmeras y árboles a los costados. Miro, pero no se ve el mar. Cuando llegamos al arco maya un joven nos detiene para exigirnos pagar el ingreso, que es elevado. Se debe afrontar con tarjeta, nos explica. Me obligan a anotar mis datos en un libro. Recorremos un camino de tierra con grandes pozos, sin ver el mar debido a la vegetación y a las tapias que ponen en las propiedades. Cuatro kilómetros y medio y llegamos a la playa. Es reducido el espacio para estacionar. La arena tiene cantidades de objetos de plástico deseminados. Están mezclados con el sargazo seco. Más allá, están los verdes, turquesas y azules del mar. Miro el horizonte con los plásticos a mis pies.

lunes, 29 de diciembre de 2025

Departamento

 El departamento donde estamos tiene tres habitaciones y tres baños, una sala de estar grande con cocina abierta, un balcón terraza que mira a un espacio común con árboles -muchos- que reciben la visita de distintos tipos de pájaros e interpretan un espacio selvático con piedritas blancas por donde andan lagartijas de distintos tamaños -algunas casi inverosímiles-, una pileta que va en distintas direcciones y en donde todavía no me he puesto a nadar. Obviamente el riesgo de ese espacio son los ruidos que pueden hacer los habitantes de los otros departamentos. Mi cuarto no mira a ese gran pulmón, sino a un costado, a otro espacio que también simula la selva, y en la ventana que tengo a la izquierda de mi cama sí está el espacio de selva propiamente dicho. Todo el departamento está pintado en un tono beige acertado. El mismo color, con variaciones mínimas, tienen los pisos y el mobiliario. Nunca había imaginado que tanta monotonía cromática pudiese darme tanta tranquilidad. 

domingo, 28 de diciembre de 2025

Detrás de las rocas

 Necesito volver al mar. Meterme en el agua. Unos pasos por donde el final de las olas avanza. Es una día de calor; el viento fresco. Se ven piedras sobre la arena de tanto en tanto. Formas más logradas que cualquier escultura. Son rojizas. A veces tienen tonos más oscuros. Cerca del agua, se mueven en los costados unas algas. Por ahí andaba en mi infancia. Detrás de una no muy alta vi a una chica cambiarse el traje de baño. 

sábado, 27 de diciembre de 2025

El PACTO

Temo que mis sentimientos me lleven a un descontrol. Una ola que te arrastra por un mar que no tiene una orilla cercana. Me gustaría aventurarme en ellos, sin dudar de su intensidad. ¿Cómo podrían salir como caballos de un corral? Refrenándolos no me ha ido bien. Tengo una cantidad de años, que no siento en mi cabeza, enfrascada como está en una infancia que no desaparece.

viernes, 26 de diciembre de 2025

LA TRIBU

 

Algo me ha gobernado. No he sido libre preso en una tribu; durmiendo cada noche junto a su fuego. Seres oscuros me custodian en el medio de la sábana. No me imagino otro modo; saltar sobre los instantes de forma ininterrumpida, constante, nerviosa, agotadora. ¿Cómo se sale de ese ritmo? No creo que el descontrol sea la llave. La mesura tampoco. ¿Privilegiar lo que siento? Vuelvo siempre a lo mismo. Mis sentimientos no son fiables, y no hay bienestar posible cuando se lo busca con demasiado énfasis. 

jueves, 25 de diciembre de 2025

Talismán

Ida a la playa. Estacionamiento por cien pesos. Toma un tiempo ubicar la camioneta que manejo. Un hombre, que pasa mientras estoy maniobrando, quita una pequeña rama que llevo en la trompa del vehículo. Sonríe y sigue. Levanto mi mano en agradecimiento. Entramos a la playa con mi pareja e hijo. Hay un policía en una moto con la cara casi del todo cubierta. Se mantiene ajeno a las personas que pasan. Su postura de ocultamiento me intriga. Lo comento con mi hijo. Él opina que es para que no lo reconozcan eventualmente luego en su barrio. Que la gente no sepa que es policía, digo. No lo sé. Puede ser. La playa tiene una franja de arena algo estrecha. Partes de vegetación e incluso basura dispersa -poca-. Caminamos; hay construcciones abandonadas, un paisaje poco prolijo. Damos con un hotel bastante rústico que tiene camastros. Nos ubicamos a un costado del lugar sobre la arena. Un joven nos invita a conocer el menú. Accedo con la idea de echarnos en los camastros y consumir limonadas. No tengo ganas de tomar ni comer nada, pero me tienta la comodidad de los camastros. Vamos con mi hijo al agua. El mar está agitado. Más en lo hondo, se ven los verdes y azules que puede desplegar un día de sol. Ha habido una tormenta y está agitado. El cielo también lo está. Pasan unas jóvenes trotando mientras me dirijo al agua. Son americanas, por su aspecto. Veo en ellas algo levemente sexy y al mismo tiempo un tanto prefabricado. Ingresamos al agua con mi hijo. Está tibia, decimos. La comparamos con el mar de la costa argentina. Mucho más tibia, dice mi hijo. Estamos donde las olas rompen. El mar nos ayuda a purificar los cuerpos. Es simple lo que hace. Nos limpia. Nos ayuda. Nos atiende. No hay nada demasiado brusco en la medida que nuestros pies tocan el suelo. Pienso que podría perder el círculo de bronce que llevo junto a una cuerda a la altura de mi pecho y funciona como un talismán. Pero supongo que no va a salir por mi cuello y cabeza. Seguimos en el agua con mi hijo hablando de lo que se nos viene a la cabeza. Unos americanos -dos jóvenes-, que no están cerca nuestro, hablan alto. Me pregunto por qué a veces hablan tan alto los americanos. Me alejo. Me voy junto a unos niños que hablan ruso. Pasamos las olas por debajo. Justo cuando están por romper. El cuerpo pasa por ellas y emerge. Salimos contentos por haber estado en el agua mucho rato. Solo después, mucho después, constato que en el mar quedó mi círculo de bronce. El que ha funcionado como un talismán. Se ha ido.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

Cancún Tulum

 

Viaje en aerolínea de Panamá. La gente cordial, sencilla, con una bonhomía natural. La aerolínea suma un leve manto de gerenciamiento norteamericano. Me resultó eso. También la sonrisa de una azafata. A esta altura me contento con esas visiones fugaces. Asiento pagos con más espacio -el suficiente para extender un poco más las piernas-. La visión desde el aire de la ciudad de Panamá también me atrae. Edificios de gran altura que podrían tener el encanto de lo moderno -ahora ya no me niego a eso-. El avance de la civilización siempre me angustia porque se hace a costa de la "naturaleza". Pero la tranquilidad que tengo es que el avance es inexorable y que llevará a nuevos espacios que por supuesto no puedo imaginar. 

La aduana en Cancún incluye una serie de preguntas que me han impresionado. Nuevas dimensiones del mundo. Más control frente a las personas que fluyen, van, vienen. El hombre que nos recibe para llevarnos a Tulum es afable. Nos indica dónde cambiar dólares por pesos y nos recomienda un lugar para probar unos buenos tacos de camarón. Lo invito a almorzar con nosotros. Conversamos de los temas más diversos. Básicamente, le gusta contarnos de su vida. También de la realidad del lugar. Lo mismo pasa en el trayecto. Nos acompaña incluso a realizar unas compras. Su amabilidad me hace volverme con cariño a la cultura latinoamericana. Me doy cuenta cuánto necesitaba eso, como si ese acercamiento al mundo europeo hubiera sido una necesidad de darme importancia. Nada más ni nada menos. 

martes, 23 de diciembre de 2025

Viaje a Cancún

 Estoy en el aire, abajo un río que se mueve como un serpiente, alrededor selva interminable. Es el Amazonas pienso. No termina y eso me alegra. Hay más ríos después. Algunos más anchos, otros más angostos. Todos se mueven como víboras sobre el verde. Saco fotos. Espero alguna vez hacer una serie de pinturas o esculturas con ellas. Lo mismo el cielo. Es un mar con su propio horizonte. Nubes finísimas en el medio. La luz es feliz. Crea dos plantos que dividen los celestes y eso da una profundidad fuera de serie. Más fotos y más esperanzas en mi capacidad de hacer algo con ellas. Espero no defraudar a mi entusiasmo. 

lunes, 22 de diciembre de 2025

El vegetariano

En mi oficina tengo la reunión con las abogadas. Debo hablar con ellas de las perspectivas para el año que viene, y sobre todo de sus participaciones en las ganancias. Intento ser preciso con mis palabras. Sin embargo, apelo a las metáforas. Al final, me queda una sensación de incertidumbre respecto de mi actuación mezclada con cierta satisfacción por el resultado. No sé por cuál de los dos extremos inclinarme. Como si la incertidumbre no generase la fuerza creativa. Pero algo en mi cabeza se rebela. No le gusta asumir riesgos inesperados. Su poder de adaptación es bastante limitado. Opto por ir a buscar comida a un lugar atendido por un chino que conozco hace muchos años. El restaurante de mi amigo permanece cerrado porque vacaciones. Viajo con su hija a Nueva York. Regalo de quince años. En el trayecto me altera el hambre. Se ha hecho muy tarde. Tres y media. Tal vez por eso el local del chino está cerrado. Miro un poco. Más adelante hay un cartel. Otro restaurante vegetariano. Recuerdo haber comido ahí con un amigo hace años. Entro. El local es antiguo. Me gusta porque hay una barra con un pizarrón pequeño. "No hay wi fi, charlen entre ustedes", se lee escrito con distintos colores. "No hay wi fi" en roza y "charlen entre ustedes" en amarillo. Me siento junto a la ventana. Un joven educado me trae el menú. Eligo un plato y voy al baño bajando una escalera pronunciada. Luego opto por mirar por la ventana. Quiero ver si soy capaz de mantener mi atención en la gente que pasa. No quiero mirar el celular. Analizo un poco el panorama. Tengo un edificio que es un garage enfrente y otro de departamentos. El segundo piso tiene una ventana más chica que el resto de los departamentos. Me resulta extraño. No recuerdo haber visto algo así, me digo. ¿El motivo? No logro imaginarlo. ¿Quién puede haber querido achicar una ventana? Miro un poco más; como si la visión de esa ventana reducida tuviese la respuesta. Pero no aparece. Ni una idea. Al fin, llega mi plato; sustancioso y logrado. Tiene sabores diferentes a los habituales en esta parte del mundo. Entran dos jóvenes y se sientan en la mesa de al lado. No terminan de levantar mucho la voz; su presencia es agradable. Hablan un proyecto laboral con bastante tensión y a la vez interés. Son jóvenes; una fuerza los hace darle un envión a lo que dicen (tal vez desproporcionado). Termino mi plato y miro un poco más por la ventana. La gente que pasa también me interesa, pero opto por mirar el cielo. Se vislumbra sobre un edificio un poco más bajo un día espléndido. Siento una tristeza suave por estar donde estoy, alejado de los árboles; pido la cuenta. Mejor volver a mi oficina, que está justo en la esquina de la plaza. No mira directo como tanto quisiera pero está ahí, a un paso.

domingo, 21 de diciembre de 2025

Miles de millones

 Me levanto después de vivir una serie de sueños intensos que quieren dejar ir miles de millones de eventos que no se drenan, permanecen a la espera de una interpretación que no se consuma. Ellos y mi cuerpo lo saben; es imposible. Brea en la proa de un barco. No queda más remedio que intentar dejar que salgan, que los millones de eventos, pertenecientes a esta vida y quién sabe si a vidas pasadas, abandonen mi cuerpo, entren al agua, se pierdan en una inmensidad, como muchos peces, que alguien suelta para que el mar los trate mejor.



sábado, 20 de diciembre de 2025

El perro

Voy a mi computadora. Mi idea es escribir un poco, pero siento ese malestar algo indefinido que te da la falta de sueño. Un ciclo cortado por un ladrido. Debería olvidarlo, pero no puedo. Tipeo no obstante. Es una práctica que sostengo hace más de veinticinco años. Todos los días. Registrar mi asombro a lo largo de los años. Desde niño me ha parecido increíble que las cosas existan, que haya un nacimiento, una muerte y una incertidumbre en todo momento. El azar y sobre nuestras cabezas un péndulo, que marca un ritmo que funciona desde las estrellas, incontables. Nadie sabe hasta dónde llegan. Siempre quise registrar tanta inmensidad. Los matices. Incontables. Los resultados fueron y serán escasos. Pero sin embargo ese límite jamás me ha detenido. Hay una fuerza más grande que me pide registrar, decir, intentarlo. ¿Qué pretende? 

viernes, 19 de diciembre de 2025

Desde mi balcón

 Por fin me levanto de la cama. Miro el reloj. Ocho y diez. Lo que me temía. Ese perro me despertó incluso antes de las ocho. Apenas llegué dormir siete horas. Mantengo el cálculo de las horas que duermo desde que tengo uso de razón. Una manía heredada de mi madre. En la cocina, encuentro a la señora que limpia. Mujer de mi edad, alta, corpulenta. Recorre con dedicación, siempre concentrada, cada rincón de la casa. Tiene un esquema de trabajo preciso, un saludo parco y al mismo tiempo cariñoso. La saludo. Me saluda. Voy en busca de un limón, pero, antes de abrir la heladera, veo medio limón sobre un plato en la mesada de la noche anterior. Lo exprimo por la mañana. No es mucho, pero mi obsesión por no desperdiciar nada, me lleva a oprimir al máximo la rodaja. Es un día fresco de sol. Salgo al balcón, respiro. Quisiera estar frente a montones de árboles, con los pájaros, tal como estuve días atrás por la zona de Iguazú. Pienso en el hotel y vienen a mi cabeza las jóvenes misioneras que atendían el lugar. Quiero tener sus modos tan dulces de manera muy tenue, hoy a la distancia, desde mi balcón, mientras el viento golpea mi cara. 

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Sano y salvo

Duermo como tantas veces, con intervalos. Me despierto por ruidos mínimos, sueños vívidos, intensos. Incluso me despierta un perro que ladra. Siento que todavía me domina el sueño, pero mi cabeza me dice que no voy a poder dormir. Que ese ladrido ha producido una perturbación tan grande que ya no es posible. Sin embargo lo intento. Pertenece a unos vecinos de un edificio contiguo a los que les he pedido varias veces que mantengan la puerta del lavadero cerrada. Pero es en vano. También se lo han dicho otros vecinos. El portero, por su parte, me ha entusiasmado con la promesa de que para principios de este mes se iban mudar. Son inquilinos, me explicó. He hablado incluso una vez con la dueña del perro. Todo eso pienso mientras intento volver al sueño, pero no lo logro. Mi cuerpo no puede dejar de ensayar pensamientos, exigencias prácticas, necesarias, en teoría. Hasta que por fin un sopor me toma, me lleva de la mano, me saca de mi lugar y me deposita en un mundo del que no sé casi nada. 

lunes, 15 de diciembre de 2025

Poemas en Nueva York

 Poemas en Nueva York



*
Domingo de sol. Me fijo en la manera amorosa como nos dedicamos a levantar las hojas desparramadas por el jardín. Estamos en las inmediaciones de un sendero cada vez más desbordado por las lluvias. A un costado, escondidos entre las plantas, los niños ensayan ruidos de animales cuando ven a alguien acercándose. 

 

Son los mismos ciudadanos que añoran los cuadros donde, entre las plantas, se ven animales de la selva purificados por un atardecer. Algo en los colores del otoño habla de una vieja perra que aguarda la llegada de su benefactor.


Pienso en el camino que evoca el recuerdo de un roble que, una noche de tormenta, se desplomó sobre la calle apenas iluminada. Busco esa calle en nosotros que estábamos ansiosos por tocar lo incipiente. Ese ímpetu que alcanzamos entre rápidos pasos, asombrados, llenos de una tibieza que más tarde se alejó. 

 

Pero me digo: aún somos ese primer gran día. Todavía veo los desfiles a caballo, los bailes adolescentes de la mano. Las fuentes rebosantes de agua. 


Mejor dejar que los infantes desaten los lazos que nos unen a muelles donde los antiguos maestros dormían. Un modo de concentrarnos en el don de lo presentido; lo que no podemos precisar y llamamos ternura, fragancia. 



Todo sucedió, imagino, para que estemos hoy frente al río oscureciéndose. Ya no estamos ensimismados por las aglomeraciones de personas que buscan una tarea que los contenga. Volvimos a una montaña imaginada sobre un césped castigado y algo crecido. No hay más demoras en las autopistas junto al río. Todos fluyen hacia algún lado. Conviene celebrar eso.

*

Un lugar humedecido en donde el diseño de los objetos encuentra la aclamación del arte antiguo. Casas con árboles alrededor. Las reverenciábamos de jóvenes de la misma manera que admirábamos los perfiles adustos.

 

Sin embargo, había en nosotros un punto luminoso venido desde un lugar húmedo y lejano. Ínfimo, pero potente. Desde esa luz nació una rosa blanca, frágil por fuera, espléndida por dentro, llena de la adoración que su íntima luz le daba. Con ella descubrimos que las rosas iluminan un obelisco filoso, que no sé de dónde viene, pero responde a vivencias que han quedado en el agua para que las rescatemos. 

 

Nuestros brazos buscan volverse tiernos cuando las estrellas nos tocan. Todo se equipara en el escenario. Conviene recordar: ¿quién puede concluir una frase con demasiado énfasis?

Solo el amor sentido. 


*
Pasa un tren y no puedo imaginar lo que había antes del tiempo. 

La grandeza deja desaparecer el día. Busco una lagartija al sol sobre una piedra que conserva el rocío de la mañana y ella, de pronto, aparece me mira un instante y se pierde. 

 

sábado, 13 de diciembre de 2025

Los cuerpos

Me subo al auto. Antes, pago una suma que considero excesiva por el estacionamiento. Le pregunto al chico que atiende cuanto sale la hora. Hago cálculos. Es correcto el importe. Pero mi auto no está a la vista. ¿Ha sido robado? No puedo tener tan mala suerte un día tan bueno, pienso. Luego aparece detrás de una camioneta, justo en el lugar donde pensaba que no podía caber otro vehículo. Me subo y salgo. Antes, dejo pasar a una persona que camina mirando el celular. Doblo y sigo hasta un semáforo donde tomo mi celular y pongo "Casa" en el Waze. No quiero ver los mensajes arriba en la pantalla. A un lado, veo una casa de los años cincuenta con detalles en piedra; la imagino por dentro. Luego paso por las inmediaciones de un estadio y por la autopista busco el carril izquierdo hasta el límite de velocidad. Cien. A mi izquierda, tengo el aeropuerto. Miro la pista, un avión, dos. Intento divisar algo del río; casi al final de la pista me convoca un cartel. Una joven sonriente, atractiva que muestra la parte de arriba de un bikini. Pero los cuerpos han perdido su capacidad de alterarme. Esas potencias inverosímiles ahora me son lejanas. El tráfico fluye por la autopista; doblo hacia mi casa y dejo el auto. Me gusta saludar al hombre que trabaja de acomodarlos. 

viernes, 12 de diciembre de 2025

De eso hablo

Aquello que después de muchos años de esfuerzo logré, me dejó de importar. A partir de ese punto, quise decir: Esta es mi cuadra. La conozco. Me hallo en sus baldosas y bajo el cielo. Llego a la esquina donde está la fuente. Siento el agua cayendo. Recorro ese murmullo con atención; llego a sentirlo al punto que el agua baja por mi cuerpo a la distancia. A eso he llegado.

lunes, 8 de diciembre de 2025

El tercero

Salgo del turno con la osteópata. Un cordón policial pronto me impide pasar. A lo lejos, varios patrulleros; tomo en dirección a una panadería que está a media cuadra. 

En esa panadería la vez anterior compré unas porciones de fainá. Pero no tienen más, me dicen. Elijo unos sandwiches, cuatro chipás, empanadas y porciones de torta. Me voy cargado; pido dos bolsas. Una para cada brazo. Mejor balancear el peso, explico. Hablan de un delincuente abatido a una cuadra. La víctima: un hombre que venía de una financiera con dólares. Dos personas en una moto lo abordaron y uno de ellos terminó muerto. No hay entusiasmo ni pesar en el tono de las vendedoras frente a una clienta del barrio. El evento ya está en las noticias, agrega otra vendedora. Para salir de ese clima, no pierdo el humor. Frente a la compra de tantos productos, pregunto si voy a tener que sacar una hipoteca para pagar lo que llevo. La vendedora sonríe. No obstante, agrego unas galletas. Pago y sigo mi viaje. 

Doblo a la izquierda. Paso por la puerta de un gimnasio. Detrás de grandes ventanales la gente hace ejercicio. Gallinas dentro de una jaula. Deberían parecerme hámsteres, pero me parecen más bien gallinas. Escucho un padre en algún lado que le dice a un hijo o hija: "No más el tete", en voz alta, alargando las sílabas de la última palabra. A fuerza de repeticiones logra un canto. No logro divisar dónde se encuentra el padre. Tomo a la izquierda hasta las vías. A media cuadra, una camioneta en la entrada de una casa me impide el paso por la vereda. Uno de los dos hombres, junto al vehículo, me pide disculpas. No es nada, digo. A mi derecha, plantas con flores. Rosas, lavandas. Un cartel puesto por un vecino dice: Jardines de O Higgins. Rosas en una ciudad en donde los espacios públicos sufren hurtos. Milagro. Cruzo la vía por debajo de un paso a nivel. Los edificios en el barrio ahora se repiten. Muchos reemplazaron a las casas. Pero algunas subsisten. Me fijo en dos de ellas aprisionadas junto a los edificios. Me decido a tomar una limonada. Elijo un lugar cerca de donde tengo estacionado el auto. Dos jóvenes en la mesa cercana hablan de un tercero en discordia. La mujer le explica que siente una atracción por ese joven y que no sabe qué hacer. El otro es su pareja. No termina de ser clara su intención. ¿Quiere una autorización para tener relaciones con ese tercero? No logro escuchar bien a la distancia. El joven, aunque alterado, guarda cierta compostura. ¿Se está tomando las cosas con cierta filosofía? ¿O en su interior algo arde, pide estallar? La expresión de su cara me da la impresión sí, algo en él arde.

sábado, 6 de diciembre de 2025

En la entrada de las grutas

  

 

En el agua quise concentrarme en la temperatura del agua. Estaba tibia. Luego fuimos a la entrada de las grutas. El lugar donde se calientan las rocas. Esperábamos a unas lagartijas muy simpáticas. ¿Para qué nos siguen? preguntaste.

 

Entre toda la gente tomando sol arriba de las rocas, y todas esas lagartijas, que se miran a veces, por instantes, o de a ratos, unos a los otros, y que se mueven o reposan en busca de algo que no está por acá, ¿quién se apiada del otro para que las miradas tengan cierta belleza contenida?

 

Luego nos fuimos a la desembocadura del río con el mar a contemplar el agua. Un montón de cormoranes estaban con nosotros sobre el pasto, sentían -imaginamos- su blandura. Nos reíamos de la forma como caminaban las aves, de a ratos, mientras la luz se iba del todo. Poco antes, se fueron las aves y aparecieron las estrellas.

viernes, 5 de diciembre de 2025

La sanación

De nuevo en la ciudad. Me desperté cerca de las cinco de la mañana. Alterado por una pesadilla, fui hasta el living. Una luz potente me impactó. Era la de un reflector. Luz fría, penetrante. Una novedad. Estaba prendida en el edificio de enfrente, un poco al costado del mío. Solo después de bastante esfuerzo, concentrado en el ruido del ventilador de techo, aunque las imágenes en mi cabeza no me daban tregua, logré dormirme. Seis y treinta me despertó de nuevo el despertador de mujer. Le reproché su manía de levantarse tan temprano. Acto seguido, le pedí que vaya a hablar con el portero de enfrente para que no vuelvan a prender esos reflectores. Ella realmente es diplomática. Después de un nuevo esfuerzo, embarcado otra vez en imágenes vertiginosas, me volví a dormir hasta las diez y cuarto. 

Me levanté, trabajé un poco y conversé con mi hija desayunando. Cerca del mediodía, mientras afuera llovía, caminé hasta mi oficina. Pasadas las dos de la tarde, comí sin entusiasmo en mi oficina frente a la pantalla y seguí con mis labores. Cerca de las cuatro de la tarde emprendí el regreso a mi casa. Tomé mi auto del garage  y me dirigí al turno con una osteópata. Avancé en el tráfico por espacio de media hora y al fin pude estacionar a unas cuantas cuadras de su consultorio. En el consultorio, felicité a la profesional por los resultados de nuestro último encuentro. Luego me tendí en la camilla y dejé que los pájaros en los árboles, la música de un concierto de piano, el aroma a eucalipto y las manos de esa mujer, aflojen las ataduras que me gobiernan desde que tengo memoria. Al poco rato, no pude contener el llanto.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

La capilla

Subo la cuesta desde el río. Al ser tan empinada, me exige un esfuerzo. Cuando termino de subir, giro a mi izquierda. Camino en dirección a la capilla unos cincuenta metros.  El camino de tierra tiene la selva a sus costados. Paso junto a una valla que impide el ingreso de los autos y entro en un parque generoso, con árboles variados y pájaros cantando. Primero voy hasta lo que es un espacio para fiestas. Tiene un techo alto de madera, ventiladores, una barra y un piso donde -imagino- muchas veces se han dispuesto mesas. El lugar mira hacia el río. Sin embargo, no se llega a ver el agua. Han crecido mucho los árboles y las plantas. Me dirijo entonces hacia la capilla. Como el día anterior, está cerrada. Miro un poco la cruz de madera que tiene al costado y grabo un video para registrar el canto de los pájaros. Por fin, me siento en los escalones de piedra que bajan hacia el lado del río. No hay nadie en los alrededores. Al otro lado, se ven un par de autos estacionados, pero tampoco diviso a nadie. La balsa, que me ha dicho el guía del hotel que va a estar en funciones dentro de un mes, reposa amarrada. Los autos van a cruzar por esta parte del río de un país al otro. Me da pena. Llega entonces un auto del otro lado y deja a dos personas. No las diviso bien desde tan lejos. Se suben a una lancha y, en vez de cruzar el río, se van hacia mi derecha y los pierdo de vista. Me quedo entonces mirando el paisaje. Me siento feliz. Relajado. Con la cabeza libre. Después de estos pocos días de vacaciones he llegado a ese estado. Registro el canto de los pájaros. El viento en mi cara. Leve. Fresco, viene desde confines inesperados. ¿Esto es todo en la vida? ¿He sido bendecido? Pienso entonces que debe ser la hora de volver al hotel para emprender el regreso a mi casa. Si es que algo de todo eso me pertenece. 

martes, 2 de diciembre de 2025

La piedra rojiza

 

Apenas salgo del predio del hotel, tomo el camino que baja a mi izquierda. Día de sol templado. Viento leve. Miro los árboles atento a los pájaros. Como tantas veces, intento focalizarme en lo que pasa sin pensar. Tengo a mi derecha la prefectura, luego unas garitas que dentro de un mes, cuando se inaugure una balsa para autos que está en la costa, funcionarán como puntos de la aduana. 

A partir de ese punto la calle baja de manera pronunciada. Nadie a la vista. Al salir de una curva en la bajada, veo un riacho que va hacia el río; luego descubro una camioneta con dos prefectos parados al costado junto a la orilla. Los saludo. Uno de ellos es morocho y el otro rubio de ojos celestes. Se me ocurre que tal vez sea descendiente de polacos. Me pongo a mirar el río a mis pies. Hay una lancha de madera para pasar a pie. En letras blancas, sobre un fondo azul, dice Romina. Tiene unos salvavidas colgados del techo. Calculo que pueden entrar unas diez personas. Nadie más a la vista. Tomo una piedra del agua y me la guardo en el bolsillo. Miro un poco más hacia la orilla de enfrente. Hay cañas enormes del otro lado y árboles en las laderas de unas colinas donde no se divisan casas; apenas unos plantíos en las cimas. Los prefectos a unos metros conversan por oleadas. El rubio le explica al otro que una mujer le tomaba el pelo preguntándole si era modelo. No entiendo bien el contexto. Solo alcanzo a escuchar que el otro prefecto le dice: "Esas cosas, cuando me pasan, me entran por un oído y me salen por otro". Cómo quisiera tener ese talento. Me pregunto cómo se puede lograr. Pero no llego a nada. Saco de mi bolsillo la piedra y la miro. Como tiene un poco de barro, la limpio en el río. Un color rojizo sale de ella y se pierde en el agua. Un evento simple que necesitaba. 

domingo, 30 de noviembre de 2025

La otra orilla.

Nueve y treinta. Tal como habíamos acordado, me llama mi hijo para ir a a desayunar. Último día en Puerto Bemberg. Por la tarde, sale nuestro vuelo. Desayuno en la mesa del vértice de la galería. Nuestra mesa. Omelette de jamón y queso. No más huevos revueltos. Mantengo el té. Mejor no arriesgar cierta excitación con el café. Mi hijo sigue contento por haber promocionado la materia que lo tenía a mal traer. Hablamos de sus amigos y del vínculo que ellos tienen con las mujeres. Quería así llegar a los de él, pero no logré grandes confidencias.  

Hay una pareja nueva en el desayuno. Un hombre de mi edad, Misionero por el tono de su habla, con una mujer más joven, también de aspecto del lugar. Sonrisa apacible e indeleble. Modos calmos, pelo lacio y negro. Tiene un cuerpo sensual. El hombre por teléfono le miente a su interlocutor: le dice que tuvo que viajar a El Dorado -otra ciudad- y que necesita que quien lo escucha le vaya a dar de comer a los gatos. Su tono impacta con fuerza en cada palabra. Noto también que no le dice gracias a la moza cuando corresponde que lo haga. 

Una vez que terminamos de desayunar, pierdo un poco el tiempo en mi cuarto. Videos de series viejas. La sensación que me queda es de vacío. Decido entonces salir a caminar a la costa del río hasta donde se cruza a Paraguay. Calculo que tengo una hora al menos. Llamo a mi hijo, pero él me dice que prefiere quedarse en su habitación. No sufre los espacios vacíos que padezco. Mira su celular y se mantiene sin algo dramático que lo afecte -porque bien pensadas las cosas nada de lo que nos ocurre habitualmente lo es-. Quisiera poder entender esa cuestión. No creo que logre éxitos notables. Pero esa sería mi meta para los tiempos que siguen, pienso, y salgo en busca del río, de la visión de la otra orilla. 

sábado, 29 de noviembre de 2025

La verdad

Vuelvo al hotel con las gotas y las dejo en la enorme bolsa de farmacia que llevo siempre: cremas para los pies, remedios, espuma de afeitar, loción para después de afeitarme, incluso perfumes. Una carga que arrastro en cada viaje. Me tiro en la cama después de abrir la ventana. Afuera, los grillos empiezan a cantar. Ningún perro ladra a lo lejos. El aire entra. Recupero un espacio de calma. También se oye un pájaro distante. ¿Será un atrapacaminos? ¿O ese otro pájaro que ensaya un ruido tan potente solo de noche?

Mejor leer un poco. Retomo el Diario argentino justo en la parte donde Gombrowicz describe un viaje en barco por el Paraná. Lo dejo. No termina de convencerme. Su mirada sensible se vuelve distante; también cierta afectación en la descripción del paisaje. Prefiero entonces seguir con el libro sobre los patagones del siglo XVIII, el encuentro entre los primeros europeos y los habitantes de la Patagonia.

Me llama mi hijo. Quiere ir a cenar.

En la cena nos sentamos junto a una pareja recién llegada. El hombre, argentino, tiene el aspecto de un inglés afable: pelado, una nariz insignificante, algo de actor de comedia. A su mujer no la llego a ver bien. Calculo que tienen mi misma edad y son de Buenos Aires. Educados, hablan en voz baja. Lo celebro en silencio.

Nos traen una picada de cortesía, tal vez porque es nuestra última noche, o quizá para compensar mis quejas por la falta de continuidad del agua caliente. También ofrecen un vino. Lo rechazo: tengo una botella abierta de días previos, que tomo muy de a poco y me encanta porque está fría. Sé que no es lo que marca el manual del vino, pero la prefiero así.

Llega el primer plato. Lo encuentro muy salado y se lo digo a la moza, aclarando que es la primera vez que el chef comete un desliz: quiero reforzar que su nivel en general es excelente, pero no puedo dejar de emitir la precisión crítica. Mi hijo me dice que exagero. A él le va mejor en la vida, en cierto modo. Pero no puedo escapar de mí mismo.

jueves, 27 de noviembre de 2025

Ciudad de Wanda

Después del tour histórico regresamos a la recepción. Preguntamos a la joven que nos atiende acerca de la posibilidad de ir a almorzar al hotel cercano, el más moderno, construido con madera de pino pulida. Pero mi hijo prefiere el menú de nuestro hotel. Está encantado con la cocina.

Almorzamos en la mesa que está en el vértice entre las dos galerías y nos echamos un rato a dormir la siesta. Cerca de las cinco, salimos hacia el Salto Bonito. Una cascada con un complejo que ofrece mesas y sillas de madera algo desvencijadas junto al agua. Tiene un bar con apenas un par de sillas de plástico.

En la puerta, un joven sostiene con fuerza a un rottweiler que quiere venir hacia nosotros con intención de jugar; aunque su actitud no termina de ser clara. Pido una Coca-Cola. No tenemos, me informa la joven que está con el muchacho del perro. Elijo un jugo para ayudar a los chicos. 

A mi hijo tampoco le gusta el parador. Tomamos un camino que baja hacia el río. Unos niños juegan al fútbol en una cancha con piso de cemento no muy grande. En la costa, pasamos por la prefectura. Al río se lo ve a la distancia. Calmo y con un marrón oscuro que brilla. Mejor emprender la vuelta a la ciudad de Wanda.

Ya en la ciudad, bajo a comprar unas almendras en una dietética y luego vamos a la plaza principal a una confitería que se llama Varsovia. El sitio mezcla lo guaraní con la comunidad polaca. Salgo con una sensación de irrealidad. Estoy en un espacio más fantástico, más libre. En cierto modo, más perfecto. Lo vislumbro en las personas que veo en la calle y en los comercios. Sonrientes, extraños por su aspecto; originales. Los vinculo con un aspecto mío que me encantaría conocer mejor.


domingo, 23 de noviembre de 2025

Tour

 

Pregunto por un tour histórico que ofrecen en la recepción. Es muy fácil, me responden. Coordinamos para hacerlo. El guía, un hombre afable, se empeña en contarnos la historia del lugar con lujo de detalles. Tal vez demasiados. Al final, formulo las preguntas que deseaba cuando el hombre finalmente se calla. No sé por qué tengo esa ansiedad por no quedar opacado por alguien que habla demasiado... Ojalá pudiera pasar más desapercibido de mí mismo.

Ni bien salimos del predio del hotel, tomamos una calle que baja hacia el río. A nuestro lado, está la selva y sus pájaros. Nos explica que en el lugar donde ahora vemos la vegetación llegaron a vivir más de dos mil familias. Cuando llegamos a una capilla, nos explica que hace poco la pintaron para un casamiento. Los novios se ofrecieron a pagar la pintura. Pero eligieron un color tierra desafortunado. Mejor sería un blanco, acordamos. 

Desde la entrada a la capilla baja una escalera de piedras hacia el río. Allí se ubicaban los feligreses para escuchar la misa, nos explica. Incluso había gente del lado de Paraguay. La voz del cura se escucha gracias a la acústica que crean el agua y las barrancas. Un espejo por donde me imagino iban las palabras. De ese modo, creer en algo superior sería más fácil. Vivir con mayores certezas. Otra tranquilidad; otra entrega. Yo me contento con mirar el agua.

sábado, 22 de noviembre de 2025

Diario argentino

No pasé una buena noche. Me empezó a molestar un oído y temí haber comenzado con una infección. Recordé que el agua de la pileta no lucía en buen estado, un evento que en el pasado me resultó sumamente doloroso. Como otras veces, sobreactúo el inconveniente. 

Tomé mucha agua, como hago en estas ocasiones. Así mis nervios, pienso, serán capaces de calmarse. También opté por leer un poco: El diario argentino de Gombrowicz. Pero no logró atraparme. Está bien escrito, e incluso encontré momentos interesantes, pero no sé si por mi estado de ánimo, o porque el autor no termina de entregarse, no logré una inmersión profunda.

Los pájaros empezaron con sus cantos y pronto los intensificaron cerca de mi cuerpo gracias a la ventana abierta. Un viento fresco hablaba de una selva atravesada por ríos. Intenté concentrarme en eso y de a poco pude calmarme. Por fin, cuando recuperé unas escenas eróticas, logré dormir un poco más. Me despertó mi hijo con un llamado a la habitación en el horario que habíamos quedado: nueve y media.

viernes, 21 de noviembre de 2025

La joven del arpa

Ese martes por la noche fuimos también a cenar al comedor. Solo estaba la pareja que no nos saludó cuando entramos de nuestra caminata por el sendero: un hombre de unos sesenta y tantos años y una mujer de poco más de treinta, con una hija de dos o tres. Comían cerca de la puerta. Nosotros elegimos una mesa junto a la ventana. No los miré. Quería evitar confrontar su falta de educación. Pero en mi cabeza seguían presentes: ¿cómo ese hombre había decidido ser padre a una edad tan avanzada? ¿Qué pensaría su pareja? ¿Y qué futuro tendría su hija frente a un padre que sería tan viejo cuando ella fuera todavía joven?

La selva, alrededor de esa casa noble, daba a entender ciertas historias que respiraban junto a la chimenea antigua —que no sé si alguna vez se encendía—, los sillones y la biblioteca de madera pesada que iba del piso al techo, con su escalera para los rincones más altos.

Bifes a la criolla y antes una entrada lograda. Lo mismo el postre. La música agradable. Pero también estaba la niña gritando. Los padres intentaban calmarla, y bastante lo lograban. El hombre con ese tono altanero que había entrevisto, propio de cierta gente del noroeste: un ritmo seguro, incluso un poco sobrador.

Todo lo opuesto a la dulzura de la joven que nos consultaba si habíamos disfrutado la comida. Intenté concentrarme en esas inflexiones y en la manera en que movía las manos. Tenía las uñas cuidadas y unos dedos largos que imaginé tocando un arpa en la galería de la casa una mañana de sol. Por los árboles andaban los pájaros. Luego volví a mi mesa y pedí la cuenta.


miércoles, 19 de noviembre de 2025

El examen


Optamos con mi hijo por ir a desayunar afuera, justo en la mesa que ocupa el vértice entre la galería de un  costado y mira de frente a la selva; más allá está el río. Todo tiende a la calma cuando veo los árboles. El día es inusualmente frío para esta época del año y está nublado. Todo eso me gusta. Hay una fuerza en la primavera. Una transición que todavía guarda un ímpetu propio del invierno. Se crea un margen, y son los márgenes los que más me convocan. 

El desayuno fue un bálsamo. Pero esta vez elegí tomar un té. No quiero someter a mi cuerpo a la tensión que le ocasiona el café. Pero no pienso sostener esta política. Hay algo en el café, esa fuerza inexorable que lleva a mi cuerpo a tensarse, que me atrae. Me da un impulso vital. 

Mi hijo está atento a los resultados de un nota que un profesor tiene que subir la web. Consulta una vez más y sí: están los resultados del examen. Con esos resultados y las anotaciones que tiene de sus respuestas, me explica, debe sacar cuentas. La sacamos con nerviosismo. Parece que le ha ido bien. Volvemos a hacer las cuentas; siempre con una tensión marcada y sí, le ha ido bien. Ha aprobado. Festejamos. Está feliz. Le ha costado aprobar una materia sin tener que rendir un final. Con toda su enorme sabiduría ahí está su escollo. Le cuesta programar sus estudios con tiempo. Hasta hace poco llegaba a situaciones límites. Pero esta vez ha superado esa dinámica y ha promocionado. Me abraza y permanece sonriente en un estado de gracia que solo pueden enmarcar, tal como lo hacen detrás suyo, los pájaros. Su sonrisa no se borra. Se mantiene en sus labios. Cuánto debo aprender de ese joven no alcanzo a saberlo. Si lo supiera mi vida ya habría cambiado. 

martes, 18 de noviembre de 2025

Yarará

El jugo resulta buenísimo. Concluyo que ananá y durazno es mejor que ananá y melón. El melón y el ananá no hacen un buen maridaje: el melón es muy sutil, sería opacado, supongo. Como no tengo el celular ni dinero, mi hijo se ofrece a pagar. Ingresa con la moza al restaurante mientras yo me quedo contemplando el agua que más abajo viaja. Nadie a la vista. La felicidad está acá, me digo.

La joven nos explica que por la noche podríamos ir a cenar. Me interesa el programa. Antes de saludar con una sonrisa a la joven, le doy mi número para que nos envíe el menú. La mujer nos sonríe más. Otra mujer simpática. Nos vamos de vuelta al hotel. Cae la noche, aceleramos. Subimos una cuesta, casi en la oscuridad, cuando diviso una víbora en el camino y se lo advierto a mi hijo extendiendo mis brazos. Me cuesta gritar como forma natural. Está a nuestra izquierda y es llamativamente grande. Mi hijo, a la distancia, le saca una foto. Una yarará. Es venenosa, le digo a mi hijo. Podría habernos mordido, pienso.

Me quedo mirándola a la distancia en la semi oscuridad. Todo pende de un hilo. Es sabido, pero no dejo de perder la capacidad de asombro. Algo dentro mío no termina de aceptar la incertidumbre. Es algo tan descomunal; no lo puedo aceptar. Es injusto, inadmisible. Intolerable. Pero sí que la veo: la incertidumbre es un dragón que a cada rato me muestra su boca, sus colmillos, su lengua y, sobre todo, el fuego devastador que pasa por ella.

lunes, 17 de noviembre de 2025

Mis deseos

 Una vez que salimos del sendero, ingresamos a los jardines del hotel, pasamos junto a la pileta y tomamos otro sendero que dice: "Cascada Guatambú". El camino es más llano. Vamos por un sendero que tiene a los costados cañas del tamaño de un árbol. Llegamos a un claro, un camino que cruza. Tomamos el sendero que se interna en una selva que baja y damos con la cascada. Agua de un color rojizo intenso. Ha llovido y lo traduce el caudal del salto cuando cae unos tres o cuatro metros a un piletón natural. Me concentro en los rojos del agua. Nunca vi algo así. Lástima que mi ánimo no es el más calmo. Tomarme fotos con mi hijo intensifica un nerviosismo bien aceitado. No me gusta registrar imágenes mías cuando no estoy en un buen momento. Sin embargo, lo hago: el tiempo borrará el recuerdo del nerviosismo y solo quedará la alegría de estar con mi hijo. Además, ese tono tan rojizo, me atrae. Me focalizo en él y por instantes cierto aire de amor y de sol entran a mi cuerpo; toco un bienestar muy deseado.

Volvemos a la calle que vimos hace un momento y caminamos en dirección al río. Así llegamos a un complejo de cabañas. Son de madera pero con un efecto de pulido sofisticado. Están enclavadas en la selva de manera de ofrecer las bondades de la naturaleza y el confort de la modernidad. Como no se ve ningún ser humano, indagamos por fuera. Luego vamos a la casa principal donde funciona la recepción de ese hotel y un restaurante. 

Al pie de una escalera, nos saluda un joven. Se ofrece a mostrarnos el lugar. No veo a nadie más. La parte exterior del restaurante impacta. Se ve el río, más abajo, con un verde por momentos traslúcido. La elegancia del agua. Le pregunto al joven si podemos tomar una limonada. Desaparece y al poco rato viene una joven. La moza, sonriente, nos dice que tiene varias frutas, que inclusive puede mezclar, pero no limonada. Opto por un juego de ananá y durazno. Pero mi cabeza se arrepiente; es mejor el de ananá con melón. Sin embargo, no digo nada. Mejor no entrar en más forcejeos en torno a las elecciones y mis deseos. 

domingo, 16 de noviembre de 2025

Después de nadar

Después de nadar y de pasar un buen rato acostados en las reposeras viendo caer la lluvia, volvemos un momento al cuarto antes del almuerzo. El menú del mediodía y de la noche consta de entrada, plato principal y postre. Platos elaborados con productos de la zona, con una nobleza simple. Porciones justas. Las mozas —jóvenes, calmas, amables— transmiten una tranquilidad que parece heredada.

En el almuerzo nos sirven sorrentinos de surubí. Buenos. Nunca había probado algo así. Nos sentamos junto a la ventana que da a la selva. La familia francesa termina de comer en la mesa que deseo ocupar: la mesa del vértice, donde convergen las dos galerías. El mejor espacio existencial. Tomo un poco de vino para atemperar mis nervios y duermo más tarde la siesta. Al despertar —cinco de la tarde— aún caen algunas gotas. Con mi hijo acordamos enfrentarlas para conocer los senderos de la reserva.

Nos internamos en uno que baja. Ramas, hojas secas en el piso, sombras que rozan el cuerpo. Por un momento pienso en los soldados americanos en Vietnam: esa sensación de avance incierto, como si algo pudiera aparecer de pronto entre la vegetación. Pero nada ocurre. Cruzamos un riacho, subimos una cuesta y salimos del otro lado.

Frente a nosotros aparece un camino y varias construcciones que miran al río. Un perro blanco, de tamaño mediano, nos ladra desde la entrada de una casa. El mismo que escuché la noche anterior, supongo. A la izquierda, una casa señorial de dos pisos, de hace un siglo, estimo. Más cerca, una casa más modesta que bien pudo haber sido la del cuidador. En su galería hay un busto de prócer y varias máscaras de arcilla: un pequeño museo improvisado, algo del orden del arte contemporáneo. “Acá vive un artista”, pienso.

Querría acercarme a la casa grande, pero lo descarto. Tomamos la dirección contraria. A lo lejos, dos perros bajitos nos ladran. Un cartel de “prefectura” los acompaña, frente a una casa moderna donde dos gendarmes nos observan.

—Nada de interés —dice mi hijo, y nos internamos de nuevo en la selva.

sábado, 15 de noviembre de 2025

Después del desayuno

Después del desayuno, y de descansar un rato en el cuarto, vamos con mi hijo un rato a la pileta. Se escuchan truenos a lo lejos. Bajo el cielo gris opto por nadar antes de que llegue la tormenta. Intento concentrarme en mis piernas. Atender cuando golpean en el agua. Fijarme en la coordinación de mis brazos. Lo logro por instantes; el resto del tiempo mi cabeza sigue en un tren de pensamientos que circundan siempre una angustia perpetua. Sus temas al menos van rotando. 

Cuando empiezan a caer las primeras gotas, salgo del agua. No es lógico arriesgarme a que caiga un rayo. En una repostera, veo caer el agua. Mi hijo, a mi lado, se entretiene con el celular. Le dedica mucho tiempo a observar videos en las redes. Al parecer, lo hace con placer, cosa que no deja de sorprenderme. Tiene una atención poco censuradora hacia lo que mira; su curiosidad, por lo visto, se traduce en placer. 

Yo en cambio no logro relajarme; incluso frente al enorme espectáculo que es una tormenta tropical. Los pájaros por momentos, cuando para de llover unos instantes, cantan con placer. Celebran la lluvia. Tal vez el café me produce el estado de aceleración que padezco. O es más bien, la imposibilidad de dejar de pensar en la alergia que me invade desde el día anterior. Son ciclos clásicos: salgo de viaje para disfrutar, pero al mismo tiempo hay una presunción: no voy a ser capaz de lograrlo. Tarde o temprano, un hecho en apariencia fortuito va generar un recuerdo o un lazo con una angustia encriptada que emerge en mi cuerpo. Viene de una imagen o de un comentario. De inmediato mi cabeza genera la molestia y luego se queda de forma obsesiva recreándola, buscándola. Está claro que no debe atender a ese pensamiento, no debe conectarlo con la molestia en mi cuerpo, pero no puede dejar de hacerlo. 

No veo por qué tanta saña. La visión por casualidad de una aguja logra que mi cabeza se conecte con el dolor que me generó una infección de penicilina en mi juventud. El dolor reaparece. Casi tan fuerte como entonces. Me ataca y quedo atrapado por un largo tiempo. Mi cabeza recrea la sensación sin el menor signo de cansancio. Lo bueno es que mientras tanto los pájaros cantan y la lluvia cae.

jueves, 13 de noviembre de 2025

La suma de todos los miedos

 

Me tengo que hacer a la idea —y para esto escribo estas líneas— de que voy a vivir siempre con una estructura obsesiva a cuestas. Para bien y para mal, es mi manera de andar. Es un modo agotador que me insume una cantidad enorme de energía y que me limita bastante. Debo atender a montones de detalles capaces de encender alarmas que imagino que en otras personas no se encienden. Tener un instante de paz, de calma, de olvido, de pérdida de las preocupaciones, es un hito en mi vida.

Día tras día, debo vivir pendiente de un tema, que siempre entraña un peligro, un temor, una molestia y ese asunto acuciante. El problema es que, cuando supero un tema, enseguida aparece otro igual de preocupante o más. Salud, dinero, relaciones humanas. En todos los casos, está presente la posibilidad de perder el control de mí mismo, de no ser capaz de gobernar mis nervios, a los cuales les tengo un miedo enorme.

Supongo que cualquiera que me conozca se sorprendería al leer esto porque, gracias a un trabajo descomunal, a lo largo de los años he logrado disciplinarlos. No me ha sido fácil y muchas veces he estado  cerca de rendirme ante sus fuerzas. Pero haberme levantado es mi mayor orgullo y consuelo.


miércoles, 12 de noviembre de 2025

Un vía útil

 Por la tarde fuimos con mi hijo a conocer el pueblo más cercano, Puerto Libertad, un lugar encantado, como son los pueblos de esta región. Todos tienen tierra colorada y el clamor de la selva y los ríos que atraviesan sus comarcas. Pero sobre todo están sus habitantes. Extraños. Desopilantes sería la palabra, pero ningún término en realidad engloba la extrañeza, la libertad, la absoluta naturalidad con la que se aproximan a la vida silvestre al punto de convertirse ellos en lo más parecido a la fauna que los rodea. 

Salto bonito es un lugar que tiene un parador sumamente rústico a sus costados. Y casas humildes, y ese ambiente irreal del que hablaba antes. Lo mismo la ciudad Wanda, que está a pocos kilómetros. Las personas que me crucé no parecían pertenecer a la vida que llevo. Tenían un ritmo que seguramente hacía que el tiempo para ellas fuera muy diferente al mío. Y de eso hablábamos con mi hijo. Yo ponderaba esas características y él decía que prefería cualquier ciudad a la vida tranquila de los pueblos. Tienden a aburrirme, dijo. Le expliqué mi teoría: hay dos tipos de personas. Las que tienden a aburrirse y las que tienden a la ansiedad. Para estas últimas, la tranquilidad, la rutina de un pueblo, puede ser una vía útil para canalizar tanta aceleración. 


martes, 11 de noviembre de 2025

Puerto Bemberg Primer día

Primer día en Puerto Bemberg. Desayuno en la misma mesa que la noche anterior. Hay una familia de franceses que optaron por desayunar afuera en una mesa ubicada en la unión de la galería que tengo a mi derecha y el ala del frente. Un vértice ideal para contemplar el paisaje. Ambiciono en mi cabeza esa mesa para el futuro. 

Nuestro cuarto es amplio y tiene una disposición atractiva. Hay algo en los espacios que me hace quererlos o no de acuerdo a la concertación estética del espacio. 

La familia de franceses está compuesta por un hombre de unos sesenta años, una mujer de una edad cercana y dos hijas de unos veinte años. La noche anterior hablaban animados, pero en un tono educado. Lo mismo una pareja que estaba a un costado nuestro. La música en la cena también estaba en un tono bajo. 

Pero luego la lectura, en la mesa de la galería, por parte del francés en voz alta a su mujer, mientas estoy acostado en mi cama en el cuarto, me molesta. Tiene el idioma una cadencia monótona que me irrita. O tal vez sea la repetición de ciertos tonos que vuelven su voz un tanto cerebral y pedante. En todo caso, me molesta escuchar voces en los ámbitos de mi intimidad. Las molestias invaden mi vida a cada instante gracias a que mi cabeza se la pasa detectándolas. No puede dejar de sondear cada aspecto de lo circundante. Investiga a ver si existen estímulos molestos o placenteros. Una y otra vez, sin cansarse.

lunes, 10 de noviembre de 2025

Puerto Bemberg

Día con altibajos. Desayuno y visita histórica a Puerto Bemberg. Fundado por una familia de mucho dinero. Su objetivo, en teoría —dijo el guía—, era el desarrollo de la región. Llegó a tener más de dos mil familias viviendo allí para producir yerba mate.

Al principio —nos explicó— usaban hombres recios para combatir la selva. Pero había desorden, peleas, recelo. Cosas de machos impetuosos. Lo más útil, convinieron los empresarios, fue establecer familias: orden social. Así prosperaron.

Pero prosperaron tanto que debieron enfrentarse al mismísimo presidente de la República, que quiso una parte de sus fortunas. La lucha fue a muerte, y primero debieron irse los Bemberg —tan ricos: setenta y dos propiedades por todo el mundo, dijo el hombre—. Luego el presidente, cuando fue derrocado por enemigos similares a los Bemberg. Todos perdieron. En ese entonces, las luchas eran a cara o cruz, dijo el guía.

Hoy quedan los edificios en representación de esa historia. Una capilla frente al río. En sus escalinatas externas el cura daba misa para miles de feligreses. Había incluso algunos del otro lado, en Paraguay, porque el río —gracias a las hondonadas costeras— crea una acústica excelente, nos explicó. La voz de los curas bajaba desde lo alto en busca de un sentido, de una pacificación que tal vez no llegó nunca.

domingo, 9 de noviembre de 2025

Puerto Bemberg

 

Después de ir al lado brasileño de las cataratas, pasamos por un shopping duty free. Convocante el ambiente gracias a la simpatía de las vendedoras. Pasamos incluso un rato agradable en el sector de perfumes. Contagia el entusiasmo de mi hijo en torno a los aromas. Decidí, además, soltar un poco la billetera: compré ropa y algunos chocolates. Bastante generosidad para lo que suele ser mi estilo, en favor de no comprar cosas que no preciso. Por supuesto, la medida de la necesidad es amplia, y en mi caso está la obsesión de no caer en la frivolidad. En mi cabeza, significa un pecado grave: una forma de caer en la intrascendencia. Si yo fuera más leve, vería que la frivolidad también puede ser una forma de diversión, un respiro, aire.

Seguimos viaje por una ruta de noche que desplegaba los aromas del campo en verano. Alrededor estaba la selva misionera, con una electricidad convocante.

El Waze nos hizo ir por una serie de caminos vecinales donde había atrapacaminos —pájaros de colas largas y ojos fosforescentes— que esperaban nuestro avance inminente para levantar vuelo. Por fin llegamos. El lugar es una reserva privada que pertenece a una de las familias más ricas de la historia de nuestro país. La posada hoy tiene el ambiente relajado de los hoteles que fueron de categoría y transitan una vejez serena. Se nota en la calidad de los muebles y en la nobleza de las paredes. Todo lo realza el encanto de las mujeres que atienden, difícil de igualar. Diría que tienen un amor por sonreír que las asemeja al canto de los pájaros. También una suerte de practicidad y sabiduría grandes. Saben estar bien gracias a un talento innato para hacer las cosas más a mano. Adoro sus modos, su forma de hablar y sobre todo sus pelos lacios.

viernes, 7 de noviembre de 2025

El miedo a lo desconocido

 

Amanece en Puerto Bemberg. Escucho los pájaros, fuertes, intensos, alegres. La selva los entusiasma o tal vez es el río cercano y la promesa del verano. Son jóvenes, supongo. Todos los pájaros lo son. Nunca he visto la vejez en uno. 

Logro volverme a dormir y después me despierta con suavidad mi hijo. Me dice: Son las nueve y media. Desayuno y luego ida a la pileta a nadar. Se escuchan truenos a lo lejos; pronto llegan las primeras gotas. Salgo por precaución del agua. Vemos con mi hijo el aguacero acostados en una reposaras bajo un techo junto a la pileta. Como mi hijo está a la espera de una nota de su facultad, mira cada tanto el celular a ver si hay novedades. Todavía no. El profesor quedó en subir las notas el día de ayer. Pero eso no ocurrió. Mi hijo vuelve, entra al mismo lugar de la web, pero no hay caso. 

Intento relajarme, pero no logro. Permanezco en la reposera concentrado en los árboles mojados por la lluvia. No logro el ansiado descanso. Sospecho del café. Muy fuerte. Persiste en mi cabeza una fijación, un estado de alerta que no se compadece con ningún hecho puntual. Sospecho de mi trabajo. En el último tiempo, siempre me ocurre lo mismo: pienso que tengo oportunidades atractivas en lo material al alcance de mi mano. Treinta años de trabajo como abogado dieron sus frutos. Me queda un esfuerzo más para recogerlos. Las ideas para ampliar mis reclamos. Ocurre que vienen a mí con la mayor naturalidad. El problema es que me falta entusiasmo. Quisiera huir hacia espacios más libres. Lugares que tildo de más "creativos". Pero hasta ahí llego y me estanco. Temo no voy a tener una inserción específica en el mundo del arte. Me digo que en realidad no creo en el mercado del arte. Y tal vez por eso no se me da tan bien como el tema de los reclamos. Esas demandas en mi cabeza vienen a mí como pájaros a las ramas de un  árbol. ¿Mejor aceptarlo y continuar con miles de reclamos más? ¿O debo privilegiar mis ganas de lanzarme a crear? 

jueves, 6 de noviembre de 2025

La belleza y la paz

 

Volvemos al hotel. Ducha y salimos para el pueblo. Recalamos en un restaurante que nos recomendó nuestro amigo de la agencia de autos Joel Esteban. Está bien el lugar, tiene mesas afuera. Están en un patio que da a la calle. El ojo de bife que pruebo es algo fuera de serie. Se lo pondero al mozo. Las papas fritas en cambio son de "paquete. Lo artificial, lo imperfecto siempre está al acecho, y esa falsedad me se empeña en cortar los contados momentos en donde la belleza y la paz se hacen presentes. La mayoría del tiempo reina la imperfección. Por eso debería abrazar con todas mis fuerzas a esas manchas. Ser capaz de ver en detalle su belleza y sus tonos. Va siendo hora.

Pero por lo pronto prefiero continuar en busca de esos instantes preciados, absolutamente infrecuentes, que cuando aparecen resultan intensos. A tal punto, que el devenir se alinea con el sentimiento y entre uno y el resto no hay nada.  

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Cataratas

 

Llegamos hasta el final de nuestra caminata: la Garganta del Diablo. El lugar donde el río cae. Blancura que desciende en busca de un nuevo piso. Me quedo con la fuerza del agua, con su volumen, su fascinante potencia. Me tienta dejarme llevar, pero sería perder la vida. Así funciona la atracción máxima de la belleza: la mayor potencia encarna el fin.

Arriba, a los costados, están los pájaros, cantando como si nada. O más bien, como si esa fuerza demoledora los exaltase también. Los árboles, toda la vegetación excelsa, acompañan junto con los coatíes, los monos, los cervatillos e incluso los jaguares. El paraíso: el lugar desde uno debe caer.

martes, 4 de noviembre de 2025

Las mariposas

 

Almorzamos en un lugar que tiene rejas para que los coatíes no roben las comida de los turistas. Desafiamos a esos animales comiendo en las mesas que están afuera de la jaula. Ninguno se acerca no obstante. La comida es poco lucida, por al menos no nos demoramos en la espera. Caminamos un poco más. En el museo de los guardaparques, en sus galerías, nos echamos en un banco de madera a tomar un siesta. Delicias de la vida que ocurren cada tanto. Mi hijo me despierta para continuar. Dice que roncaba. 

Después, de visitar la garganta del diablo, y ver la fuerza del agua de primera mano, volvemos a pie en soledad. Hay un conjunto de mariposas en el suelo. Nos acercamos; ellas vuelan y forman un nube. No son grandes y tienen todas colores amarillos. Se mantiene en torno mío. Sonrío. Mi hijo me saca una foto con ellas. Es algo inusual. Me propongo grabar el instante. Fijarlo para darle importancia. Volumen. Calado. Debería quedar en la historia. Mi historia. La que rescata instantes que superan a las angustias y me ofrece la impresión de que al final todo ha valido la pena.

domingo, 2 de noviembre de 2025

Madre e hija

 

Amanezco en el hotel en el medio de la reserva ecológica cercana a Iguazú. Las cosas parecen encontrar una calma. Sobre el fin de la tarde anterior, fui a nadar. La pileta se había recuperado bastante de la lluvia intensa. Un buen hombre vi que la había limpiado más temprano. Nadé un poco entre una madre y su hija. Tenían la impronta de la gente alegre. Se reían de cualquier cosa prácticamente. Parecían muy felices de estar en la pileta. Solo eso. Supuse que eran de un origen humilde porque tenían un fisonomía propia de los pueblos originarios. Gracias a ese dato, mi cabeza elaboró toda una teoría basada en cuestiones bastante resbalosas y cuestionables. 

Después, llegaron dos parejas de alemanes. El contraste fue evidente. Gente de edad avanzada que circuló por la pileta con más recato. No me sugirieron más que una vida de trabajo. Décadas para disfrutar bajo las cascadas artificiales de la pileta. Sonreían por momentos. Mucho menos que las bulliciosas madre e hijas que para entonces me parecían algo alejadas de mis parámetros. ¿Eran demasiado grandes para reírse por nada? 

Por lo visto, mi cabeza tiende a la censura de un modo demasiado pronunciado. Lo peor es que eso funciona conmigo también. 

sábado, 1 de noviembre de 2025

Belmond Hotel

Emprendemos la ida hacia la frontera y, tras casi una hora de espera, por fin ingresamos a Brasil.
Las rutas están en refacción. Se percibe más desarrollo de este lado, si es que la palabra desarrollo resulta adecuada para describir la proliferación de signos de urbanidad: carteles, rutas, edificios, menos naturaleza.

Llegamos a la entrada del parque y decimos que vamos a almorzar en un hotel de lujo que funciona dentro del predio. Nos envían a un apartado, donde un hombre sonriente nos explica que va a averiguar si tienen disponibilidad. Llama y resulta que sí; pero debemos esperar el traslado, nos dice.

En eso aparecen dos hombres y una mujer. Tienen, calculo, unos sesenta años y son norteamericanos. Los hombres visten como turistas dispuestos a la aventura: remeras dry fit, sandalias de caminata, pantalones largos y ligeros. Llevan largavistas y son atléticos a pesar de su edad. La mujer, en cambio, parece más relajada. Hablan de las bondades del hotel al que nos dirigimos. Supongo que disfrutan con orgullo, pues consideran que han hecho lo necesario para gozar, con cierto entusiasmo, del turismo de alto nivel. O al menos eso colijo de sus modos y de lo que conversan: comparaciones con otros destinos, ideas de actividades para los días que siguen. Imagino que son estrictos con sus dietas y que se mantienen atentos a no envejecer mal los años que les quedan.

Descendemos con mi hijo de la combi y vamos a conocer un poco el hotel. Él está interesado, pero no llega a ser dominado por la frivolidad del lugar. Yo, al principio, estoy un poco más impresionado, pero con el tiempo la visión de una mujer con múltiples cirugías, la falsa elegancia de algunos que posan para unas fotos y otros detalles terminan por sumirme en la tristeza que a veces tiñe la riqueza y su frivolidad.

Con todo, almorzamos algo en la terraza. Pero el servicio es lento. Y, para peor, las camionetas y los ómnibus de traslado de turistas, detenidos con los motores encendidos frente a nosotros, nos tapan la vista de las cataratas y nos perturban con el ruido. En realidad, a mí me perturban. Mi hijo no se altera por cosas que no tienen importancia. Tiene otro talento para calibrar las acciones. Por eso se mantiene más calmo y mira el cielo. Supongo que también entreve que pronto pasarán unos pájaros.


viernes, 31 de octubre de 2025

Cataratas

 

Cena en el hotel. Una pareja de personas mayores lee el menú durante un largo rato. Nosotros pedimos una entrada y un plato principal. Ambos llegan juntos, después de bastante espera. Así son las cosas por acá: descontracturadas, informales y, sobre todo, matizadas con sonrisas.

Me regalan una copa de vino. El trato con la moza es feliz. Estoy bien con mi hijo. Hablamos de los posibles resultados de las elecciones que se celebran al día siguiente. No sabemos mucho; coincidimos. Tampoco nos importa demasiado: tenemos cierta consciencia de cómo actúan las franjas de poder para captar voluntades, y creemos que con nosotros no lo logran.

Dormimos agotados y temprano. Por la madrugada se larga una tormenta. Disfruto el ruido del agua. Amanece y escucho el estruendo de unos pájaros enormes, fantásticos.

Por fin puedo dormir un poco más. Desayuno y partida a las cataratas. Cola para sacar las entradas, ingreso, entusiasmo. Hay bastante gente: entre ellos, una pareja que se abre paso, una francesa impetuosa que arrastra a su compañero y quiere avanzar más rápido que los demás.

Las cataratas tienen un caudal excepcional estos días. Es placentero concentrarse en el agua justo cuando se prepara para caer con vértigo. La vegetación y los pájaros acompañan. Por los senderos se ve mucha gente, y sin embargo hay un clima de hermandad. Los que pasan en lancha a lo lejos saludan; lo mismo cuando subimos al tren. Unas mujeres africanas saludan con cierta levedad a los que van por el andén. No terminan de dar rienda suelta al impulso de mover las manos. Supongo que por pudor.


jueves, 30 de octubre de 2025

El niño Florian y mi hijo

El joven que nos gestiona el alquiler del auto termina siendo una suerte de amigo. Joel Esteban nos dice que se llama. Curioso nombre. Hablamos un poco del hecho de tener un segundo nombre y de encontrar gente con el mismo nombre que uno. Bromeo que a mi homónimo me lo voy a encontrar en algún punto de este viaje. Cuando eso ocurra, te voy a mandar una foto de los dos, le digo. Sonríe. Es un joven sano, afable, alegre. Al menos en la dimensión que puedo atisbar.

Llegamos al hotel donde también nos recibe un hombre afable. Christian. Serio, dedicado, algo histriónico. Nos muestra la habitación inmersa en la selva. Nuestros vecino son una pareja con un hijo de dos años, calculo. Un niño mimado que recorre más tarde las mesas en busca de atención, cariño, saludos, no está claro qué busca. Tal vez lo suyo sea curiosidad. Asombro. Todo lo que con los años perdemos de manera dramática. Florian se llama, y me cae bien a pesar de sus gritos. El padre va detrás. 

Con mi hijo las cosas discurren bien porque es un ser sabio. Tiene una serenidad y una templanza que convoca a disfrutar de su compañía. No tiene modos bruscos o altaneros. Y si los tiene, suele ser consecuencia de un comportamiento injusto de un "otro". Su filosofía de vida está basada en la ecuanimidad, de algún modo. Un centro que lo mantiene iluminado.

miércoles, 29 de octubre de 2025

Alquiler del auto

Vamos a buscar el auto de alquiler en el aeropuerto. Un joven me dice que no hay reserva a mi nombre. Había una, pero fue tomada. ¿Alguien usó mi nombre? No está claro. Primero debe atender a un peruano insistente y poco educado. Un hombre que tiene aspecto de un topo grande y desvencijado. Por fin, me atiende y averigua. Había dos reservas a mi nombre. Cuando una persona más temprano dijo mi nombre, se le dio un auto y se canceló la segunda reserva. Otra persona tiene mi nombre, por lo visto. Me muestra el joven la copia del documento de mi homónimo. Al menos, tiene un segundo nombre, pienso. No sé llama exactamente como yo. Una ridiculez que me calma. El segundo nombre no es común, es el de un primo mío no obstante. Un primo casi de mi misma edad. También estudió derecho, pero, al menos en mi cabeza, se inclinó por un camino más escarpado que el mío. No sé qué significado profundo tiene lo que cuento. Del mismo modo que no sé qué significado tiene ese primo dentro de mi historia. Podría ensayar varias hipótesis, pero estaría forzando las cosas. 

martes, 28 de octubre de 2025

Buenos Aires Iguazú

Vuelo Buenos Aires Puerto Iguazú. Me cuesta abandonar mi hogar, mi zona de confort, el centro conocido en donde suelo sentirme encerrado, pero menos incómodo que de viaje. 

Agradezco sin embargo haber llegado a este lugar selvático. Esta vez con mi hijo. Vine con él cuando tenía tres años. Ahora tiene diecinueve. Dice que no recuerda casi nada. Yo también tengo enormes lagunas. Recuerdos salpicados, intermitentes. Lo mismo con el resto de mi vida. Los días están para ser olvidados. Tienden a eso. Solo se pueden rescatar instantes. 

Nos llevó quien oficia de chofer en el hospital donde yo trabajaba. Un hombre que le gusta hablar mucho y de buen corazón. Siempre viajo hacia el aeropuerto con él porque las rutinas me calman. 

Nos informan que hay demora en el vuelo. Unos niños gritan a nuestro lado. Opto por mudarme al otro extremo del espacio. No hay caso. Los niños pronto están cerca de nuevo. Corren a los gritos sin límites. 

Vuelo agradable, pero con molestias inéditas. Una mujer detrás mío me pide que no recline el asiento; le quita espacio para sus piernas, argumenta. Otra mujer, a un costado, no para de golpear el suelo con sus piernas mientras escucha música con sus auriculares. Me resulta irritante su aspecto, su aura. A veces me pasa. Detecto algo en mi cabeza. Señales que me dicen cosas. En este caso, sus gestos y su aspecto físico, delataban que no era de mi agrado. Después, ocurrió el episodio de golpes frenéticos en el suelo. Resultado: no pude dormir.

Pero todo se encamina cuando llegamos a Puerto Iguazú. La gente suele tener un tono reposado, amable. Congraciado con la vida. Justo lo que necesito.

domingo, 26 de octubre de 2025

Día curioso.

Día curioso. La secuencia fue así: Le dictaba a mi celular en la esquina de mi oficina, antes de cruzar la calle, cuando un motociclista, con el semáforo en rojo y sin casco, avanzó con una mujer atrás que intentó arrebatarme el teléfono. Por suerte, retuve el celular y luego la patente; solo las letras, porque los números estaban borrosos. AVT alcancé a ver. Después, corrí hacia ellos, Pero no los encontré. Opté entonces por tomarme un taxi a ver si los encontraba. Pero en vano. Solo rescato la charla con el taxista. Días atrás, me dijo que vio un episodio similar a una cuadra de mi evento. Este país tiene gente desgraciada o muy noble, le comenté. Se vive en los extremos. Una creencia absurda que mantengo porque necesito sostener una fantasía para crear realidades paralelas. Detrás está la imposibilidad de aceptar un escenario tan complejo y extenso que me resulta imposible de comprender. 

viernes, 24 de octubre de 2025

Lo excitante

Estuve en el taller y volví a pintar arriba de varios cuadros, unos once. Algo se soltó en mi pintura. Había una conciencia de antiguos maestros venecianos, que estaba en algún lugar y que de pronto vino a mí. 

Llego, con el final de cada jornada de trabajo, al espacio que tengo junto a un patio, donde escucho los pájaros y levanto la cabeza solo para ver un espacio de cielo. No me importa. Priorizo los colores, que se han desatado con sus pigmentos y sus tonalidades, en pos de alcanzar una realidad más alta que todavía no comprendo. Y eso es lo excitante. 

jueves, 23 de octubre de 2025

El ser eterno

Estaba en mi despacho, entró mi padre, hablamos de algunos temas de trabajo y, de pronto, cuando le comenté que un tapicero —llamado Ángel— me había dicho que todavía no lo había contactado, todo terminó mal. El tema fue así: días atrás, le había dicho a mi padre que sería una buena idea que se comunicara con Ángel, un buen tapicero, para que le arreglase un par de sillones que tiene en su oficina en un estado poco lúcido. Como me respondió que le interesaba arreglarlos, les saqué fotos y las envié a Ángel junto con un mensaje pidiéndole un presupuesto para la realización del trabajo. También le avisé que mi padre se iba a poner en contacto con él. Acto seguido, le escribí a mi padre para contarle que ya le había pedido el presupuesto a Ángel y que, de ahí en más, él debía seguir con el tema, si le interesaba. El problema es que, como tantas veces en el último tiempo, mi padre me dijo que no había entendido eso. Volvió sobre mi mensaje e insistió en que no era claro. Su veredicto es falso. El hecho en sí me ha llenado de bronca. Si hay algo que no tolero es la mentira descarada —algo que bastantes personas toleran—. Aunque, en verdad, no sé si se trata de una mentira de mi padre o si realmente cree que mi mensaje tenía el significado que pretende asignarle: que yo iba a recibir el presupuesto y luego se lo iba a pasar. No sé qué pensar. Supongo que mi padre se encuentra en un estado de confusión y que mis recursos a favor de la compasión están fallando. Mi talento compasivo es bajo y, ahora más que nunca, esa pobreza se pone en evidencia. Lo peor es que —caigo en la cuenta— todo este rigor lo he mantenido conmigo mismo desde un tiempo remoto, antiguo, en mi ser eterno.

miércoles, 22 de octubre de 2025

La mujer de vista

Me levanto poco antes de las seis de la mañana con una fuerte contractura, producto de un asunto de trabajo que se complicó por la impericia de mi padre. Pero no es tan así. No quiero hacer ciertas cosas y se las pido a él, que hace lo posible. Es todo un gran sinsentido basado en la necesidad de realizar acciones “productivas”. Los dos estamos encerrados en esa cuestión, así como casi todas las personas en este planeta. Las acciones deben ser útiles. Luego, algunos pocos, desde ese bienestar, pretenden llegar a un avance espiritual. Pero no es fácil. Por lo pronto, me levanté a mirar el cielo: tenía algunas nubes y había mucho viento. El día de primavera perfecto. Pero un día más tendría que enfrentar los escollos que encuentro a diario en la oficina para lograr bienes. Y eso hice. Después, en mi taller, una mujer me golpeó el vidrio y me preguntó si yo vendía los cuadros o daba clases de pintura. Le dije que ni una cosa ni la otra, que pintaba por placer. La mujer lanzó una exhalación de satisfacción, me felicitó y se fue. Me quedé pensando qué haré con mis cuadros. ¿Debería regalarlos a quien los quiera? ¿O intentar venderlos para no tener que ir más a la oficina? ¿En ese caso todo sería mejor? ¿Si ganase mucho dinero estaría mejor? ¿Se puede estar realmente muy bien en la vida? ¿Es justo pretender tanto? 

lunes, 20 de octubre de 2025

La silla

Me levanté nueve menos cuarto. De eso me acuerdo perfecto, miré el reloj. Pensé que había dormido bastante bien. Sueños intensos, como siempre, que me llevan a escenas que no podría traer a la luz. Tienen una intensidad tan grande y por lo tanto tan real que me han hecho pensar que dormir me genera cierto miedo por la inmersión que supone en mundos demasiado extraños. Desayuné con mi pareja cerca de las once, atento a las plantas moviéndose apenas en el balcón. Era un día de sol de unos veintidós grados, el tipo de clima que genera una felicidad innata. Poco después fuimos a comprar almohadas a un local que queda a pocas cuadras de nuestra casa. Ahí sucedió el hecho tan particular y tan inexplicable como los sueños. Me senté en una silla de metal con cuero negro a esperar que el vendedor le mostrara unos acolchados a mi pareja y, en esa posición y en ese lugar, sentí un placer fuera de serie. El diseño de la silla, la manera como recibía a mi cuerpo, su orientación, todo era de una calidad infrecuente. Un bienestar tan grande había en esa silla que no recuerdo una experiencia igual.

domingo, 19 de octubre de 2025

La osteópata

 Me subí al auto para ir a la osteópata que me había recomendado mi hermana. Treinta minutos de viaje. El Waze me hizo pasar por calles que no conocía, de un barrio residencial que me hizo pensar que había viajado a otra ciudad. Delicias de las máquinas. Bastante tráfico, pero llegué en horario. El edificio era nuevo, con un portero eléctrico confuso en relación con sus símbolos. Solucionado el asunto y convencido de que no tengo una inteligencia considerable para esos temas, me recibió la profesional en una oficina que irradiaba paz: música de pájaros y un piano de fondo, aromas placenteros y vistas a árboles altos y frondosos. Todo limpio y yo feliz. La mujer me pidió que me quitase la ropa a excepción de la interior y comenzó a trabajar en mi cuerpo. A partir de entonces, entré en una dimensión sanadora. Por primera vez en mi vida se liberó en mí una angustia inveterada y sentí unas ganas tremendas de llorar; supe enseguida que esa angustia tenía que ver con una persona que trabaja conmigo y me recuerda a mi madre por su incapacidad para tener cierto apego a la verdad. Faltas que yo también tengo y que no quiero ver en toda su magnitud. De manera que ahí están ellas, mostrándomelas con grandes carteles que siempre he elegido ignorar, convencido de que se trata de conductas muy distintas a las mías, cuando en realidad no son tan diferentes.

sábado, 18 de octubre de 2025

Un viernes como tantos

Un viernes como tantos de los que tengo memoria, aunque estuvo mejorado. Fui a la misma oficina de siempre, pero esta vez almorcé en un restaurante donde tengo un amigo —el dueño—. Antes, estuve frente a la plaza tomando un café con mi padre; esta vez hablamos de las maravillas arquitectónicas que nos rodeaban y de las tres plazas contiguas, con árboles inmensos de especies variadas. Al terminar mi jornada fui a ver un remate de arte y luego a pintar a mi taller. Por fin visité a mis suegros con mi pareja y hablé con mi suegro de una manera afable. Ya no siento el encono que a veces me perseguía, sin el menor sentido, como si quisiera demostrarle su supuesto egoísmo. Cené con mi pareja e hijos y ahora escribo esto mientras escucho la fuente más abajo; lo demás está quieto. Quisiera reducir el tiempo que paso frente a la televisión a la mínima expresión. Días atrás charlé con un hombre que dedica su vida a dar seminarios sobre Borges. Me dijo que no tiene tele en su casa y me pareció que debía de llevar una vida más silenciosa que la mía, pero se debe tratar de una fantasía más de mi parte. En la charla se me ocurrió decir que quien nos presentó era una buena persona y que, por lo tanto, era sabio. El especialista en Borges optó por contradecirme: se refirió a que el papa argentino era bueno pero no sabio, y terminó dando razones políticas para fundar su juicio. Conocía bien las obras de Kierkegaard y de Spinoza, pero a la hora de la verdad se enfrascaba en situarse en la orilla del bien para despotricar contra los que hacen el mal. Espero estar lejos de esas playas.

viernes, 17 de octubre de 2025

El valle de los templos

Día con una intensa lluvia desde el amanecer. Son la una y treinta y ocho de la tarde; veo el fuego en la parrilla. Planeo un asado a pesar del tiempo. Quiero disfrutar el ruido de la lluvia golpeando las plantas, el techo de chapa. Es que los sonidos se repiten con gracia, como parte de una melodía que acompañan los pájaros.

Mientras encendía el fuego me puse a pensar en mi vínculo con esa oficina en el cuarto piso frente al Palacio de Tribunales. Allí trabajaron mis dos abuelos  paterno y materno—. Dos figuras muy diferentes. Lo mismo mi padre y mi madre. Mi padre, práctico, terrenal, conciso, algo árido, falto de aire. Mi madre, etérea, soñadora, volátil, impredecible. Desequilibrada.

Con ellos me tocó hacer mi vida. Tal vez ya la tengo tan realizada que sus particularidades cada vez quedan más lejos mío, como si finalmente no importaran. 

jueves, 16 de octubre de 2025

Una noche

Estaba en un mundo feliz. En lo alto, en la oscuridad, frente a otros edificios que eran como pinos diseminados por un bosque de concreto. Abajo, como una vertiente, había una fuente. El mundo giraba de nuevo. No existía más que la noche fría y calma. Me puse a mirar por la ventana. En un instante, a la distancia, pasaron dos aviones por el cielo sin nubes.

Todo lo que había generado pérdidas y tristezas se había ido del mundo. No por arte de magia, sino por un proceso que esa noche el ruido del agua festejaba.

miércoles, 15 de octubre de 2025

Desde muy niño

 A pesar de la persona que ayer me había enviado un mensaje molesto, y no obstante el reflector impactante que alguien había puesto en una terraza, casi enfrente de mi departamento, estaba bien, había dormido de un tirón casi, el día era soleado, fresco. Estaba en la mitad de la primavera. Para las diez de la mañana ya había hecho mucho: corrección de una novelista, una entrada en el diario, lectura de los diarios, y asuntos de trabajo. En mi vida lo mismo: una familia, un matrimonio feliz, muchas adversidades superadas desde niño, desde muy niño, en una plaza cercana a mi casa de entonces. Había muchas personas extrañas por ese barrio donde todo era opresivo. Los edificios unos con otros. Las avenidas llenas de tráfico, de humo y sobre todo de ruidos torturantes. Nada que ver con los días en que pasabas en la casa cercana a la playa de tu abuela. En esa casa las flores en el verano estaban en su dimensión más feliz. Erguidas a la espera del sol, y más tarde del agua de los regadores que tu abuela se encargaba de prender sobre las nueve de la mañana. El ruido que hacían esos regadores era un golpe seco continuo y predecible que dejaba sentir la fuerza del agua. Y el agua brotaba, decía lo suyo.

martes, 14 de octubre de 2025

El misterio

Me desperté a las nueve de la mañana después de dormir atento de alguna manera a la posibilidad de sentir la bocina de un auto que pasa a buscar a los hijos de mis vecinos. Me fastidia que no usen otro método de comunicación para avisarle a los niños que deben salir de la casa. Pero prefiero evitar, en lo posible, entablar una conversación con mi vecino; ya me ha demostrado que se maneja con parámetros muy diferentes a los míos y por lo tanto no tengo ganas de adentrarme en una dialogo que, hasta lo que podido constatar, está lejos de mi eje. Sé a esta altura de mi vida que todo esto que digo es bastante relativo porque todas las miradas ética lo son, pero me quedo con la mía y sostengo mi decisión de evitar en lo posible entrar en cualquier tipo de vínculo con ese vecino. 

El día desde el inicio advertí que era glorioso. Soleado, fresco, la primavera en su plenitud; del mismo modo estaban los pájaros. Exultantes, lo mismo las plantas, las nubes incluso parecían más blancas y el cielo de un celeste pletórico. El día transcurrió muy en ese tono, aunque matizado cada vez más por una necesidad, que tengo muy arraigada, de sumergirme en algún tipo de obligación que me permita justificar mi tiempo. El trabajo para eso es ideal. Me dediqué entonces a trabajar suponiendo, como siempre, que ese impulso me dará algún tipo de expiación. También me di el tiempo para pintar. La pintura en el último tiempo alcanzó un grado de amor notable. Lo siento ni bien tomo el pincel y reparto los colores -y ellos se unen- en la paleta y después en la tela, y de algún modo me muestran la posibilidad que tienen den generar un espacio impredecible que  se va develando en un sentido que no obstante los avances mantiene un grado enorme de misterio. 

lunes, 13 de octubre de 2025

Gracias al viento

 

Mi día: me levanté tarde, once de la mañana; dormí mal debido a una fiesta en la esquina de mi casa. Me acosté en un cuarto y amanecí en otro. En el medio, busqué el mejor lugar para evitar el estruendo. Un arte que he perfeccionado bastante. 

Ni bien me levanté, vi que el día estaba nublado y con viento. Un día de primavera frío, aunque no tanto, y con la certeza de que pronto va llegar el calor según lo demuestra el verde del paisaje que miré con felicidad. Un perro sin embargo ladraba más o menos cerca y eso me descoloco por un tiempo. Pero ni bien el calló la paz regreso a mi cuerpo. Todavía no sé cómo voy a ser capaz de separar mi paz de la de mi entorno. Hoy por hoy me resulta un desafío imposible. 

Desayuné tarde y me puse a hacer un fuego; enseguida salí de compras al pueblo. En ese momento, ahora que recuerdo, lloviznaba. También tengo en claro que a mi vuelta otros vecinos celebraban a los gritos los juegos de unos niños. Cuándo me olvidaré de los ruidos a mi alrededor es algo que tampoco logro imaginarme. Del mismo modo que tampoco me imagino cómo podría pasar por alto el canto de los pájaros, el sonido del agua y tantas cosas como ser el vuelo de una grulla. Cosa que vi al final de la tarde cuando volvía con mi pareja y nuestra perra de visitar la capilla que está en el espacio verde al final de la calle. Habíamos cortado un poco antes con mi pareja unas ramas de eucaliptos medicinales que precisa para una muestra de arte que planea en pocos días. Cerca de las seis de la tarde, me preparé un café y, tal como temía, me aceleró. Lo noté cuando me acosté boca arriba en el suelo junto al filtro de la pileta a ver el cielo y escuchar el canto del agua. Había nubes en el cielo y pronto sentí las primeras gotas. Entonces decidí volver al gimnasio. No ejercité mucho tiempo esta vez, apenas media hora, lo suficiente para adquirir cierto cansancio útil para más tarde descansar, cosa que ahora espero hacer cuando han pasado más de treinta minutos de la medianoche y afuera el viento mueve con fuerza los árboles. Mañana se pronostica un sol pleno gracias a ese viento. 

domingo, 12 de octubre de 2025

Días felices

 

Desayuno cerca del sol y primer baño en la pileta de la temporada. Pude nadar incluso porque no estaba tan fría el agua. Fui y vine por la pileta atento a la coordinación de mi cuerpo. El agua se dejaba tocar y más que nada me dejaba flotar. Asado de almuerzo. Antes fui al pueblo a comprar la carne, las frutas y las verduras. En el supermercado chino, me quejé por la gran cantidad de polvo que había en las botellas de vino. En la verdulería estuve ocurrente con mi amigo Johnny. No llevé casi dinero. Le pagué con una transferencia ni bien llegué a mi casa y le envíe un mensaje. Me agradeció. Me aprecia sin duda. Escribí y corregí una novela que intento terminar hace más de quince años. Creo que hoy la terminé y, por un momento, incluso lo festejé. Planeo festejarlo mucho más, si mi alma mi acompaña -creo que lo hará-. Dormí la siesta de una manera pesada, contundente, feliz. 

Al despertarme, fui junto a la pileta y prendí el filtro. Quería escuchar el ruido del agua. Después, fui hasta el final de la calle, al espacio verde que tiene un capilla reducida, y me senté con mi perra a meditar. Solo por contados instantes me concentré en los pájaros. Por instantes, los proyectos laborales me abordaron. Al fin, pude sortear esas oleadas y volví a los pájaros sentado en los escalones de la capilla, y me sentí igual que un sabio en una película japonesa; estuve absorto en el acontecer del mundo. De regreso en mi casa, me tiré boca arriba junto a la pileta, donde todavía trabajaba el filtro, a mirar el cielo. Cayeron gotas y pronto estaba lloviendo con fuerza. No estaba pronosticada esa lluvia. Vino de la nada. Cuando amainó fui al gimnasio en bicicleta. Hice remo por cuarenta minutos y estiré un poco mis músculos. Ni bien se fue el señor que estaba conmigo, pasadas la nueve de la noche, me tiré boca arriba en el piso a mirar el techo del gimnasio y fui feliz en ese instante. 

De vuelta a mi casa, me asaltó un pensamiento dañino que pude sortear bastante rápido. Me puse a cocinar y, cuando salí a mirar el cielo, sentí el estruendo de una fiesta. Corroboré el dato: había una fiesta en una casa ubicada en la esquina, a buena distancia. De todos modos, el estruendo me invadió y todavía me invade. El gran avance en mi vida es que esa molestia me importa un poco menos que antes. 

sábado, 11 de octubre de 2025

La nieve caía

 

 

 

Frente a ella tus palabras 

no alcanzaban a transmitir 

lo que buscabas y así 

pasaban los meses y los años. 

Las intuiciones e ideas 

no llegaban a adquirir 

forma sobre los días. 

Los fines de semana

había paseos, a veces 

espectáculos infantiles; 

después se decían buenas 

noches y callaban.

 

 

Hasta que una madrugada, 

los árboles estaban quietos 

y la nieve caía. 

¿Dónde estarían los pájaros? 

Seguiste mirando por la ventana

como si pudieras encontrar algo.

 

Caleta Tankah 2

 Ida otra vez a la caleta Tankah. Arribo demorado a las dos y diez de la tarde. Pasamos el ingreso, siempre injusto; cobran una entrada al c...